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Mostrando las entradas con la etiqueta De chauces y otros adioses...

Deliración 314: Cuántos días pasaron ya?

Quizás por la cercanía de este adiós -cuántos días y a cuán pocos metros-, pero me resulta curioso pensar en la muerte como el único evento interesante del cual participaré en mi vida, al cual -sin embargo-, para bien o para mal, no estaré presente para atestiguarlo. A la suya asistieron en cantidades, a la mía... quién sabe... y esa duda, simplemente, me mortifica...

Deliración 313: La casa grande y sola.-

Como muchos, alquilo y nada propio tengo, ni siquiera vecinos, no son míos, no me pertenecen, son ajenos, son vecinos de la casa y por ende le corresponden a su dueño. Curiosa situación se le plantea a ésta, pobre, donde sólo efímeramente permanezco, ya que su dueño es su vecino y hoy día ha muerto. Huérfana y desamparada, echarase seguramente ella también a morir a su manera. Sin embargo, eso no me interesa. ¿Cuánta pena he de sentir por ese viejito ciego a quien trasladaba, cada tanto, de la cama a su silla y viceversa, si, de hecho, sobran dedos en mis manos para contar las veces en que charlamos? ¿Cuánto hay de propio y cuánto de ajeno en este dolor que suponemos? ¿Será la costumbre ante la presencia de la muerte o la noción que lentamente se asienta con respecto a su ausencia? Por lo pronto, sigo aquí sentado frente al teclado, abordado por esta sensación rara, confiando en que es la casa la que lo extraña, don Baena.

Deliración 228: Réquiem para el Ide.-

El Ide era así; negro, grandote, mugriento y, por sobre todas las cosas, aromáticamente desagradable. Era peludo, esquelético y despatarrado, cariñoso y melancólico: precioso. Siempre estaba echado ante la puerta, haciendo las veces de burlete, respirando apenas, atento, luciendo sus ojitos color miel y esas rastras de pelo muerto que le nacían detrás de las orejas. Asceta. Profeta. Introspectivo. Sólo ladraba cuando estaba por llover. Compartía su comida con los gorriones y los gatos, y amamantaba con su sangre a millones de garrapatas. Pocas veces se rascaba. Le encantaba salir a pasear. Volvía siempre engrasado. Nosotros sospechábamos que tenía una novia en algún taller mecánico por ahí. Nunca lo confirmamos. En realidad nunca supimos mucho de su vida fuera de la casa. Cada tanto lo encontrábamos por ahí y nos acompañaba un trecho. La última semana no salió ni siquiera a dar una de sus vueltitas a la cuadra. Murió durmiendo. Hace poco más de doce años, mamá lo había juntado en una cancha de bochas cerca de mi escuela. Lo recuerdo chiquitito y atolondrado, haciéndose pis de la alegría cuando yo volvía de la escuela. Lo recuerdo grandote y reservado, moviendo la cola para que lo rasque. Así lo recuerdo yo, que lo dejé tirado.