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Mostrando las entradas con la etiqueta El cliché

Deliración 484: El cliché 20

Me enteré de la muerte de la abuela, la del gato (la de la pensión, no mi abuela), cuando estaba en Dina Huapi (cerca de Bariloche); una semana más tarde. Ese mismo día comencé con el blog… como que me agarró una necesidad de trascendencia urgente. La abuela se murió sola, supongo que en una sala común de un hospital público; sola entre tantos desconocidos y tantos enfermos. Sola y sin que nadie la visite… sin que nadie sepa de ella… sin que nadie la recuerde. Inevitablemente me acordé de mi vieja, allá en Rafaela. Sé que no está sola, pero la culpa de mi distancia me hace imaginarla sola y abandonada. La abandoné, es eso; abandoné a mi vieja… y todavía no sé porqué me alejo tanto de ella. La primera palabra que se me viene a la cabeza cuando pienso en ella es ‘asfixia’, pero no sé cuánto es mío y cuánto es de mi viejo. Si hay algo que hizo mi vieja en su vida fue preocuparse por nosotros (y hablo de mí, de mi hermano y mi viejo). Preocuparse tanto que nos filtró gran parte del mundo, evitándonos problemas de los que se hizo cargo sin que nosotoros lo sepamos ni se lo pidamos. A pesar de complicarme todo y hacer de todo un lío, debo reconocer que me hizo la vida mucho más fácil; y quizás ese haya sido el mayor problema. Me preparó para su fantasía y, cuando tuve la oportunidad de de elegir, me fui para otro lado; aunque no creo que haya sido voluntad mía en absoluto. Fue más bien una reacción, un reflejo instintivo y primario: llevarle la contra.

Es una culpa particular la que uno siente por una madre (por lo menos, siendo uno un varón). No hay bronca, o no tanta; es más bien como una deuda ante un fiado cuyo acreedor nos dijo que no hacía falta pagar. Pero ni siquiera nos hizo un favor, sino que nos crió y nos quiso con locura. Es la culpa de haber sido queridos más que a ninguna otra cosa en todo el mundo… Es la culpa de haber querido tanto y luego de habernos enamorado de otra cosa. Es la culpa de meterle los cuernos a quien nos regaló la vida. Qué hija de puta… no hay forma de compensar eso.

Quise llamarle, entonces; escuchar su voz y saber que estaba bien. Escuchar su voz y confirmar que fue la vieja del gato la que se había muerto… Que ella seguía allá, en Rafaela. Pero no pude, no sé… tampoco pude escribirle un mensaje. Improvisé el blog, publiqué el primer post con unas fotos del día anterior y contando un poco de los lugares y la gente que había conocido; y después le mandé el link. Me preguntó qué era eso que le mandaba y le expliqué la idea de Bruno y cómo podía hacer para suscribirse. ‘Hermoso’, respondió ella (junto con algún que otro emoticón inconsistente). Yo respondí 🙂 como si fuese un nene…

Deliración 483: El cliché 19

La idea del blog también se le ocurrió a él. Bruno, digo… Me dijo que ya que sacaba las fotos y después se las pasaba por Whatsapp junto con las impresiones y anécdotas que juntaba durante el día, que por ahí era mejor ordenar todo en una especie de diario de viaje online y compartirlo con quien quiera leerlo. Me dijo que lo piense, que incluso podía hacer algo de plata extra si lo hacía bien o le dedicaba el tiempo suficiente. Hasta ahora no vi un mango, y tampoco tengo muchos seguidores. Me dijo que me promueva, que abra cuentas y más cuentas… pero la verdad es que no tengo ganas de trabajar. Con lo que saco de la pensión me alcanza. Prefiero tomar esto como hobby, o como terapia. Desde hace unos meses me presento como escritor, e inmediatamente dejo de ser vagabundo y me toman por bohemio. Cambia el trato; como que la gente tiene una fantasía romántica del asceta limpio que se opone directamente con el prejuicio de hippie mugriento e improductivo.

De pronto me construí este nuevo yo, pero es un personaje. Lo disfruto, pero más que nada porque es algo novedoso y distinto.

