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Mostrando las entradas de junio, 2006

Deliración 131: Indignado.-

Lo peor de vivir con un par de sinusitosos alérgicos a la vida es caminar descalzo sobre esos charcos trasparentes y gelatinosos que quedan en el piso del baño, de la cocina o en la alfombra del living después de sonarse la nariz o simplemente chorrearlos y que no se dignan a limpiar. El departamento se convierte entonces en una playa a la que han ido a morir unas cuantas aguavivas desde las flemáticas profundidades del bronquio.

Deliración 130: Amaba sus silencios.-

"Lo que me gusta es que con vos puedo ser yo mismo sin tener que simular nada, y eso me encanta", tipeó, presionó enter y luego se quedó mirando la pantalla esperando una respuesta.

Deliración 129: En su memoria.-

Se nota que lo que más le preocupaba era eso de la trascendencia ya que no hacía otra cosa más que buscar excusas para ser tenido en cuenta y recordado en las escasas reuniones a las que no asistía. Se posicionó entonces como ente altruista dejando de lado su vida con tal de ganarse un lotecito siquiera en la memoria de los otros, ese mismo resto que descubrió un día, tras la muerte del gestor, que podían hacer los trámites ellos mismos y que era mucho más fácil de lo que pensaban.

Deliración 128: De mis ilusiones en la oficina.-

El mismo escritorio, la misma silla y un mate demasiado amargo como para empezar el día... pero, ay, es acaso esa cosquillita que juega en la fosa derecha del naso y baja hasta la epiglotis el preámbulo de una gentil laringitis?

Deliración 127: Directivas de gestión social.-

Emparasitate, garrapateate cliente de poca autoestima y absorve nutrientes y subsidios mientras dure la lástima y el desdén de la familia y el estado. Militarízate entonces e indemnízate con vidas ajenas y a mansalva.
Morirás, procura se note.

Deliración 125: Otra mediocre historia de amor.-

Tiene los ojos cerrados y hace fuerza para no espiar y no reírse. El nene está frente a ella y la mira. Duda. Se acerca, sonríe y la besa. Inmediatamente se echa hacia atrás y se encoge de hombros, como escondiéndose en sí mismo. La nena abre los ojos y sonríe. Lo mira, se miran y se ruborizan. Pero ella no se enoja. Se ríen; primero él, después ella. Se acerca y lo besa. Se ríen, se abrazan y se besan. Veintitrés años después se cruzarán un día en la calle y no se reconocerán. Él soltero, ella divorciada; se sentarán uno al lado del otro en un colectivo verde y rojo. Pensarán en ellos, cada uno a su manera, sin siquiera recordar sus nombres. Él bajará en Colón y Neuquén, y ella seguirá hasta Pedro Zanni. Volverán a encontrarse en el Hospital de Urgencias, otros veinte años más tarde, inconscientes y desmembrados, en camillas paralelas. Morirán juntos sin siquiera sospecharlo. A partir de entonces, saldrán a jugar, a la hora de la siesta, entre los enfermos de cardiología y se besarán a escondidas, todas las noches, en un armario cerca de pediatría.

Deliración 124: Cuando ella habla.-

No dejan de sorprenderme la riqueza de su discurso y la sencillez de sus palabras y como las va hilando una tras otra en esa linealidad visual y tangible que abraza a todo aquel que la oye sin que lo sospeche siquiera. Mezcla su fantasía con lo cotidiano y la alegría con su dolor. Ella, triste, me cuenta sus sueños y yo, fascinado, la escucho.

Deliración 123: Mal de amores.-

"Ah, si de mal de amores se trata, créame cuando le digo que para tales afecciones vengo a ser como un analgésico de amplio espectro", dijo y le guiño un ojo canoso, arrugado y transparentado por el tiempo y las cataratas, "no se ría". Pero le resultaba imposible no reírse. Sin embargo, le pasó la lengua por la oreja y, enseguidita nomás, comenzó a sentirse mejor. Creer o reventar.

Deliración 122: El Gran Gamuzza.-

La historia del Gran Gamuzza era la historia de un tipo que abría la puerta del baño y comenzaba a viajar por el tiempo dentro de su propia casa sin que nadie lo notara, ni su familia ni él mismo siquiera. Era una estupidez, como otras tantas y nunca llegó a ningún lado; quiero decir, nunca salió de mi cabeza.

