El pie se elevó del suelo a unos treinta kilómetros por hora, inclinó el cuerpo peligrosamente para un costado y el talón casi le tocó el traste. Bajó la mano derecha y alzó la izquierda para contrarrestar el peso y mantener el equilibrio. Apuntó. Se sacó la chancleta y arremetió.
La pobre cucaracha ni la vio venir.
Matsuo

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