Soy un payaso…

Deliración 482: El cliché 18

En Merlo estuve parando en una pensión/hostel, pero esta vez de inquilino. En temporada baja, el pueblo es muy barato. Caminaba por los cerros y mendigaba mate a los campistas. Me cansaba a propósito y comía mal; pero dormía mucho y en cuotas. Siestas de dos o tres horas en cualquier momento del día o de la noche. Abandoné el café, pero retomé el pucho después de más de veinte años. De a poquito me fui armando de valor y decidí seguir viajando hacia mi pasado: me largué de mochilero, eso hice…

Hace poco más de un año y medio que viajo a dedo y duermo dónde puedo… Bah, tampoco me voy a mandar tanto la parte; si bien duermo mucho en carpa, cada tanto me quedo un par de semanas en algún que otro hostal, parador o pensión. Me baño seguido, eso sí; casi todos los días. Donde encuentro un baño decente, hago caca y me pego una ducha. Chateo bastante con Brunito, y con mi ex también. Creo que ella lo toma como una aventura sin complicaciones; algo tabú que le ayuda en su matrimonio y no le genera problemas… incluso me propuso eso del cyber-sexo. No sé, la cosa es que me manda fotos de ella en bolas y yo las guardo, y las miro… la miro… Tiene 49 ahora, pero está bien; hace gimnasia, yoga, pilates y no sé qué mierda más… Yo le mando fotos de paisajes (aparte de las que aparecen en el blog) que, con la porquería ésta de Instangram, parecen hasta profesionales.

Bruno me dice que podría levantar viejas por Facebook; bah, minas de mi edad, supongo… Que me promueva como gigoló errante, cosa que las viejas me inviten a su casa y me alojen… No sé de dónde sacarían mi contacto, ni cómo me encontrarían; pero, según él, seguramente existe algún grupo de malcogidas y esposas insatisfechas, no sé… Bruno se ríe; me dice que sería un buen puto.

Deliración 481: El cliché 17


Supongo que esa decepción bilateral es hereditaria. Sé que no fui el hijo que mi viejo esperaba, y él tampoco fue lo que yo suponía. Lo mismo habrá pasado entre mi viejo y mi abuelo, y lo mismo me pasará con Bruno. Aunque no, Bruno no me decepcionó… nunca me decepcionó… no sé si podría… Simplemente no lo entiendo, pero no siento decepción. Sí siento que yo le fallé, siento esa culpa; pero no sé bien porqué… Quizás por el divorcio… Quizás por dejarlo en banda tantas veces… Quizás por tener una vida aburrida… Aunque no sé si eso me afecta más a mí que a él. Yo podría haber hecho tantas cosas de manera tan diferente. Yo podría haber hecho tantas otras cosas que no hice. Yo podría haber sido otro. No sé… quizás es eso, sólo estoy decepcionado conmigo mismo… y capaz que eso es lo hereditario en mi familia… Qué sé yo, hice lo que pude… ni siquiera… hice lo que me salió… No sé, como que nunca tuve un motor… Tanta gente habla de eso de hacer lo que uno quiere, dedicarse a lo que a uno le apasiona… Creo que mi decepción entonces es ésa, no tener pasión alguna… o no haberla descubierto. No sé, me gustan las minas, garchar, viajar, comer, leer… charlar con Bruno… pasar tiempo con él… Me gusta todo eso, pero no me apasiona; bah, no sé… Nunca sentí esa pasión que venden las películas y los libros… Creo que la bronca que le tengo a mi viejo es esa, capaz: que no me haya incentivado a buscar mi pasión, que no me haya empujado… Tanta bronca y ni siquiera puedo odiarlo… Pobre tipo… Sí, eso; un pobre tipo… Mi viejo fue un pobre tipo, eso me da broca… Habrá sido feliz? No creo… Un tipo así no puede ser feliz… Yo tampoco; yo no puedo ser feliz… Soy un pobre tipo también… Qué ejemplo le dejo a mi hijo, entonces? Lo mismo, nada… Culpa, eso le dejo; la culpa que me dejó mi viejo; la culpa que yo siento… y yo qué mierda hago con tanta culpa? Qué hago? Qué puedo hacer? Qué me gustaría estar haciendo?