Deliración 121: Un tipo enamorado.-

Las líneas de su mano le habían prometido un amor febril, impar e imperecedero que el destino se empecinaba en ocultarle, pero que, sin embargo, ella perseguía, enamorada de la idea de enamorarse algún día, mientras pasaba su vida en esquinas de todo el país, manoteando siniestras ajenas, leyendo tristes presagios y prometiendo fortunas exóticas a cambio de sólo dos pesos y algún que otro puchito como ese Marlboro Lights asqueroso que cayó sobre las baldosas descoloridas de Rondeau e Yrigoyen una tarde de marzo en que la providencia le abofeteó la cara y la dejó boquiabierta al encontrar su propio destino en las manos de otro, un lungo morocho con cara de salame y buen tipo, triste, muy triste, que no dudó en cortárselas y entregárselas como recuerdo, sabiendo lo mucho que para ella significaban y lo poco que a él le servían. Su mujer había muerto y él había decidido que ya no acariciaría ningún cuerpo ajeno. Esa sería la primera de muchas mutilaciones que, con el tiempo, acabarían, inevitablemente, con su vida y, así también, con su angustia; y que, con mucha paciencia y dedicación, ella recolectaría, coleccionaría y conservaría escabechados con formol en diecisiete tarros grandes de mayonesa que almacenaría en una repisa de madera en su habitación del Cerro las Rosas, mientras se acostumbraba a la idea de pasar el resto de su vida postrada en su cama con tifus y malaria.

Deligación 120: Un tipo extraordinario.-

Dejó su montura ratatatera y roñosa debajo de un paraíso flaco, alto y generoso en sombra y bolitas carozudas y babosas, y se metió de lleno entre esos pajonales resecos, pinchudos y sofocantes hasta llegar a los pies del laurel enfermo y leproso que había escupido un algo chiquitito y ruidoso que no había alcanzado a ver bien y que sin duda se habría perdido en el denso pulóver de yuyos, cardos y raíces de no ser por la puntería de su memoria que lo encontró enseguida. Era un Mesías diminuto y atolondrado, que se había lanzado al mundo sin siquiera poder caminar sobre las brisas. Se lo metió en el bolsillo y se lo llevó a su rancho personal para cuidarlo y ponerlo en forma. Lo curó, lo alimentó y lo crió como si fuese cachorro de su cría. El Nazareno se acostumbró a los fustazos porque supo que era por su bien y que necesitaba disciplina ya que su celesticidad se le subía, cada tanto, a la cabeza, incluso por encima de la aureola. Aprendió lo que tenía que aprender y lo ayudó en lo que le pudo ayudar. Tiempo después, ya crecido uno y viejo el otro, el Mesías fue sorprendido por una mano que, extendida hacia él, le entregaba las llaves de esa vieja montura ratatatera y roñosa, y un sobrecito con plata. Se abrazaron, lloraron y se las tomó roñosa y ratatateramente hacia el mundo. El viejo, la verdad, hubiera preferido que se quedara y rechazara todo, pero para qué, si él ya se estaba muriendo y el banco le había expropiado las tierras.

Deliración 119: Un tipo común.-

Llegó a casa después del laburo y se metió en el baño como de costumbre, desnudo y sin ganas. Ya en el charco, dejó que las babosas le chuparan la mugre y se quedó dormido. Despertose más tarde, semiahogado y puro, y trepó por el barro y la arcilla hasta el borde y se secó con los yuyos y los cardos. Se arrastró figurativamente hasta sentarse en el sillón de plumas de landon y pedaleó literalmente hasta encender el televisor de cuero de rambo. El ejercicio era bueno, pero la programación una mierda. Soltó los pedales y se asomó al balcón. Los chanchos maullaban en celo sobre las escamas pelirrojas de los cabildos babilónicos que se alzaban frente a él y no le dejaban oír el canto de los tranvías transexuales y coquetos, ni el aroma rectal de sus sahumerios. Saludo a su vecina, la vieja Elsa, que estaba por arrojarse de lleno al vacío como todos los jueves desde su platea y encerró al mundo del otro lado de su palco con un portazo acristalado y amortiguado por unos burletes nacarados. Pegó un saltito y se colgó del respaldo de una silla de madera que había quedado en el techo. Resbaló una mano, luego la otra y por fin, minutos después, cayó al piso y se dobló el tobillo con un crac muy mudo. Aburrido, agarró una tijerita de mango de plástico y comenzó a cortarse de a poquito a poco y con una precisión grosera. Agotado por el sueño y, por cierto, del todo muerto, dejó la tarea incompleta a la altura del abdomen. Qué prolijidad dijo la casera, una semana después, mientras arremetía a baldazos. El departamento se alquilaría muy barato, teniendo en cuenta el espectáculo.

