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Mostrando las entradas con la etiqueta De mis cánidos encontrares...

Deliración 329: Más que can, verruga...

Y le llamamos Foca por la afonía asmática con que aullaba, epifanía cuadrúpeda de una aberrante malformación sarnosa, como un gran muñón moreauchezco, oliendo a muerte y en vías de lograrlo, llegó a casa un sábado por la tarde casi en comodato, a condición de volver a sus pagos una vez vencidas el par de semanas... veremos qué pasa, me disyuntivé ya sabiendo mi respuesta: o nos lo empernan o nos encariñamos con la bestia...

Deliración 295: Taumaturgo, ególatra y vagabundo.-

La vida no era otra cosa sino la perspectiva que le brindaban sus ojos. El mundo se inventaba con cada paso que daba y la existencia en sí dependía de lo que mirase. No dejaba de sorprenderlo, sin embargo, el poder de su imaginación al momento de vislumbrar epifanías cotidianas tales como la humedad de su hocico dibujando Mickeys en las baldosas tortuguientas de una plaza perdida, ponele. Qué cosas con la Gestalt, se decía; y mientras pestañeaba esbozando un sueño, el mundo entero, quizás el mismo universo, se desvanecía por momentos.

Deliración 228: Réquiem para el Ide.-

El Ide era así; negro, grandote, mugriento y, por sobre todas las cosas, aromáticamente desagradable. Era peludo, esquelético y despatarrado, cariñoso y melancólico: precioso. Siempre estaba echado ante la puerta, haciendo las veces de burlete, respirando apenas, atento, luciendo sus ojitos color miel y esas rastras de pelo muerto que le nacían detrás de las orejas. Asceta. Profeta. Introspectivo. Sólo ladraba cuando estaba por llover. Compartía su comida con los gorriones y los gatos, y amamantaba con su sangre a millones de garrapatas. Pocas veces se rascaba. Le encantaba salir a pasear. Volvía siempre engrasado. Nosotros sospechábamos que tenía una novia en algún taller mecánico por ahí. Nunca lo confirmamos. En realidad nunca supimos mucho de su vida fuera de la casa. Cada tanto lo encontrábamos por ahí y nos acompañaba un trecho. La última semana no salió ni siquiera a dar una de sus vueltitas a la cuadra. Murió durmiendo. Hace poco más de doce años, mamá lo había juntado en una cancha de bochas cerca de mi escuela. Lo recuerdo chiquitito y atolondrado, haciéndose pis de la alegría cuando yo volvía de la escuela. Lo recuerdo grandote y reservado, moviendo la cola para que lo rasque. Así lo recuerdo yo, que lo dejé tirado.

Deliración 202: Seis - De noche.-

Cuando se acostaba en la cama y cerraba los ojos, podía sentir como todo temblaba. El colchón respiraba, finito sobre unos cartones, y él flameaba a su espalda.

Soñó una noche con dos perros rabiosos, abotonados y salvajes, uno encima del otro, mordiéndose y desgarrándose, sin poder distinguir cuál empernaba a cuál, cubiertos de sangre, baba y mugre, estallando en espasmos violentos, revolcándose convulsivamente sobre los cascotes, los vidrios y el yuyo, violándose, muriendo cada cual a su ritmo y gozando, talvez, a su manera. Él, como espectador onírico, había sido testigo de milagros y portentos, pero nada lo sorprendía tanto como encontrarse cada tanto con un perro subido a un techo o durmiendo acostado sobre una alfombrita arriba de un tapial.

Deliración 146: Por calle Chubut, frente al Cassaffousth.-

Flaca, alta y negrita, una perra pistola y muy pituca empollaba sus cachorros en un nido de hojas amarillas que el otoño y la señora de la esquina habían amontonado cerca de la vereda. Su macho y padre de algunos de sus vástagos la observaba enamorado desde lejos, sin poder acercarse pues que lo tenía prohibido, mas protegiendo sus intereses, los de ella, los de ellos y los suyos; salvaguardando sus vidas con la ferocidad de todo petizo camorrero, correteando a todo cuadrúpedo que se les acercara sin importar la bondad que demostrara. Cada tanto, niños y ancianos de la raza de los bípedos acariciaban a su amada y abducían alguno que otro de sus retoños. De a poquito, primero los machitos y luego las hembritas, fueron desapareciendo y sólo quedaron ellos, solos, tristes y distanciados, cumpliendo simplemente con su destino y juntando fuerzas para seguir caninamente con lo poco o lo mucho que les quedaba de vida.