No sé… la puta que me parió… Soy pelotudo, eso seguro…

Deliración 472: El cliché 16.-

Recuerdo poco de su relación.

Mi abuelo era un tipo parco y sereno, no había terminado la primaria, pero leía mucho. Le interesaba (por sobre todas las cosas) la política y el fútbol. De los demás, nada; sólo su ferretería. Papá la vendió ni bien el abuelo se murió; y, según mamá, la había regalado.

No recuerdo ni una conversación entre ellos...

Recuerdo, sí, que mi hermano le había preguntado a la abuela porqué no teníamos tío; pero ella se había largado a llorar. Nunca respondió, y no volvimos a preguntar; y al abuelo, nunca nos animamos. Papá una vez dijo que con él tenían suficiente... o quizás quiso decir demasiado.

Deliracion 469: El cliché - 15

En el bondi de vuelta decidí que no quería quedarme en Córdoba; así que ni bien llegué a la estación, saqué pasaje para Villa Dolores. Quise hacer dedo, pero me aburrí o me desesperé (no me acuerdo) y tomé otro bondi lechero que salía hacia Villa Mercedes.

Me bajé en Merlo.

Me acordé de que mis viejos habían ido de vacaciones ahí cuando eramos chicos para celebrar sus diez años de casados, o algo así. Habían ido solos y nos habían dejado con los abuelos.

Llegué de noche y lo único que estaba abierto era el mercadito de una estación de servicio. Me pedí un café y me senté a comer alfajores. Tenía una necesidad inmensa de recordar algo de mi familia, algo realmente significativo. Pero recordé los asados y comilonas en casa y otros paradores de Rafaela; las navidades y años nuevos en el club de los bancarios; las salidas al centro de Rafaela; la fiesta patronal de San Antonio donde vivían los hermanos de mi abuelo. Recuerdos mancomunados, compartidos con tantos otros; más clichés, nada único, nada personal ni propio de mi familia.

Y de repente me acordé de una charla que tuve con mi viejo. Le recriminé que porqué no nos llevaba a pescar (como hacían unos amigos), y me respondió de una manera demasiado sincera y espontánea,  vacía de emociones (como un dique). "A mí nunca me llevaron a pescar", me dijo.

Deliración 468: El cliché - 14

Mi vieja nunca fue muy buena cocinera, así que la mayor parte del tiempo pedíamos comida afuera. Ahora hay mucha más variedad, pero se han perdido muchos de los sabores tradicionales; y uno (cuando vive lejos) no vuelve para encontrar lo nuevo. Esa noche pedimos fugazzeta y napolitana de Parra, y empanadas de jamón y queso de Prone; y empezamos a hablar de papá.

Papá se murió de un infarto, al igual que el abuelo. Los dos aguantaron más o menos diez días en terapia, despertando cada tanto para ver quién había venido a visitarlos; pero finalmente murieron sedados. Me recriminó a su manera el que no haya ido a visitarlo mientras estaba internado. Me dijo que había preguntado específicamente por mí, que quería verme; pero yo nunca aparecí (y eso que me habían llamado). Le dije que por ese entonces estaba pasando por una etapa difícil, que no sabía qué quería de mi vida, que me sentía distanciado del mundo, ajeno a todo. Me dijo que era un pelotudo, prepotente que me creía superior a todos los demás. Que no tenía excusas para no haber ido a saludar a mi viejo antes de que se mueriera. Le dije que probablemente tenía razón; entonces me pegó una cachetada.

"Cuánto tiempo más te vas a quedar?", me preguntó; "no sé" le dije casi en silencio. La miré, vi que me miraba aterrada (pero más que nada ansiosa) y me preguntó: "vos... vos vas a festejar tus cincuenta acá en casa conmigo?"

Le dije que no y me volví a Córdoba al otro día.

Deliración 467: El cliché - 13

Después de esa tarde, en lo único que pensaba era en salir (de dónde): estar afuera (de qué). Supuse que quería viajar, así que me volví para Rafaela.

