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Mostrando las entradas de abril, 2006

Deliración 70: Ismael.-

Con un consistencia ligeramente antropomórfica se presentó a sí mismo con confianza, alzando la mano, esa mano mantecosa que apreté con fuerzas y que no pude derretir. Dijo llamarse Ismael, como si eso importara, y avanzó con ese caminar tan particular y tan típico de él. Llegó hasta el sofá, se sentó y cruzó las piernas. Me descubrí entonces soluble, intangible, entre líquido y gaseoso. Aceitoso. Resbalé entre mis ropas y encharqué el piso. Traté de arrastrarme, pero sólo alcancé a chapotear en mí mismo, salpicándome por todas partes. Evaporándome. Sentí cómo me aspiraban y me lamían del piso y me chupaban de la alfombra. Sus fosas, sus dientes, su lengua y su epiglotis. Hizo gárgara y me escupió en la piletita del baño. Después, simplemete, abrió la canilla y dejó correr el agua. Supongo que entonces se habrá mirado al espejo y sonreído. ¿Quién sabe?

Matsuo

Deliración 69: Un renglón.-

Cuando chico, cuando muy, muy chico, alzó la vista al cielo y descubrió un avión a chorro trazando un renglón en el cielo. Se quedó un rato esperando que alguien escribiese algo, pero nadie amagó siquiera a sacar un lápiz. Y él, que apenas si garabateaba unos roñosos mi mamá me mima y ya leía unos exitantes pim, pam, pum, las palas al piso; se quedó con las ganas.

Matsuo

Deliración 68: Boludez.-

Cuando lo pensé, me pareció gracioso. Cuando lo dije, me resultó estúpido. Cuando lo expliqué, me noté agresivo. Cuando me excusé, me descubrí patético. Cuando me echaron, me tomé una Coca.

Matsuo

Deliración 67: Problema.-

Había dos descargando el camión y otros dos sentados en la vereda. Ninguno hablaba. Cada uno estaba compenetrado con lo que hacía, llevando a cabo su tarea con sumo cuidado. Si uno se llamaba Fernando, cuál de los cuatro se estaba rascando los huevos?

Matsuo

Deliración 65: Cansado.-

Estoy cansado de fingir, pero no me queda otra alternativa se dijo a sí mismo el morocho grandote de anteojos avergonzado de andar siempre escondiendo su traje azul con esa ese gigante en el pecho. Se llamaba Luís Alberto y tenia 48 años.

Matsuo

Deliración 64: A vos...

Te estaba esperando, esperando que llegués y te sentés ahí o donde te sientas más cómodo, no me importa, sólo me importa que estés, quería verte, verte otra vez, una vez más, una última vez, verte y no ver nada más y que me veas, veas lo que soy, que sepás lo que fui, que seas conciente de lo que hiciste, en lo que me convertiste, vacuo, aparente, simulado, con perro y sin zapatillas… lo que quiero es que me quieras o que por lo menos te duela.

Matsuo

Deliración 63: Una imagen que tengo.-

Sé que estábamos peleando, revolcados sobre la tierra y los cascotes, mugrientos y lastimados, con cortes y raspones, cubiertos de polvo de ladrillo, arena y sangre, y transpiración en los ojos y su mano en mi garganta y yo tratando de zafarme y atajarle los puñetazos, pero nunca supe como fue que de repente apareció un cuchillo en mi mano derecha, o talvez era un pedazo de vidrio o de chapa con mucho filo, entonces lo agarré de los pelos con mi mano izquierda y sentí los puñetazos y como mi nuca rebotaba contra el piso y los cascotes, y alcance a ver como el cuchillo o el vidrio o la chapa atravesó su cuello y como se llevó las manos a mi mano y yo seguí tironeando y desgarrando hasta abrirle la garganta y así saqué el cuchillo o lo que sea y me bañó en sangre y empezó a gritar con esos gritos guturales, roncos y gargáricos y me lo saqué de encima con una patada y me alejé arrastrándome y él se quedo revolcándose, solo, entre la mugre, los yuyos y los cascotes.

Matsuo

Deliración 62: Los juguetes.-

Sus manos eran ya demasiado grandes, la pieza demasiado chica y por más que quisiese ya no podía jugar más. Los juguetes ya no tenían vida, sólo eran pedazos de plástico antropomórficos o cuadrados o en comba, partecitas de un algo que quién sabe qué fue, animalitos muy duros y muy grandes, soldaditos demasiado blandos y pequeños, motitos, autos y camiones y un avión blanco de plomo, chiquito y pesado de Brigada A, pero no recordaba ningún avión en Brigada A, salvo cuando lo dopaban con leche a Mario Baracus; como tampoco se acordaba de dónde habría quedado la camionetita negra, esa que doblaba antes de llegar a los bordes. Se había olvidado y ya no podía imaginárselo siquiera.

Matsuo

Deliración 61: Comprobación de una hipótesis.-

Que trata del pobre tipo que en medio de una película le preguntaron por qué pasaba lo que pasaba y que en vez de responder con una trompada, interrumpió su catarsis, despertó de su trance, analizó rapidamente la situación y emitió una conclusión temprana e inevitablemente errónea y estúpida como quedó demostrado pocos segundos después por la propia película lo que determinó que al tipo no sólo le rompieran los huevos, sino que también se sintiese un pelotudo.