Deliración 90: Sin salvas ni duelo.-

Incorruptible, insobornable y ya invertebrado, estaba tirado en esa cuneta viscosa de Ruta 19 camino a Montecristo, medio sumergido y convertido en dique, medio expuesto y podrido, rodeado de miasma y taladreado por miasis, el nómade ahora sedentario había rechazado hacía pocos días nomás un cohecho bienintencionado de rincón, almohada y balanceado a cambio de su autonomía sin posibilidad de manumisión alguna, rechazando gentilmente con una hora de juego y luego marchando con un trotecito alegre pero digno de mastín entrado en años, encarando para el lado de su destino, donde tenía cita con un convoy de Scanias, Mercedes e Ivecos que ni siquiera tocaron bocina para despedir al último idealista.

Deliración 52: Cosa rara.-

Fue testigo de la chanchada, acechando agazapado debajo de la silla, en ese despelote de ropa y papeles. Después los cuerpos se relajaron, se secaron y se taparon con las colchas, cansados y satisfechos, abrazados a las almohadas. Esperó. Esperó hasta oír esa respiración rítmica y contundente, resfriada y boquiabierta. Salió de su escondite y saltó sobre la cama. Celoso, se acostó entre ellos. La empujó a ella y lo lamió a él. El respondió con un manotazo que lo tumbó de la cama. Cayó, picó y volvió a subirse sobre la cama. Se acurrucó entre los pies. Él volvió a quejarse y ella murmuró algo, un nombre, el mismo nombre con el que él estaba soñando y no decía nada, nunca. De eso, hace ya tres años.

Matsuo

Deliración 44: Uno de ciencia ficción para Gogui.-

Sambucetti entró por la puerta y me miró como reclamándome algo. Como no le di bola, se paseó por la habitación, revisó debajo del escritorio, miró detrás de la cama y se fue. Yo me quedé mirando la pared y sus sombras. Unas ramas podadas y difusas que se movían ligera y mecánicamente. En esa época los robots todavía eran a transistores y ocupaban demasiado espacio. Es por eso que estábamos tan apretados en aquel departamentito de calle Chubut. Tuvimos que voltear la pared de la cocina y distribuir la comida, alacenas, cacerolas y electrodomésticos en los dormitorios y en el living comedor. Con el tiempo, a medida que fuimos leyendo el manual del robot, los fuimos vendiendo. A los electrodomésticos me refiero. El robot los incluía a todos, o casi todos. Tuvimos la suerte de conseguir uno de tiro balanceado, que justo estaba de oferta, pero era medio ruidoso, eso sí. Se notaba que era usado. Era enorme y horrible, pero se hizo querer por feo y porque daba lástima verlo así, todo apretado el pobre, con esas patas desparramadas sobre el piso alfombrado del living que no hacían otra cosa que juntar mugre y pelusa. Y así vivimos hacinados durante mucho tiempo. Sambucetti nunca logró acostumbrarse. A la noche le ladraba. Se ve que había algo que le molestaba. Los robots y los perros nunca se llevaron muy bien. Me levanté de la cama y lo saqué a hacer pis. Afuera, en la calle, no había nadie; sólo la sarna de los domingos.

Matsuo

Deliración 25: Un perro colorado.-

Un perro colorado, ladrando.
Un perro.
Colorado.
Ladrando.
Me senté y miré por la ventana. No podía escribir. No se me ocurría nada. Al otro lado de la calle estaba el perro. Ladrando.
¿A qué le estaría ladrando? Traté de imaginarme pero no pude.
Me levanté y salí al pasillo para hablar con el guardia. Le comenté lo del perro.
_ ¿A qué le estará ladrando?
El guardia bajó la vista al mate que estaba sorbiendo y alzó los hombros.
Salí del edificio.
El perro estaba ahí. Ladrando.
Miré a los costados. Nada.
Miré por encima de los tapiales. Nada.
Miré hacia los balcones. Nada.
Miré hacia el cielo. Tampoco. Nada.
Bajé mi vista y miré al perro.
_ ¿A qué le ladras, cabeza?
El perro me miró. Después miró a los costados, por encima de los tapiales, hacia los balcones, al cielo y por último, a mí otra vez. Después bajo la vista y se alejó cabizbajo.
Nunca más lo vi.
Para mí se tiró a la cañada.


Matsuo

Deliración 11: Como si fuese una pandereta.-

A mis espaldas el perro empieza con arcadas. Dejo de escribir, lo levanto y lo llevo a vomitar al baño. Pobrecito. Mientras limpio su enchastre baboso y amarillento descubro los pedazos de unas pesuñas de chivo de una suerte de pandereta que me trajo mi mama una vez y que se ve que anduvo masticando por estos días. El perro, mi mamá no. Me mira con carita de estar enfermo y sin querer me planteo la cuestión esa de la fragilidad de la vida y de cómo en un momento podemos estar durmiendo debajo del escritorio y al ratito nomás empezamos a vomitar pesuñas de chivo hasta morirnos en un baño que no llega a ser ni de dos por dos. Vuelvo a mi cuarto y por la ventana alcanzo a ver como mis vecinos se están tirando desde la terraza. Uno detrás del otro. No hacen ruido.

Matsuo