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Mostrando las entradas de julio, 2006

Deliración 161: La razón de Cantinflas 08

"Lavala", dijo el comisario y Cantinflas se quedó solo con el cuerpito de la nena... tan chiquito...

Acopla la manguera a la canilla...

Busca una esponjita... de esas de lavar los platos...

Cantinflas abre el paso de agua girando la canilla y mira...

El agua se chorrea por el borde del mesa de latón, cae al piso y se encharca…

Busca un tarro de desinfectante para pisos, ensopa la esponjita y comienza a limpiarla... por fuera, por dentro...

Rubiecita... linda chica...

Deliración 160: La razón de Cantinflas 07

Entonces aparece la chiquita esa, muerta...

Once años, rubiecita... linda chica...

Los padres exigen justicia...

Marchan... lloran... gritan...

Noticieros locales... regionales... nacionales...

La Tarquesina se hace famosa...

El comisario habla...

Los padres exigen justicia...

La gente exige justicia...

Los medios exigen justicia...

Y el comisario promete justicia...

Deliración 159: La razón de Cantinflas 06

Fiestas patronales: baile, reina y Los Palmeras.

Cantinflas está contento.

Las pastas, el asado y el locro.

Gaseosas de vidrio, cerveza y vino en caja.

La noche, la penumbra y las parejas que se escapan del baile.

Hombres que buscan a sus mujeres. Mujeres que buscan a sus hombres.

Los gritos, las peleas y los petardos.

Los borrachos, el barro y los vómitos.

La mugre... el resto.

Cantinflas colabora: se queda a limpiar, ayuda. Nadie le agradece, nunca. Se descubre solo, barriendo la plaza del pueblo: globos, papel picado y forros.

Deliración 158: La razón de Cantinflas 05

Mediodía, todos los días: el boliche de los Zubriggen con el comisario y la fauna local. Gringos, transpiración, milanesas, pucheros, costeletas, vinos, aperitivos y cervezas; pocas ensaladas y mucho puré. Tablones sobre caballetes sobre tablas de madera sobre la tierra. Risas, historias, anécdotas, aventuras, minas, jodas, fiestas, chismes y secretos. Con quién, a qué edad, de qué edad, de qué manera y cuántos eran. Risas, cuernos y unas pocas peleas.

Comparten mujeres que comparten sus hombres.

Cantinflas escucha. No tiene historias que contar. Se ríe y acompaña.

“Sólo las feas se salvan”, dicen, y Cantinflas escucha...

Deliración 157: La razón de Cantinflas 04

No hay mucho para hacer en La Tarquesina, sólo tipear el parte diario, escuchar la radio y esperar.

El comisario aparece cada tanto. Trae facturas y algunos chismes. Quién con quién, cuál con cuál, cómo, dónde y cuándo. Chismes, mentiras y secretos. Cuando se acaban las facturas y los mates el comisario se va.

El parte diario y esperar; dejar que pase el día, todos los días, su vida.

La radio: Los Palmeras y la posibilidad de que se presenten en las fiestas patronales.

Solos en la comisaría, Cantinflas, un cuadro de San Martín y una foto de Perón.

Deliración 156: La razón de Cantinflas 03

Casado con atorranta, una de muchas, otra de tantas, sumiso, maltratado y resignado: cornudo, por sobre todas las cosas. Padre de nena: ocho años, preciosa, adorable y adorada. Cariño no correspondido, sin embargo. Tímido y torpe, poco demostrativo; teme abrazarla y lastimarla. Tan chiquita, tan frágil, tan preciosa.

La adora. Ella, por su parte, sólo siente vergüenza.

