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Mostrando las entradas con la etiqueta BigBalaBoluda

Deliración 479: BigBalaBoluda 6

_ ¿Todo bien?_ el otro inspector se asomó al balcón, pero manteniéndose lejos de la baranda.
_ Sí… mi mujer que no responde, nomás…
_ ¿Se pelearon?
_ No, bah; no sé… ¿Qué sé yo? Que yo sepa, no… No, no nos peleamos; no sé porqué no contesta. Es raro…
_ No sé, ¿querés ir a ver si está bien?
_ No, dejá; no importa… Debe estar, no sé… bañándose, ponele…
_ Bueno, vamos a empezar con las fotos; ¿querés venir o…?
_ Sí, ahí voy…

Cruzaron el marco de aluminio berreta y comenzaron a sacar fotos. Ellos señalaban y el fotógrafo registraba. Elaboraron teorías y describieron los hechos como podrían haber sucedido. Se refutaban, se contradecían y se rectificaban. Después de un par de horas habían alcanzado un consenso que no disentía mucho con el relato de las pericias anteriores: era la misma persona, el mismo asesino. "Lo mismo, siempre", se dijo.

Esa vez le tocó hacer el informe a él también.

Deliración 478: BigBalaBoluda 5

El otro se alejó y se abrió paso hasta el balcón. Llamó a su mujer, pero al cabo de treinta segundos atendió el contestador. Insistió: ídem. Se apoyó sobre la baranda y miró hacia abajo, hacia la calle. “Qué raro”, dijo de nuevo, pero esta vez para sí mismo. Escuchó la sirena de una ambulancia y la siguió girando la cabeza sobre el eje de su cuello hasta que se perdió de vista. Entonces sonó su teléfono: era un mensaje de uno de los muchachos con los que jugaba al fútbol los jueves; una foto de un travesti en bolas. Se sonrió. Buscó el contacto de su esposa: hacía poco menos de una hora que ella había utilizado la aplicación por última vez. Le envió un par de mensajes: “donde estas?”, “todo bien” y después el “?” que se había olvidado. Esperó; sin embargo, las notificaciones le indicaban que los mensajes no habían sido recibidos.

Deliración 477: BigBalaBoluda 4

_ ¿Pasó algo?
_ No, no; nada… mi mujer… _ pero terminó la frase con un gesto de “no importa”, y guardó el teléfono en el bolsillo (aunque no lo soltó de su mano). Levantó la vista y vio, en la ventana de la cocina, la palma de una mano; o, por lo menos, su sello estampado con sangre.
_ Nos está saludando… _ dijo el otro inspector, siguiendo el destino su mirada.
_ Se burla, sabe que estamos en bolas…
_ Ya se va a pisar solo; a tipos así, en cualquier momento, les pica el bicho de la fama y se mandan al frente. Hay que esperar nomás…
_ Sí, pero mientras tanto, los que quedamos como unos pelotudos somos nosotros… _ dijo manifestando una resignación severa, de esas que si se mezcla con alcohol hace que la bronca se humedezca con lágrimas. Cerró lo ojos y se tomó lo que quedaba del café, sin siquiera saborearlo; lo importante era quemarse la garganta.
Se quedaron en silencio, uno mirando al piso y el otro con la vista perdida a través del manchón que se encostraba sobre el vidrio.
_ Lo que me jode es no poder hacer nada, viejo… _ se confesó y volvió a sacar el teléfono de su bolsillo. Ambos se quedaron mirándolo, uno sin comprender su simbolismo y el otro intentando tomar una decisión. Alzaron la vista y redescubrieron al portero que los miraba indiferente. El inspector cabeceó alzando el mentón, como preguntándole qué quería. El portero se alzó de hombros:
_ ¿Yo qué hago? ¿Me quedo, me voy?
_ Usted se prepara unos buenos mates, ¿qué dice?
_ Y bueno…

Deliración 476: BigBalaBoluda 3

En la cocina encontró al portero del edificio. Estaba alterado, como acelerado; enojado y confundido. Otro de los inspectores le preguntaban una y otra vez lo mismo, pero sabían que era al pedo. Descubrió la cafetera (era de esas que se cargan con cartuchos multicolores) y se hizo un café. Se volvió y vio que el portero lo miraba sorprendido.
_ ¿Usted quiere?_ preguntó.
_ No... _ dijo el portero, pero entonces reaccionó (como despertando de un sueño)_ ¿quién va a limpiar todo esto?
Los inspectores se miraron:
_ ¿Qué sé yo? Usted, el dueño del depto... la inmobiliaria…
_ Yo no pienso limpiar esto. _ dijo el portero, convenciéndose a sí mismo.
Tanta simpleza lo enterneció, y se acordó del video. Sonrió. Sacó el teléfono de su bolsillo y buscó la publicación para comentarla; pero no la encontró. Tampoco encontró el perfil de su esposa entre sus amistades. Utilizó el motor de búsqueda de usuarios de la aplicación, pero su mujer había desaparecido. “Qué raro”, dijo.

Deliración 475: BigBalaBoluda 2

El cuerpo estaba trozado y desparramado a la que me importa. Uno de los inspectores estaba numerando todos los pedazos con banderitas amarillas o naranjas. Catorce banderitas y todavía tenía otras cuantas en la mano. La primera lectura coincidía con el modus operandi de los otros siete casos anteriores: la puerta no estaba forzada y los indicios de lucha se manifestaban en el dormitorio, el desmembramiento había ocurrido en el baño y la bañera estaba destrozada a hachetazos. El arma estaba ahí (“impecable”), sobre la tapa del inodoro. La hoja de acero inoxidable (“pristina”, según la descripción del forense) reflejaba el techo salpicado. “Rompió la tortuguita de la luz”, musitó sorprendido ante la novedad de la evidencia y buscó los pedazos de vidrio entre el enchastre del piso (dientes, mechones y cascotes de loza). El olor fuerte del semen se percibía entre el dulzor de la sangre y el ácido de la orina (esta vez, nadie había vomitado).

Deliración 474: BigBalaBoluda 1

Otra vez su mujer publicaba el video con los tres minutos de vida de su hija y la alegría de su llanto y la desesperación de su silencio entre tantos gritos. Él no podía ver más allá del momento en que las alarmas se unificaban en un único pitido agudo (“todavía lo escucho”, se dijo) y decidió pausarlo segundos antes. Tres minutos y después sólo quedó su cuerpo, como un muñeco ("está dormida; está dormida, despiertenla", repetía ella). No supo si darle me gusta o ignorarla; muchas de sus amistades ya la habían desvinculado y otras tantas la habían bloqueado. "Pobre mina", pensó de su esposa; "ella insiste, pero ya nadie le comenta nada; nadie le habla". Cerró la aplicación, apagó el pucho contra la pared del ascensor y corrió la rejilla.
En el pasillo había dos agentes perimetrando el departamento. Los saludó y se metió como pudo, tratando de no pisar la sangre.