Mi viejo ya se había muerto hacía unos cinco años (más o menos en la misma época en que alquilé la pensión); y mi vieja se había ido a vivir sola en la casa que había sido de mi abuela (la mamá de mi papá). Mi hermano se fue a vivir a la que había sido la casa de mis viejos (bah, nuestra casa), y había puesto en alquiler el caserón que se había construído (él sí cumplió la fantasía de comprar el lote y construír). Mi vieja vivía entonces más que bien con su jubilación, la pensión de mi viejo y la renta de la casa de mi hermano.

Me quedé haciendo de hijo durante casi una semana. No hablábamos mucho, me hice fama de parco a propósito, y más que nada me quedaba mirando el patio y cómo cuidaba del jardín. Yo ya no tenía jardín, nada de verde desde que me mudé a la pensión. Tantos años y no lo había notado. Reconocía la casa de mi abuela, pero apenas; mi vieja se había asegurado de hacer acto de poseción efectiva de la cosa y reclamarla propia. La pieza donde yo dormía, por ejemplo; había sido la pieza de mi viejo (hijo único) cuando chico, y ahora había dos camas en lugar de una. Era nuestro cuarto, nuestras cosas (lo que ella había guardado, lo que ella había decidio recordar de mí y de mi hermano); incluso las sábanas eran las mismas. También estaba lleno de cosas de mis sobrinos, una presencia inevitable; pero todavía estaban nuestros playmoviles, los rastis y las repisas que habíamos armado en la clase de carpintería. Arriba del ropero, encontré la caja de botines con nuestra colección de etiquetas de cigarrillos; aún con ese asqueroso olor a pucho.

Deliración 466: El cliché - 12

Mi ex es buena persona, pero está loca... bah, ni siquiera: es pretenciosa en un mundo berreta, un mundo de porquerías. No es que sea exigente ni nada por el estilo; sino que nunca va a estar satisfecha, qué sé yo... Es muy buena madre, una madraza. Se volvió a casar, creo que dos o tres años después que nos divorciamos con un abogado o un contador. No sé, el tipo se refiere a su oficina como 'su estudio'... a lo mejor es arquitecto; un boludo. Y no, no es el tipo con el que me metía los cuernos...

Al principio teníamos planes parecidos, pero porque eran muy vagos: terminar la carrera, conseguir un buen laburo, formar familia, comprar un lote, construír una casa, etc. Cuando uno empieza a concretar proyectos, empiezan a notarse las diferencias irreconciliables entre las distintas percepciones y más que nada de las distintas conveniencias. Generalmente uno apuesta al futuro y no le da bola a todos esos indicios que apuntan a una ruina inminente. Nosotros hicimos eso, más o menos durante catorce años. Separarnos fue lo mejor, aunque el juicio de divorcio fue una catarsis brutal; una purga a las trompadas judiciales. Fuimos injustos e inmorales, nos robamos y nos humillamos. Concentramos todas nuestras frustraciones en odiarnos y, al final, ella se quedó con el departamento, el auto y Brunito.

Diez años más tarde me la garché llorando en la pieza de mi pensión; la misma pieza que ella había rechazado una y otra vez, unos veinticinco años atrás; la misma pensión en la que vivía mi hijo conmigo. Terminé más que satisfecho, fue uno de los mejores polvos de mi vida. Ella? No sé... y, la verdad, no me importa...

Pensé en el boludo de su marido y en que le había metido los cuernos conmigo... mi vida es un cliché...

Deliracion 465: El cliché - 11

La segunda vez que nos robaron fue un año más tarde. La pensión estaba casi completa, y después de la experiencia con los salteños, empecé a tomar entrevistas antes de alquilar una pieza; y bueno, estaba entrevistando una chica. Muy linda, pobrecita; se asustó mucho (dieciocho años tenía).