Deliración 155: La razón de Cantinflas 02

Tipo buenazo este Cantinflas, pero algo lento; siempre resfriado, siempre tragando mocos, siempre con sus sniff, sniff y demás onomatopeyas sinusitosas y flemáticas; lungo, flaco, muy flaco; tonto y descuidado; mirada perdida y melancólica; sonrisa acareada, gingivítica y sincera, pero triste, muy triste; tonadita agringada; hablar lento y entrecortado por sus sniff, sniff, su timidez y su sumisión ante todos; callado, por mera costumbre; nadie le presta atención ni lo tiene en cuenta; resignado y conforme; inocente y sencillo.

Un imbécil...

Deliración 154: La razón de Cantinflas 01

La enumeración comienza con llanura y sigue con campo, soja, girasol, vacas pastando, hectáreas acordonadas por alambres de púas oxidados y paraísos descuidados, caminos de tierra, maleza en las zanjas, cuices vagabundos y termina con un cartel que dice La Tarquesina.

Un dodge azul cachado, corroído y cubierto por tierra y mugre avanza por la calle principal sacudiendo al ayudante del comisario cada vez que cae en las huellas secas que dejó el camión de la leche o algún que otro tractor.

Su nombre es Mario Moreno: Cantinflas...

Deliracion 153: Con ganas de decírselo a la bandeja de entrada...

Cuando ya me había convencido de mi olvido y tu desdén, escribiste, no mucho, unas líneas apenas, dando señales de vida tan sólo; y entonces todo, mi todo, se derrumbó de nuevo: mi costumbre, mi rutina y mi familia; mi esposa, mis hijos y los perros, ese todo que es nada, esa mentira que construí a la sombra de mi ilusión a tu lado, juntos; esta realidad tan lejana y tan poco parecida a la que soñé sin que siquiera los sospecharas; mediocre, infeliz y consuetudinario, enamorado de una fantasía, de mis ideas, imaginándonos, reinventándote, cobarde y consciente de que esta otra mentira, mi mentira fundamental, es la que me mantiene con vida.

Deliración 152: Ya no tengo tiempo para esto...

Revélate relevante e integra el sistema. Aceita y conforma el engranaje; actúa, sométete y fundamentalízate remache. Sólo entonces rebélate imprescindible y manda todo a la mierda.

Deliración 151: Ella, ésa que estaba justo ahí.-

Estaba en la cola, molesto de tanta espera y de tantas colas en tantas clínicas, harto de tanta humedad, azulejos blancos y aberturas oxidadas, con el paquete de medicamentos en la mano y la motito de la droguería en la vereda, esperando que la secretaria se dignara a atenderlo, cuando apareció ella, sin guardapolvos ni estetoscopios ni anteojos, mas con su aura a doctora principiante y precavida, atenta a las miradas de la caterva de médicos en celo, despidiendo a uno de sus pacientes con un beso en la mejilla, hermosa y sencilla, y él, cadete y avergonzado de pronto e interrumpido por la secretaria que nuevamente le preguntaba en que podía ayudarlo con ese tonito particular de las secretarias conventilleras y amantes de turno, a quien sin embargo le sonrió y no perdió oportunidad y disimuló su encargo y dijo: sí, qué tal? que tenía un turno con la doctora; y la señaló mientras ella se metía en su consultorio; con la doctora Paredes? preguntó la secretaria; sí, respondió él; su nombre? preguntó desinteresada; Paredes, dijo él; ah, como la doctora, comentó ella; sí, mintió él y ella, la secretaria, comenzó a buscar su nombre en la lista de turnos del día; y usted tenía turno para hoy? preguntó, porque no me aparece su nombre en el listado; no, no, dijo él, yo venía a sacar turno; ah, dijo ella, y concertaron cita para el martes siguiente.

