Juan Carlos era petiso, chiquito… minúsculo. Tan chiquito que cabía en los bolsillos y hasta en las cajitas de los cigarrillos. Como comer, comía poco, apenas unos granos de arroz y un par de arvejas en el almuerzo, las migas embadurnadas en mermelada o dulce que encontraba sobre la mesa eran su merienda y algún dado de queso o un pochocho o un maní le bastaba para una picadita. Eso sí, todas las noches se comía una costeleta. Era gordo, gordito, bah… redondito como una pelotita de ping pong… y además borracho. Cómo le gustaba chupar a ese Juan Carlos. Me acuerdo que se agarraba unas mamúas bárbaras y se mandaba unos destrozos en la jaula del hámster de los chicos que ni te cuento. Era agresivo. Chupado o sobrio, no importa… era agresivo igual. Un tipo muy resentido, sabés? Saltaba por cualquier cosa. No se podía hablar con él. No razonaba, gritaba. Por las noches lloraba, pero si te acercabas para ver como estaba, te puteaba. Él era así. Y el que siempre cobraba era el pobre hámster, hasta que un día se pudrió y se fue. Entonces la cosa se puso peor. Juan Carlos lo rompió todo. Los platos, las tazas, los juguetes de los chicos… hasta los adornitos esos de mierda que tenía mi mujer arriba de la repisa aquella rompió. Se subió y los tiró todos a piso. A la noche no nos dejaba dormir y al mediodía o a la tarde nos desenchufaba el televisor. Se volvió maldito. Ya no lo aguantábamos más, y mirá que yo tengo paciencia, eh, pero cuando me pudro, me pudro. Así que agarré y lo pisé. Sí, lo pisé, qué querés? Me tenía podrido. En casa nadie me dijo nada, ni siquiera los chicos. Por las dudas les compramos otro hámster, no? Les dijimos que era el mismo de antes, que había vuelto. No sé si se lo habrán creído, pero por lo menos nunca dijeron nada. Y de Juan Carlos no se habló más en casa. Viste como son los chicos que se olvidan rápido de las cosas. Lo único, sí, es que no pudimos sacar la mancha de la alfombra. Y mirá que la cepillamos, eh?
¿Primera vez por acá?
Máxima y lema del presente:
Si usted quería a alguien que se hiciera responsable de todo lo que dijese, se equivocó de persona... Orson Cafrune habla, y cuando habla dice, no dictamina... y sepa que decir por decir no tiene nada de malo, al contrario... ¿qué importa si lo que digo hoy contradice lo que dije ayer? Por falta de medios de validación uno se perdería de decir cosas tan extraordinarias... ya alguien se ocupará de fundamentarnos... la palabra no requiere justificación ni base empírica, la palabra necesita simplemente ser expresada y que cada cual la interprete a gusto y piacere... que otros opten por el silencio y la cautela... antes de atragantarme con una burrada prefiero toserla hasta escupirla al mundo completamente cubierta por la flema de mi ignorancia y de mi libre albedrío... si digo lo que digo, lo digo por una cuestión lírico genital, quiero decir que porque se me cantan la pelotas, y esa es razón suficiente para mí...
Etiqueterío...
- Irrelevancias... (96)
- Cosas viejas... (59)
- Peralta y Muniagorri... (59)
- CAFRUNE RECOMIENDA... (45)
- Tipos fabulosos... (25)
- Enmimismamientos... (24)
- Crónica de su paso por Banfield... (19)
- Comentarios pelotudos... (12)
- La razón de Cantinflas (10)
- De mis cánidos encontrares... (9)
- Recapitulando... (9)
- Amenazas cotidianas... (8)
- Mespetites... (7)
- Yo tester... (7)
- Cafrunísticos... (5)
- Metabodrísticas... (5)
- Un tal Sutano... (5)
- El chancho... (3)
- Vademécum de obsesiones pelotudas... (3)
- Yo también tengo un FLOG... (3)
- De chauces y otros adioses... (1)
- Deliraciones animadas de ayer y hoy... (1)
Deliración 40: Juan Carlos.-
30.3.06Matsuo
por Matías Brasca
Etiqueterío... Irrelevancias...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

3 charlatanes...:
Your website has a useful information for beginners like me.
»
What a great site, how do you build such a cool site, its excellent.
»
I find some information here.
Publicar un comentario en la entrada