Me acuerdo que mientras contaba de sus cosas, me dijo que era vegana. Yo me reí y le dije que yo había tenido un perro vegetariano, acordándome del Pirata empecinado en comerme las plantas del patio. Parecía una oveja de lo que pastoreaba, el desgraciado. Ahí nomás también se me vino la imagen de sus soretes trenzados en yuyos que no digería y que le colgaban del culo como llaveros de caca. Tenía que sacárselos a mano, enguantado con bolsitas de nylon o papel de diario. Que barbaro como lo que da bronca entonces, luego se recuerda con nostalgia; y la nostalgia te dispara esas relaciones que te dejan en bolas. Inmediatamente me acordé de cuando le cambiaba los pañales a Brunito, nuestro bebé... y de Romi (o Víctor), el bebé que no llegó a ser... Me sentí solo, desolado, y casi me largué a llorar frente a la chica; pero la piloteé de alguna manera.

Los choros entraron cuando salí a despedirla (nunca supe si justo pasaban por la vereda o estaban esperando la oportunidad). Se llevaron más o menos lo mismo que la otra vez, pero al final se pusieron a manosear a la chica. Yo no hice nada, me la quedé mirando: el miedo. Me miró, y vi los ojos del Pirata en uno de sus ataques, quedándose sin aliento, mirándome sin entender... Por suerte llegaron dos de los chicos que alquilaban, y los choros aprovecharon para escapar.

Obviamente, la chica no me alquiló la pieza al final... y sí...

Esa noche me llamó la mamá de Bruno, para ver cómo estaba. Le dije de juntarnos a almorzar en una fonda cerca de casa. Le conté todo y garchamos a la siesta, diez años después de habernos divorciado. Todavía no se lo contamos a Brunito.

Deliracion 464: El cliché - 10

Los salteños trajeron la joda y el ambiente estudiantil que yo extrañaba; pero al cabo de unos meses, me di cuenta de que estaba viejo. Me puse hostil, sobre todo con el pibe; porque no me podía enojar con la novia de mi hijo. Ella era tranquila, pero era chica; tenía mucha energía, nunca dormía. El hermano era un gordo bocón, un abriboca que no se sabía callar. Los eché en cuanto Bruno se peleó con la chica.

Como discutíamos seguido, el gordo forro sabía volver a la madrugada en pedo y trompearme las celosías de la puerta de mi pieza. Yo lo corría a palazos con la escoba, y supongo que se iría a pasar la noche a plaza Colón o a lo de un amigo. Al otro día venía la hermana pidiendo disculpas, y tenía que aceptarlas por Brunito; así que tenía que permitirle el ingreso al gordo de vuelta. Sí, yo me puse hostil, pero se lo tenían merecido. El correntino se fue más o menos en esa época (no sé si eso habrá tenido que ver, ahora que lo pienso).

Tiempo después nos entraron a robar por primera vez. Estabamos el gordo y yo, cada uno en su pieza, pero con la puera abierta. Entonces vimos que saltaban el tapial desde lo del vecino. El gordo les hizo frente hasta que vió que estaban armados, entonces reculó y ahí nos cagaron a palos a los dos. No se llevaron mucho porque venían cargados de lo del vecino, sólo mi laptop, el teléfono del gordo, la plata que encontraron en las piezas y, por alguna razón, reventaron contra el piso el televisor de la abuela del gato (era un Telefunken de los ochentas). Cuando se fueron, el gordo me ayudó a levantarme y me preguntó si estaba bien; no le respondí y me encerré en mi pieza llorando como un nene.

Deliración 463: El cliché - 9

Los mellizos salteños llegaron como al tercer año, y se quedaron dos. Bruno se puso de novio con la chica enseguida, ni bien llegaron. Muy linda chica, la verdad; me cuesta creer que ahora a mi hijo le gustan los varones. Bah, seguro que siempre le gustaron, no sé bien cómo funciona eso.