Deliración 150: Pajero viejo.-

Había aire en las cañerías y el semen se diluía salpicado por ese agua coagulada por el sarro que estallaba espasmódicamente contra la bacha de porcelana. La vergüenza y la humillación conformaban su método cotidiano de flagelación, y después la nada y el vacío y el cuerpo sobre la cama frente al televisor y esa voluntad avocada a una nostalgia de memorias fatuas y todas esas alternativas que su cobardía se negó a elegir y todos esos otros presentes que imaginaba junto a todas esas otras ellas que nunca conquistó y ni siquiera invitó a salir y ese llanto ahogado por ese carácter impuesto y acatado y esa tristeza fingida y esa nueva excusa de la cual debía convencerse para convencerlos a todos y así seguir así, en la cama, junto a ella, y ya sin libido alguno.

Deliración 149: Un zumbido para el resto de su vida.-

Era otra idea mediocre sobre otra estúpida historia de amor que terminaba en desgracia y en una discusión y en una pelea y con una patada en la cabeza por parte de ella y una hipoacusia bilateral por parte de él y en un ir y venir por un mundo mudo y muy poco cinematográfico y en un existir insonoro e insípido cuya vocación nostálgica se reducía a tratar de reproducir en su memoria las ches, las erres y las tes criollas de palabras tales como tarro, encastre y chorizo y ese zumbido agudo que anulaba memoria alguna, un zumbido atroz, alienante, aturdiente, vigiliante y ayunante; un zumbido para el resto de su vida.

Deliración 148: Me digo de mí.-

Poco puede decirse de un tipo que deja tanto que desear, salvo que nació en Rosario, fue criado en Rafaela y luego, cuando ya tuvo edad de merecer (por puro mérito cronológico nomás), comenzó un derrotero por distintas ciudades del país en las que llevó a cabo atentados académicos que jamás concretó; y fue conserje y fue traductor y fue intérprete y fue escritor y fue realizador y fue tanto y fue tan poco, hasta que un día se encontró frente a un monitor, teclado en mano, escribiendo de sí mismo en tercera persona y no pudo evitar alienarse en esa bipolaridad que le resultaba tan ajena. Hoy por hoy, está enamorado, tiene un perro y mantiene un régimen estricto de pochoclos y aceitunas.

Deliración 147: A pùnto de decir basta.-

Humillado por costumbre, a punto de decir basta y con el dedo acariciando la concavidad del gatillo, con la mirada perdida en un destino en el que orgulloso y dueño de sí mismo pegaba el grito en el cielo, ponía los puntos sobre las íes, renunciaba y abandonaba a su esposa y a sus compañeros y a sus amigos y emprendía un viaje victorioso hasta la esquina donde se prendía un pucho y le guiñaba el ojo a una morocha fea y oportuna y se iba con ella y con ella se quedaba toda la tarde y la noche y la mañana del día siguiente y despertaba contento y satisfecho y entonces estornudó y la saliva y el moco se mezclaron con la sangre y los sesos y algunos huesos que empaparon esa ilusión que se desvanecía en una neblina de pólvora y pedos de perro.

Deliración 146: Por calle Chubut, frente al Cassaffousth.-

Flaca, alta y negrita, una perra pistola y muy pituca empollaba sus cachorros en un nido de hojas amarillas que el otoño y la señora de la esquina habían amontonado cerca de la vereda. Su macho y padre de algunos de sus vástagos la observaba enamorado desde lejos, sin poder acercarse pues que lo tenía prohibido, mas protegiendo sus intereses, los de ella, los de ellos y los suyos; salvaguardando sus vidas con la ferocidad de todo petizo camorrero, correteando a todo cuadrúpedo que se les acercara sin importar la bondad que demostrara. Cada tanto, niños y ancianos de la raza de los bípedos acariciaban a su amada y abducían alguno que otro de sus retoños. De a poquito, primero los machitos y luego las hembritas, fueron desapareciendo y sólo quedaron ellos, solos, tristes y distanciados, cumpliendo simplemente con su destino y juntando fuerzas para seguir caninamente con lo poco o lo mucho que les quedaba de vida.