Deliración 118: Un tipo serio.-

Miraba por la ventana. Afuera hacía frío y la ciudad se fumaba los últimos puchos del día.
Miraba sin ganas, tendría cerca de cuarenta años y estaba aburrido.
Sintió que lo llamaban y se dio vuelta. Era el pibe, que ya no sabía qué hacer, que no lo podía hacer hablar.
Miró al pibe a los ojos. Se resignó y bajó la vista. Le dijo que no se preocupara, que ya iba a ir él.
Se volvió hacia la ventana. Del otro lado, la ciudad ya se había ido.
Dio media vuelta y avanzó hacia la puerta. Se quedó unos instantes bajo el umbral como para darle más dramatismo al asunto, se aclaró la voz y entró en la habitación.
Le hizo señas al pibe para que se fuera y avanzó hacia el rincón.
Le quitó los trapos, lo alzó demostrando sus fuerzas y le hizo cosquillas.
El enano vomitó y se sacudió, pero no dijo nada.

Deliración 117: Un tipo despilfarrado.-

Dedicó su vida a los demás por mero temor a vivir una propia. Tras esa mártir voluntad filantrópica se escondía el terror al fracaso. La cobardía, en muchos casos, se disfraza de sacrificio y abnegación. Para los demás, era casi romántico. Murió joven, con un terrible dolor en el pecho.

Deliración 116: Un tipo desalentado.-

La capacidad de síntesis que tenía ese espejito cachado era algo asombroso. Se ve que lo venía considerando mientras caminaba por la calle antes de llegar a casa, como boceteándolo en su cabeza, pero fue recién en el baño, una vez que hubo tirado la cadena para que ese pis amarillo, oloroso y espumoso se fuera por las cañerías probablemente hacia el río; mientras se lavaba las manos, cuando lo pasó todo en limpio. Sos un pelotudo, se dijo mirándose fijamente a los ojos entre grietas y manchas de esmalte oxidado, y supo que tenía razón. El maquillaje se había derretido sobre sus cachetes; y, la nariz redonda y de goma espuma roja, le había chupado las lágrimas.

Deliración 115: Un tipo aleatorio.-

Al parecer, despertaba cada día, y a veces por las noches, en un cuerpo distinto y en distintas épocas, a veces antes, a veces después, aquí y allá, sin saber muy bien dónde, siempre otro, siempre ajeno, en camas, en veredas, en montes y cada tanto en trincheras, entre personas que no reconocía, hablando lenguas que nunca comprendería, a veces hombre, otras mujer, negro, blanco, amarillo, rojo, nunca animal, siempre humano, aunque no siempre bípedo, y, bueno, ese día tuvo la suerte, suponiendo que se tratase de mero azar, de despertar en un departamento de dos dormitorios en calle Chubut, en el cuerpo de un gordo grandote, con un perro entre las piernas y con ganas de hacer pis. Se pasó el resto de la jornada en calzoncillos, arqueado y tomando mates amargos y lavados, sentado a la mesa y mirando el balcón. Los compañeros del cuerpo usurpado no notaron nada raro. Según dicen, ambos, apropiador y apropiado, eran unos vagos.

Deliración 114: Una cuestión locativa.-

Afuera, los chicos y sus perros se revolcaban en la basura, a los manotazos unos y a los tarascones otros, peleándose por algo podrido que semanas antes había sido comida.
Adentro, los gatos masticaban un cadáver hinchado y verdoso, envuelto en una alfombra sintética de color gris.
Más allá, en la avenida, los dientes postizos de una viejita atravesaban el parabrisas de un Duna.
A unas cinco cuadras, él, en su departamento vacío, se quedaba sin ideas.

Deliración 113: Introducción.-

Realmente admiro la valentía de este tipo, pues que hay que tener coraje para publicar semejante bodrio, firmarlo como propio y hacerse cargo del bardo inminente. Un aplauso para él, por su descaro.

Orson Cafrune

Deliración 112: Dedicatoria general.-

Para Teresita Muda; de quien, a pesar de mi insistencia y de todos sus esfuerzos por enseñarme algo siquiera, no aprendí absolutamente nada.

Deliración 111: Cosas que pasan.-

Y por fin comprendió aquello que tantos hacían tirados en el pasto y mirando el cielo y las nubes cuando, después de bañarse y justo antes de correr la cortina de plástico, descubrió una nariz de espuma de champú que se asomaba entre dos de los pliegues. El mundo estalló de pronto en una fabulosa implosión gestáltica y todo formó parte de algo más o se convertía en otra cosa. A partir de entonces, optó por perderse en el espejo polimorfizándose entre los azulejos y fue conejo y fue ratón.

Deliración 110: Otra de tiros, pero bastante trillada.-

Pensó en fusilar su destino y se llevó un veintidós a la sien calculando que la bala trazaría un laberinto en sus sesos del cual sería muy difícil salir. Sin embargo, no se animó a apretar el gatillo y optó por disparar a sus compañeritos de grado.