Él también se vino a vivir a la pensión conmigo, cuando estaba allá por tercer o cuarto año de la facultad, y ahí se quedó ahora. El optó por Diseño, pero después se metió en Publicidad. No terminó ninguna de las carreras, pero se puso a trabajar y ahora está metido en una productora. Su madre me echa la culpa a mí, ella quería el título; pero lo ve bien. Ella tomó lo de la homosexualidad como un símbolo de status casi; yo, la verdad, no sabía qué pensar. No es que yo haya sido muy mujeriego en mi vida tampoco, ni tampoco me considero un homofóbico; pero siempre tomé a los putos por locas o por tipos confundidos, como demasiado perdidos. Cómo llega un tipo a darse cuenta que le gustan los tipos? De hecho, le pregunté; pero me respondió que no trate de entenderlo, que no hay un motivo, que no hay una duda; sino una certidumbre que uno trata de esquivar. Uno no elige el sexo ni la orientación, me dijo; pero más o menos uno elige llevar una vida de mierda o no. El problema es la vergüenza, me dijo; o lo que pensarán los que uno más quiere. Me dijo muchas más cosas, y yo, mientras tanto, me acordaba de un puto que vivió en la pensión cuando eramos estudiantes.

Le decíamos Ramona, porque venía de ese pueblo de Santa Fe, pero sobre todo porque era putazo. No me acuerdo qué estudiaba, pero sé que se recibió. Me acuerdo que lo queríamos, pero lo tratabamos mal porque había que tratarlo mal. Me acuerdo que una vez al mes, más o menos, venía un camionero y pasaba la noche en su pieza. Nadie decía nada porque el macho era grandote, una bestia, y le pegaba. Pobre Ramona, alguien dijo alguna vez que el camionero era su tío.

No supe qué decirle cuando terminó de contarme, me quedé ahí sentado a la mesa frente a él; y Bruno, paciente, se quedó mirándome. Sabía que me iba a llevar tiempo procesarlo, pero yo tenía miedo de preguntarle si alguien le había hecho algo alguna vez. Mi Brunito...

Deliración 462: El cliché - 8

La abuela, la del gato, esa se quedó mucho más tiempo, y fue ella la que me incentivó para comprar la casona. Así que al cabo del año de alquilarla y de mantener la licencia, decidí negociar un despido con una indemnización suficiente como para pagar dos tercios del valor de la propiedad. Para el resto saqué un crédito que con el que llevo casi 7 años ya.

La abuela, la del gato, tenía una historia triste: el marido chupaba y apostaba demasiado, tanto que perdió la casa y se murió de sirrosis. Ella se quedó sola y se ganaba la vida cociendo, planchando y arreglando ropa vieja. Hasta apenas unos años antes era empleada doméstica, pero a esa edad ya no la contrataban más porque a la gente le daba pena hacer trabajar a una abuela (yo creo que en el fondo les daba demasiada culpa explotarla). Nosotros convenimos una reducción del alquiler a cambio de que limpiase una vez por semana.

Los hijos la ayudaban un poco, pero ella no quería ser una carga para nadie y no quería vivir con ninguno; así que por eso yiraba de pensión en pensión, hasta que llegó a la mía y ahí se quedó hasta que tuvimos que internarla. Pobre vieja, se murio el agno pasado; devorada por un cáncer inmenso que quién sabe desde cuándo tenía. Yo recién me enteré a la semana, y es que, para ese entonces, ya me había ido.

Era gorda y buena, muy buena. Hacía unos churros riquísimos, pero dejaba toda la pensión con olor a fritanga. Nunca discutimos, ni se demoró en pagar. Me ayudó siempre en lo que pudo; y, sin embargo, no la extraño en absoluto. El gato, por otro lado, me tuvo preocupado un buen tiempo porque, según me contaba Bruno, no quería comer nada.

Deliración 461: El cliché - 7

Al mes y medio se mudó un muchacho de Corrientes y una semana después, una abuela con un gato. Yo nunca había tenido gato y al principio lo rechacé un poco, pero después lo descubrí durmiendo casi todas las mañanas entre mis patas. Me encariñé, qué le voy a hacer.

El pibe de Corrientes había venido a Córdoba para estudiar Medicina, pero falló el cursillo de ingreso y se metió en Psicología para no perder el año. Eso fue como 5 años antes de venir a mi pensión (aunque todavía no era mía), ya que para ese entonces se la pasaba saltando de laburo en laburo. No tenía muchas pretensiones, y estudiaba porque lo obligaban, pero la verdad es que sus padres ya habían perdido las esperanzas. Ya no lo mantenían, pero cada tanto le mandaban cajas con comida. Me contaba que la mamá le mandaba suvenires de esa vida que se estaba perdiendo en Corrientes. El no sabía si volverse o quedarse, pero le tiraba mucho ese 'qué dirán' de volver sin título después de tantos años. Había veces que se encerraba solo en la pieza y cerraba la puerta para ahumarse en porros y tomar mates.