Deliración 145: Turno.-

El tipo llegó unos cinco minutos antes del turno que le habían dado y se quedó esperando, zapateando despacito y jugando con sus pulgares durante quince minutos hasta que se abrió la puerta del consultorio y salió una gorda que lo miró como con vergüenza de ser descubierta. La rubia flaca que quedó bajo el umbral le dijo que pasara y que tomara asiento. Cuando se sentaron, ella sacó un cuadernito con espiral y le preguntó los datos y porqué motivo había decidido comenzar terapia. El tipo comenzó a contar su historia que, en definitiva, giraba en torno al abandono del que había sido víctima por parte de su novia, o, mejor dicho, ex novia, como él mismo se corrigió. A la Licenciada Perrone le llevó unos veinte minutos atar los cabos de la historia y relacionarla, la historia me refiero, con la de una de sus pacientes a quien había convencido de abandonar a su novio por ser notablemente agresivo. Convengamos que el tipo había sido bastante obvio, de hecho, esa era su intención, por lo que cuando se dio cuenta de que se había dado cuenta, simplemente optó por cerrar la boca, mirarla fijo a los ojos y esbozar una sonrisa. La Licenciada Perrone se levantó y, ante la posibilidad de algún ataque de histeria e intento de fuga, el tipo la camiseteó del cuello y la arrastró por encima del escritorio. Le cubrió la boca, le arrancó la ropa y la violó y la golpeó durante diez minutos. Le hubiera gustado hacerla sufrir un poco más pero temía que gritase, por lo que se decidió a matarla ipso facto. Quebró sus miembros, y la dobló de manera tal que cupiese en la gavetita que la Licenciada tenía debajo del escritorio. Empujó un poquito las puertitas y cerró con llave para que el cuerpo quedase dentro. Se acomodó la ropa, respiró hondo y salió al pasillo. Una vieja con anteojos gruesos estaba sentada en el mismo lugar donde el tipo había estado sentado unos cuantos minutos antes. El tipo salió y la miró como con vergüenza de ser descubierto. La vieja lo siguió con la vista mientras bajaba por la escalerita y luego se volvió hacia la puerta del consultorio. La rubia flaca que quedó bajo el umbral le dijo que pasara y que tomara asiento.

Deliración 144: Pobre tipo.-

En una de esas casualidades casi cinematográficas, un tal Juan Carlos pateó un cascote en la esquina de Brandzen y Castro Barros. El cascote esquivó varios autos, pero terminó debajo de la rueda de una Ford Ranger gris que lo pisó de refilón y lo disparó contra el ojo de un tal Juan José que venía caminando por la vereda de enfrente. El cascotazo le hundió el pómulo y la órbita y le destrozó el globo ocular que se salpicó sobre unas Cosmopolitan y unas Para Ti que estaban en el estante del medio del quiosquito de revistas sobre el que se derrumbó gritando como un loco sujetándose el rostro con sus manos. Cinco minutos después salieron un par de policías de la seccional que queda al lado del estacionamiento y, tras abrirse paso entre la muchedumbre de curiosos, cargaron a Juan José en brazos y se lo llevaron a la guardia de la ex Casa Cuna. Juan Carlos, por su parte, se quedó mirando cómo se lo llevaban. Se volvió y a su lado descubrió a una morocha de remera blanca y pantalón de jean. “Pobre tipo”, le dijo Juan Carlos y la morocha asintió nomás.

Deliración 143: Vocación.-

Recientemente descubrí que la hobietización de mi vocación se debe a una suerte de vergüenza existencial producto de una diferencia radical de intereses con aquellos de quienes requiero aprobación. De ahí quizá esta culpa y esa predisposición innata a ofrecerme voluntario a ofrendarme a los demás sin exigir nada de nadie a cambio. De ahí talvez este huir de mí mismo constante e insoportable.

Deliración 142: Marketing de una muerte anunciada.-

Desesperado y sin un mango, sponsoreó su suicidio para darle la posibilidad, no de un futuro, sino más bien de un breve presente a su familia, mas terminaron cagándolo como estaba acostumbrado. Nunca se enteró y murió contento contra el pavimento de calle Ayacucho con su remera blanca sponseoreada empapada de sí mismo.