Deliración 109: Lo peor es que es cierto.-

De repente he descubierto que he pasado mi vida buscando excusas para justificar mi negligencia ontológica conmigo mismo. Mi biografía será entonces un pretexto, un gran prólogo que antecederá a una triste hoja en blanco.

Deliración 107: Él, sobre todas las cosas.-

Su ego era inmenso y cada día crecía y crecía y a su lado, sus pares, empequeñecían y se acomplejaban, y él majestuoso y humilde los animaba y crecía y ellos lo adoraban y lo idolatraban y él crecía y se hacía gigante y se arrodillaban a sus pies y él les ayudaba a levantarse y les daba palabras de aliento y lo idolatraban y lo veneraban y competían por sus favores y se peleaban por estar a su lado y se organizaban grupos y se masacraban y se exterminaban los unos a los otros y dentro del mismo grupo, clan o familia, y entonces él, ofendido, decidió crucificarse, porque ya no le daban tanta bola.

Deliración 106: Uno más del montón.-

Anónimo y lejos de toda cercanía, en campo abierto, solo y por su cuenta, aunque no tanto, sólo apenas, se descubrió entre iguales, todos inferiores, débiles y crueles, inocentes y tontos, sabios imberbes, únicos, maravillosos e imbéciles, inconscientes del milagro, del portento y del chiste de ser ellos mismos sus propios obstáculos.
Descubrió a la humanidad, un contingente en contingencia y decidió constiparse.
Se sometió entre reprimidos, esta vez gustoso de saberse gigante entre otros tantos tontos pares y vivió tranquilo una vida tranquila de muchos años bastante agitados de altibajos económicos.

Deliración 105: Hinchapelotas.-

¿Qué pretendo al buscar en la agenda esos nombres que dejé atrás, perdidos en un pasado que traté de enterrar? ¿Qué pretendo al buscar esos teléfonos que no pienso discar? ¿De qué me sirven esas direcciones de correo que seguramente habrán caducado? ¿Para qué les escribo tan cobardemente? ¿Por qué hago esto? ¿Por qué invento excusas? ¿Por qué reviso ansioso todos los días el correo? ¿Por qué necesito una respuesta?

Deliración 104: Blispistis.-

Ella duerme su merecido sueño y yo, sentado a sólo dos metros, no puedo dejar de pensar que la estoy defraudando al mantenerme firme en esta postura que no me lleva a ninguna parte salvo a esa ruina inminente a la que también la arrastro... pobre.

Deliración 103: Babieca84.-

Babieca84, nació lejos de su amada, MoRoChItA-TiErRaS-AlTaS, a tres mil kilómetros, unas cuatro provincias, de distancia. Ella, por su parte, mucho más cerca de sí misma, lo quiso a su manera, poquito más que sólo apenas. Y era lógico que sintiera así, de esa manera. Él no era nada, sólo letras en la pantalla. Amola, sin embargo, Babieca84 enamorado. Vivir de imposibles le resultaba fácil, cómodo e incluso accesible. Dar lástima, a su modo de ver las cosas, era romántico. Sin embargo, la realidad del mantenido, conformado y resentido, lo hundía cada vez más en ese sí mismo cada día más ajeno.
P.D. Nunca se conocieron más allá de las pantallas. Ella siguió con su vida allá lejos y con mucho tiempo; revisando, cada tanto, su correo. Babieca84, por su parte, esperola empedernido, riguroso en su naufragio.

Deliración 102: Cosa de casados.-

"Y el matrimonio tiene esas cosas que te hacen cambiar de parecer y la forma de ver las cosas. Qué sé yo… Antes, todo me chupaba un huevo; ahora, cada tanto, discuto con mi vecino porque me deja su basura en mi vereda", comentó casi en silencio, y se ve que lo decía en serio, porque tenía esa mirada de resignación que no lo dejaba mentir.

Deliración 101: Sobre las mujeres.-

Preguntado sobre las mujeres, respondió:
— No se trata, la mujer, de un ser incomprensible; sino de todo lo contrario. La mujer es, pues, una entidad biológica aburrida. Incapaz de comprender el placer y el aspecto meramente lúdico de los juegos, la mujer apela a la competencia material como estilo de vida. De ahí que la mujer envidie y compare. Al estar aburrida, la mujer estudia, trabaja, cumple horarios y consume. Al estar aburrida, sobre todas las cosas, la mujer rompe los huevos.
Entonces tosió, se tomó un vaso de agua y aclaró su voz:
— El hombre será un pelotudo;— admitió furioso con la mirada perdida en un recuerdo que no le pertenecía al resto del público— pero, por lo menos, es divertido.