Él ocupó la pieza de la terraza. En ese entonces era un depósito o atelier (si uno quisiera mandarse la parte), pero la verdad que no había espacio para nada. A él le gusto por la proximidad a la terraza (supongo que por el espacio abierto). Armamos una cucheta, pero en vez de poner una cama abajo pusimos un escritorio y un armario. Ahí ya era otra cosa, y la verdad que daba gusto de verla. Todas ideas suyas; yo le decia que tendría que haber estudiado arquitectura, pero el se reía: ya no quería estudiar mas, según me decía.

Era buen pibe y se quedó como 3 años, hasta que se juntó con una piba que conoció en uno de los call-centers en los que trabajaba. Buena piba, pero no muy linda. Desde que se fue, nos habremos juntado un par de veces, pero después ya perdimos contacto y no lo vi más. No sé si habrá tenido un crío, o si se habrá vuelto a Corrientes. Vaya uno a saber qué habrá hecho ese chico.

Deliración 460: El cliché - 6

Entonces descubrí que se alquilaba la casa que había sido la pensión donde había vivido de estudiante. Fui a verla y la encontré reciclada en una casona vintage muy distinta a la casa que había sido en su antiguedad. La alquilé y fui a hablar con mi jefe para presentar la renuncia. Hacía casi 20 años que nos conocíamos, desde la facultad, y, de hecho, había vivido unos meses en mi habitación (en esa misma pensión que acababa de alquilar); por lo que teníamos una relación muy parecida a la amistad. Me convenció de no renunciar y me derivó con un psiquiatra amigo que me dio licencia por 6 meses con goce de sueldo. A él no le importaba (a nadie le importaba), el dinero venía de afuera; y yo acepté.

Cuando le mostré la casona a Bruno, me dijo que no le gustaba, y cuando le conté que mi idea era la de abrir una pensión, me sugirió que probase con un hostel; pero le dije que no, que los hostales me hacían acordar a su mamá. Me parece que eso no le gustó mucho, pero me entendió. Me dijo que si necesitaba ayuda, el podía venir de vez en cuando. Así que nos pusimos a remodelar la pensión de acuerdo a como me la acordaba, cosa de hacerla menos pretenciosa y más sencilla.

Yo ocupé la misma pieza que había ocupado con mi hermano, y por la que pasaron otros 5 pibes a lo largo de mis 7 años de inquilinato.

Deliración 459: El cliché - 5

También tenía un perro, un cuzco que había aparecido en la puerta de casa unos 7 años antes, y se estaba muriendo. Le costaba respirar porque se le llenaban los pulmones de líquido y se los drenaba con diuréticos. La prescripción del veterinario era esperar y no dejar que se exijiese demasiado. El pobre Pirata quería salir a correr por ahí, como hacía antes, pero ya no se lo permitía. Cuando tenía uno de sus ataques era una cosa de sentir esa desesperación tangible, como compartiendo la asfixia y la prisa de no llegar a tiempo a la veterinaria.

Tiró como 5 meses así, y una mañana, directamente no se depertó; murió ahogado en sus sueños. Me quedó por mucho tiempo ese (llamemoslo) arrepentimiento de no haberlo dejado salir a correr como quería. Lo mantuve con vida, pero encerrado en casa hasta que se murió sin ningún espectáculo ni tragedia. Qué sé yo, esas cosas te pegan.

Lo enterré en el patio y me puse a buscar casas para mudarme.

Deliración 458: El cliché - 4

Al principio me alquilé un departamentito en Nueva Córdoba, siguiendo la fantasía del que vuelve a ser soltero, pero (para ese entonces ya trabajaba en esa empresa que no voy a nombrar pero que queda en la ciudad empresarial) como perdía como 2 horas por día en el tránsito y la verdad es que mis compañeros de viaje mucho no me divertían. Después me mudé a Río Ceballos, así que estaba al toque del laburo, por autopista. La casa era linda, tenía un patio enorme y a Bruno le encataba. Pero con el tiempo también me aburrí. Era una abulia aglomerada por tanta costumbre y rutina.