Deliración 141: Pasaron dos meses.-

Volví a verlo, esta vez sin tantos tubos y fuera de la pecera, en su sillita, pelirrrojo, todavía durmiendo, respirando por sí mismo, con la nena asomada sobre la mesa, y me acerqué a besarlo, tan serio que estaba, con su ceño fruncido, lo acaricié y le hice cosquillas, y sonrió, y despertó y me miró, y me perdí en esos azules tan ausentes e inmensos. Lo alcé y lo descubrí livianito. A la noche volvieron a internarlo y yo me tuve que ir.
Al parecer será rutina.

Deliración 140: Yo también tengo un FLOG.-



Por ese entonces todavía no sabíamos si habían sido los malditos yankis o esos sucios amarillos los que tenían prisionero a nuestro compañero, la cosa es que sin dudarlo un segundo nos infiltramos en las filas de unos y otros para recavar información y, justo nomás cuando estabamos paseando de incógnitos malgastando nuestros viáticos por la peatonal de Wam Kum Pin, un maldito fotógrafo nos robó el alma en plena selva retratándonos como dos salames y poniendo en riesgo el opertivo "Larva Perdida". Tuvimos que matarlo, por supuesto, pero bueno, hoy que ya pasaron tantos años, inauguro mi Fotolog con ese recuerdo de Vietnam.

Besos para todos.


Los quiero...


Gracias X pasar =P

Chancho Pecoso

Deliración 139: Comentarios del sobreviviente.-

La vieja estaba enroscada sobre sí misma como un racimo de grietas; estaba esperando un taxi y decidí seguirla hasta el 56 de calle Ipanema, trepé hasta la ventana que daba a su departamento y me escondí en un armario lleno de escobas y tarritos de mermelada vacíos o llenos de botones y tornillos y trapos (el armario, no los tarritos) y un plumero y pilas de diarios viejos y revistas Burda y una ventanita chiquitita que daba a la ventanita del armario del departamento de enfrente por la que un tipo flaquito trataba de escaparse de una gorda que lo tironeaba de las patas y recién cuando se hizo de noche salí y me hice algo de comer mientras la viejita dormía sentada frente al televisor en un sillón de terciopelo mugriento y fue entonces cuando descubrí que no era el único, que había otros en los armarios y debajo de las camas y detrás de los muebles más grandes, y si bien al principio todos contribuimos al alzehimer y a la paranoia de la vieja, poco a poco comenzamos a pelearnos no sólo por el espacio y el alimento, sino también por las pastillas y los favores sexuales que nos brindaba la vieja dopada, y era cosa de perseguirnos por las habitaciones y emboscarnos en las alacenas y acuchillarnos y destazarnos y desangrarnos y trozarnos hasta que al final sólo quedé yo solo con la vieja nomás que ya estaba por morirse, pero de vieja nomás, así que aproveché una noche en que la enfermera dormía a pata suelta, antes de que los hijos y los nietos de la vieja le saquearan la casa, y me llevé todo aquello que podía llevarme y vender, picaportes, portarretratos, unos collares y unos aritos, algo de plata, un prendedor, un doblón y una caja de caramelos ácidos, y así volví a casa después de dos años con algo de plata y mi familia, que no me esperaba, me recibió como si nada.

Deliración 138: La nena se llamaba Inés.-

La amó tanto que llamó a su hija con su nombre, a pesar de que su marido prefiriera algo más parecido a Raquel o Mónica, sin siquiera sospechar algo al respecto, pero es que su esposa estaba tan emocionada con esa nena que cómo no iba a darle con el gusto.


Deliración 137: ¿Qué será?

