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Mostrando las entradas con la etiqueta La rusa

Deliración 392: La rusa 6

Alguien se acercó y abrió lo que quedaba de puerta con el cañón de un rifle. El cuerpo de Kozinsky estaba apoyado contra un rincón de la casilla. Lo sujetaron de la bandolera y lo arrastraron por el patio hasta el frente de la casa. Gritos, más gritos y señales de luces con linternas de kerossene. Del otro lado del camino, a unos trescientos metros de distancia, un furgón se puso en marcha y encedió sus faroles. El vehículo se acercó y se estacionó frente a la puerta de entrada. Un hombre alto se bajó del furgón y avanzó hasta el cadáver. Sacó una fotografía y se acuclilló junto a Kozinsky. Acercó la imagen y la comparó con el rostro desfigurado. Se volvió hacia el furgón y buscó un hacha. La alzó y la sacudió en un ademán para que el resto, unos cuatro fulanos más, le dieran un poco de espacio. Arremetió contra el cuello y metió la cabeza en una bolsa arpillera. Se subieron al furgón y se marcharon. Se quedaron dos y se pusieron a revisar la casa antes de que la consumieran las llamas. Como de costumbre, era parte del contrato: algunos cobrarían la recompensa y otros saquearían sus pertenencias. Encontraron algo de plata, armas, una fonola con varios cilindros y una guitarra. El más flaco encontró a la rusa en un rincón de la cocina y le extendió la mano. Encontraron una camioneta en uno de los galpones, más armas y dinamita. Kozinsky tenía caballos y unos cuantos animales. Como mantenían cierto grado de parentezco entre ellos, acordaron dividir todo en parte más o menos iguales; pero el más flaco se llevó a la chica. El otro, por su parte, volvería al día siguiente a ver cómo había quedado la casa después del incendio y, según se cuenta, se habría instalado durante algunas temporadas.

Deliración 391: La rusa 5

Kozinsky se volvió, se arrastró y corrió como pudo intentando perderse entre la mata de monte que rodeaba la casa. Se escondió en la letrina y se esforzó por cargar su escopeta y respirar sin toser sus pulmones con la esperanza de no ser descubierto. Temblaba, su movimientos eran torpes y los cartuchos se le resbalaban entre las manos enjabonadas de sangre. Gritos, más gritos y pasos desesperados entre los yuyos y los espinillos. Alguien abrió la puerta de la letrina y Kozinsky descargó los dos cañones de la escopeta. El pecho del tipo se abrió en una negrura viscosa que se tragó su ropa y atravesó su cuerpo; voló hacia atrás y parte del rostro y un brazo se separaron del resto. Entonces, las tablas de madera comenzron a estallar atravesadas por decenas de balas y miles de perdigones. El cuerpo de Kozinsky se sacudió en pedazos revotando dentro de la letrina. Luego, el silencio; la noche.

Deliración 390: La rusa 4

Cayó de rodillas y lo sacudió un balazo en el hombro. Tras una de las esquinas, cerca de donde comenzaba la galería, alguien gritó que había saltado por la ventana de atrás; era un pibe. Kozinsky se arrastró, apuntó por reflejo y disparó; la cabeza del pibe voló en pedazos. Gritos, más gritos y otras tantas siluetas se fugaron por el patio. Kozinsky disparaba por costumbre y corría iluminado por el fuego de su casa cuando fue alcanzado por una nube de perdigones. Cayó salpicado en su carne y se sorprendió a sí mismo volviéndose para ver a la muerte de frente. Recortada por el marco de la ventana de su cocina en llamas, la silueta de un gordo recargó una escopeta y apuntó; sin embargo, su mujer, la mujer sin nombre del ruso Kozinsky, disparó a quemarropa hasta vaciar su revólver, quizá para exigir su propia muerte. El gordo cayó desfigurado y las sombras del pasillo se aseguraron de fusilar a la mujer con la que había compartido gran parte de sus últimos seis años.

Deliración 389: La rusa 3

Afuera disparaban a sus perros y arremetían contra la puerta del frente. Los impactos del ariete eran precisos y contundentes. Dentro de la casona, las armas estaban cargadas y las bandoleras repletas de cartuchos. El ruso le alcanzó un revólver a su mujer y se quedó un instante mirando a su hija que lloraba en silencio. Esbozó un gesto que bien podría haber sido una sonrisa de despedida y dio media vuelta. Se guardó otro de los revólveres en uno de sus bolsillos, se colgó el rifle a la espalda y avanzó empuñando su escopeta por el pasillo. Kozinsky abrió apenas las celosías de una de las ventanas en llamas y descargó dos cartuchos del 12 sobre una silueta sorprendida que se sacudió despedazada. El ruso se volvió entre los gritos del otro y corrió por el pasillo justo cuando alcanzaron a abrir la puerta del frente. Las sombras se recortaron del fondo de la noche y se escondieron detrás de los varios marcos y umbrales del zaguán. Kozinsky disparó por el pasillo y las botellas de kerossene comenzaron a estallar dentro de la casa. El ruso quitó la barra de hierro que trababa las celosías de la la ventana de la cocina y saltó a la descuidada oscuridad de un patio lleno de espinillos y yuyos crecidos.

Deliración 388: La rusa 2

Por aquel entonces, la rusa tendría no más de cinco años; ella jugaba mientras su padre afinaba una guitarra que jamás aprendería a tocar y la madre trajinaba emprolijando un puchero desastroso. El bicherío salvaje y los pájaros de la noche se callaron y los perros comenzaron a ladrar; pero cuando el ruso Kozinsky levantó la vista como para cerciorarse de que sus armas estuviesen a mano, la primera descarga de perdigones habían hecho saltar la cerradura de la puerta de entrada y los herrajes que sostenían la barra de acero que cruzaba las hojas de madera comenzaron a ceder ante el impacto de un ariete. Cabe aclarar que las puertas de quebracho y las celosías de chapón de esa casona siempre estaban cerradas, ya que el hábito de la supervivencia superaba al padecimiento por el calor y la humedad. La mujer soltó el cucharón dentro de la marmita y se escondió junto a su hija en un rincón de la cocina. Kozinsky se puso de pie y trotó hasta una repisa que había hecho con las tablas de una volanta de un cura que había tenido la oportunidad de sustraer dos veranos atrás. Kozinsky se decía anarquista, pero aseguraba que esa repisa le traía suerte y, quizá por eso, en sus estantes guardaba las armas y las municiones. Besó la mano que luego apoyó sobre la estantería y garabateó una cruz incompleta sobre su corazón justo antes de que las primeras botellas de kerossene estallaran sobre las celosías.

Deliración 387: La rusa 1

Por lo que se llegó a saber de ella, la rusa habría nacido no muy al norte de Santa Fe, en una gringa casona perdida en el monte. Fue la hija del ruso Kozinsky y una madre cuyo nombre nunca llegó a saberse, ya que murió mucho antes de trascender siquiera en su propia historia. Su padre, por el contrario, era conocido ratero cuya carrera dentro del rubro del latrocinio en general lo llevó a probar suerte asaltando los trenes de caudales que transportaban sueldos de La Forestal, cuyo éxito, mérito y reconocimiento fueron suficientes para recompensarlo con un buen precio a su cabeza.