En el trabajo realmente no hacía nada y ya hacía más de 15 años que venía sin hacer nada; era Project Manager de proyectos que se perdían en iteraciones infinitas de desarrollo, testing y feedback, y los pocos que salían al mercado resultaban obsoletos. Tanto había intentado separarme de las dependencias públicas en las que trabajaban el resto de mi familia (es curioso vivir en una casa cuyo ingresos dependen de una partida presupuestaria municipal) y, sin embargo, en ese ahora me encontraba haciendo lo mismo pero de manera privada, desperdiciando capitales extranjeros (cuando uno trabaja en una de esas empresas, uno siente que lo único que hace es esperar a que se funda o que los extranjeros se pudran y se lleven toda la plata de nuevo).

Estaba podrido, es eso.

Deliración 457: El cliché - 3

Después me puse de novio con quien me casaría, y resultó bastente cómoda (no la relación, sino ella): nada de carpas, sólo camas en habitaciones; por lo que los viajes comenzaron a limitarse a hostales, cabañitas y, al final, hoteles. Eso hizo que los costos se disparasen y los viajes pasaron a ser sólo vacaciones esporádicas y ya no parte del estilo de vida. Terminé la facultad, comencé a trabajar y presenté la tesis.

Nos casamos y a los 4 años tuvimos a Bruno, y poco después de sus 2 años perdimos a quien podría haber sido Romina (o Víctor). Calculo que por ese entonces dejamos de hablarnos y no sé cuándo habrá empezado a meterme los cuernos (la verdad que no la culpo).

Nos separamos cuando Bruno cumplió 12 años; no para su cumpleaños, pero sí para esa época (me acuerdo, porque yo ya vivía solo cuando él empezó la secundaria).

Deliración 456: El cliché - 2

Mi hermano se había ido primero, para estudiar Abogacía en Córdoba (y es que ahí habían estudiado los tíos; aparte, Rosario era peronista y eso era inaceptable para la familia); pero para cuando me tocó estudiar a mí, él ya había decidido abandonar la carrera y volverse para trabajar en Rafaela. Vivimos juntos sólo un año, compartiendo pieza en una pensión de Alberdi, y fue suficiente; no nos parecemos en nada.

Yo opté por el pragmatismo; abrí el diario en la sección Clasificados (hice lo mismo durante todo el verano antes de empezar la facu), y busqué cuál era el título que más demanda tenía: Ingeniero en Sistemas, una carrera tan vaga e imprecisa (casi tanto como el Administrador de Empresas), que básicamente servía para todo.

Me inscribí y la llevé al día, salvo por casi dos agnos, después de cursar el cuarto, en los que me dediqué a viajar a dedo para conocer primero la provincia y luego el resto del país. Nunca llegué al sur, y me quedé dando vueltas por el centro-norte (de Río Negro para arriba).

Deliración 455: El cliché - 1

Como la mayoría del resto, llegué a la vida de mis viejos demasiado tarde (y supongo que a mi hijo le pasó lo mismo). En mi caso, conocí al mío ya muy cómodo y aburrido en su puesto de empleado público. De las anécdotas que contaban sus amigos no quedaban ni rastros y, sólo de vez en cuando, se emborrachaba para reírse a carcajadas. No era parco ni callado, sino más bien bocón e inseguro.

Mi hermano siguió su mismo camino y se metió en la municipalidad, pero (no sé si fue por una cuestión generacional o porque quizás nos criaron con más ambiciones) él hizo carrera política y escaló a puestos más altos y ahora aparece en las listas sábana de los radicales.

Mi vieja fue maestra de primaria, pero logró jubilarse por anticipado; así que, durante nuestra adolescencia, pasó casi todo su tiempo en casa, dedicada a nosotros. Eramos su vida, nos decía, y supongo que veía nuestros 18 años como su fecha de vecimiento.