No, no es miedo; es odio, rencor, desprecio por tanta humillación, abandono y menosprecio; y es capricho y es amor y es cariño y es ternura y es desprecio y es rencor y es odio, tanto odio y tanto amor, y es mi odio y es mi amor y es mi último recurso y sí, es miedo; miedo a ser olvidado o, tal vez, a perderlo definitivamente.


Deliración 136: ¿Y para qué ponerle título si es malísimo?

Por más que pasaran los años y sus fatos se transformaran en novias y sus novias en esposas y sus matrimonios devinieran en divorcios, separaciones o viudeces, y los chicos nacieran, crecieran, hincharan las pelotas, demandaran cuotas alimenticias o lo putearan por teléfono, cada tanto seguía tropezando, un poquito sin querer otro poco a propósito, con una de esas cartas o alguna que otra de esas fotos que tenía desparramadas y escondidas entre libros, revistas y papeles, dentro de cajas y cajones, debajo de almohadones, detrás de sillones y estanterías y también sobre la cama, y se seguía martirizando con el recuerdo de aquella que tanto le prometió y que, sin embargo, una nochecita, en una plaza que ahora era un edificio de siete pisos, cuando tenían sólo trece años, lo dejó abandonado y a su suerte, huérfano de un sueño, de sus curvas, de sus labios, y de su sonrisa.


Deliración 135: Flotando.-

Vio a cientos, talvez miles, todos deformes, tuertos, tullidos, mancos y atrofiados, flotando, a la deriva, en su sangre estancada y emparentada, cada cual hermano, padre, hijo, tío y primo de sí mismo, guadañándose desesperadamente los unos a los otros con sus espadas, cuchillos, lanzas, dagas, hachas, dientes y garras, poniendo fin a sus días, desmembrados y en paz; vio una masacre misericordiosa y voluntaria flotando entre los fideítos y no pudo más que apartar su plato de sopa y pedir otra de esas galletas marineras, por favor.

Deliración 134: Casi un cafrunístico.-

— Otra de sus grandes ideas. Realmente no sé cómo hace para convencerme.
— Yo no lo convenzo de nada. Usted es el que se empecina en seguirme donde sea que yo vaya. Aparte, ¿de qué se queja? ¿Por qué no disfruta un poco del paisaje?
— ¿Pero de qué paisaje me está hablando? Estamos perdidos en medio de la nada. Hace cinco horas que estamos esperando y no pasa nadie. De todas las rutas del país usted vino a elegir la menos transitada.
— La menos transitada no, yo diría más bien la más intransitada. Fíjese, ni un alma en kilómetros, sólo nosotros dos. La ruta está casi nueva, mire. Casi ni la usaron desde que la pavimentaron, y se ve que la pavimentaron hace mucho.
— No debe llevar a ningún lugar interesante.
— Sin embargo alguien pensó que valía la pena. Debo confesarle que me encantan las rutas. Ejercen sobre mí una fascinación única. Sobre todo si no sé hacia dónde me conducen.
— No me va a decir que usted cree en el destino, ¿o sí?
— Hay conceptos que no pueden ser concebidos como creíbles o no. A lo sumo pueden resultar atractivos, románticos, incluso placenteros como todo lo improbable. El destino, las coincidencias… nosotros dos, solos, lejos de todo ser vivo y esta cajita de forros extra lubricados.
— Ya mismo inflo la colchoneta.

Deliración 133: Arrepentido.-

Si de algo me arrepiento, es de haber crecido con vergüenza y culpa soñando con esas realidades distorsionadas apenas por una necesidad de orgullo y heroísmo; mas he vivido a la sombra de próceres y chismes durante tanto tiempo que salir a la luz por mis propios medios me resulta un tanto imposible, talvez por ese temor a insolarme, talvez por esa sospecha, que más que sospecha es certidumbre, de no ser quien yo pienso.

Deliración 132: No sin nostalgia.-

Siempre que cago después de bañarme, la claustrofobia se mezcla con el vapor y el bando, y, no sé por qué, me acuerdo de Rosario.