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Deliración 42: Una bolsa de nylon.-

Lo último que Sosa vio antes de entrar en ese limbo inconciente que precede a la muerte por asfixia fue el logo gigantesco del supermercado que estaba impreso en el frente de la bolsa. Sentía el calor del nylon transpirado en la garganta y solamente escuchaba un chillido agudo que le partía la cabeza. Se agitaba con fuerza, como un pescado epiléptico sobre esa silla de madera enroscada y respaldo de mimbre.
A Olarticoechea, esas sillas, siempre le recordaban las raquetas de tenis viejas, esas de madera que se doblaban por la tensión de las cuerdas o por la humedad. Qué había sido de esas raquetas? No se acordaba de haberlas tirado y ya hacía años que no las veía dando vueltas por la casa. Dónde habrían ido a parar? Tampoco se acordaba de haber jugado jamás al tenis. Entonces, qué hacían esas raquetas en la casa? Quién las habría traído? Quién las habría comprado? Pero por sobre todas las cosas, quién se las habría llevado? Olarticoechea bajó la vista al pibe y le preguntó: che, vos tenés mis raquetas? El pibe alzó unos ojos cansados: Qué? No, nada, respondió Olarticoechea aflojando la presión sobre los hombros de Sosa que ya había dejado de moverse. El pibe le soltó los pies y levantó el trapo para limpiarse el pis de las manos.
Sosa se vio a sí mismo embolsado y amatambrado entre un viejo y un pendejo. Quiso llorar y no pudo. Se descubrió inmaterial. Probó y se supo capaz de mover los objetos. Entonces soltó el candelabro que colgaba sobre ellos.

Matsuo

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