Matsuo

Deliración 60: No, muy malo. Ni lo leas.-

Hola, qué tal? Cómo les va? Mi nombre es Juan Carlos Roviralta y voy a ser su highjaker personal durante el resto del viaje. El tour comienza con la toma del avión y un tiroteo en el aeropuerto que ya pueden disfrutar todos aquellos que se encuentren en la parte izquierda del avión. Para aquellos que se encuentran en la parte derecha les tenemos una sorpresa para más adelante. Seguidamente los tomaremos de rehenes y mataremos a tres o cuatro de ustedes, no sé quién quere ofrecerse como voluntario? La señora... El señor? El señor también, muy bien fuerte ese aplauso para el señor... fuerte el aplauso dije, carajo... muy bien, basta. Alguien más? No, bueno, no importa, después elegiremos al azar o por cara... Bueno, les decía, una vez que hayamos volado los aviones de la derecha... ups, que gil, ya les arruine la sorpresa, pero bueno, no importa, así generamos suspenso... les decía, después de volar los aviones de la derecha despegaremos apresuradamente por la pista llena de obstáculos y restos incandescentes, para sobrevolar medio continente hasta Cuba, si es que nos alcanza la nafta. En Cuba volaremos un par de hospitales y ustedes repartirán folletos anti castristas... se les remitirá a carceles especiales para prisioneros políticos donde sufrirán torturas que jamás imaginaron y alguno que otro será fusilado. Después nos encargaremos de sacarlos clandestinamente del país en unos gomones hasta Miami. Allí trabajaran en talleres de zapatillas y serán sometidos a humillaciones diarias. Más tarde serán deportados a México y de ahí los esperará un barco que los llevará Vietnam para trabajar en los campos de arroz, donde probablemente se les pudrirán los genitales... los hevos señora... Entonces escaparán del régimen en unas balsitas de mimbre en las que serán presa fáciles de los tiburones. Los recibirá una carguero japonés que los cobijará en sus bóbedas durante dos meses sin ver la luz del sol, hacinados y conviviendo con sus propios desechos, grasa de ballena podrida, disenteria, fiebre amarilla y colera. Llegaremos así al brasil donde trabajarán en Minas Gerais y luego deberán cargar droga a Bolivia, país que cruzarán caminando, y luego cruzarán a Salta, donde deberán devolver la droga. Trabajaran en los ingenios de Tucumán donde más de uno quedará mutilado a machetazos. Las mujeres serán llevadas a distintas provicias a trabajar como prostitutas y serán violadas en masa por caudillos y políticos locales. Los hombres irán a parar a misiones donde trabajarán en las yerbateras y sufrirán mutaciones gracias a los agroquímicos. Después volveran a Buenos Aires donde mendigarán y serán tratados con indiferencia a menos que sean objeto de un robo, donde los criminales repararán en ustedes al momento de pegarles un tiro en la nuca con un arma de fabricación militar... y bueno, espero que la pasen bien y cualquier pregunta no duden de preguntarme a mi o a aquel turco con metralleta. Ahora sí, las explosiones del lado derecho... disfruten del espectáculo.

Matsuo

Deliración 58: Tesis.-

_ Si no estuviese tan ocupado, no haría nada..._ dijo mirando hacia la ventana por mirar algo, pero sin mirar nada en realidad. Tenía el mate en la mano, estacionado hacía 10 minutos a mitad camino entre la mesa y su boca, enfriándose y lavándose... desperdiciándose.
El otro dejó de serruchar el salamín con su tramontina con mango de madera y alzó la vista. Lo miró, le siguió el caminito de su mirada y perdió también la suya en la misma ventana. No dijo nada. Sólo asentía.

Matsuo

Deliración 57: Fernando.-

Fernando no era muy petiso, pero sí gordito y morocho, de pelo largo, con ese aspecto folklórico fashion bastante pulcro; de un caminar recto, erguido y siempre sacando pecho y culo. Todas las noches se pedía algo a la pizzería de la esquina por el sólo hecho de ver al pibe que le traía el pedido, rolinga mugriento de San Francisco, desganado y roñoso. También le gustaba el pelado grandote de la torre uno, ese que tenía un perro pavote y hocicudo. Sin embargo, Fernando era hombre de un solo hombre, René, quien, por su parte, era hombre de muchos hombres y mujeres, un viajante errabundo, dandy dicharachero, que recorría todo el país repartiendo drogas, medicamentos, anotadores, calendarios y lapiceras estrafalarias a médicos aburridos. Hacía casi un mes que no se veían, y como René llegaba el sábado, el lunes Fernando empezó un régimen de calditos, ensaladas y comidas livianas, cosa de cagar más bien líquido y andar estrechando el diámetro del esfínter. Según Fernando, nada mejor para un reencuentro que un culito mimosón bien ceñido.

Matsuo

Deliración 56: Cualquier cosa.-

Vamos, vamos, ritmo, quiero ritmo, dijo y comencé a escribir sin saber muy bien qué escribir así que comencé a contar la historia de una minita que conocí una tarde, más bien una noche, porque ya era de noche cuando la conocí aunque no era tan tarde, una minita que me miraba y que yo salude por saludar nomás, como a alguien que uno no reconoce pero que lo saluda porque te miran de esa manera que no sabes qué hacer más que saludarlo, y ahí nomás se me vino al humo y me di cuenta de que le faltaban un par de jugadores y me comenzó a acosar y a seguir y yo empecé a correr y a doblar por las esquinas pero no la perdía y ella me tiraba manotazos hasta que me agarró de la remera, me camiseteó, bah, y ahí nomás me arrancó la ropa y se arrancó su ropa y se subió encima mió y ahí nomás me volvió a gritar ritmo, que quería más ritmo, y seguí escribiendo pero esta vez sin comas y describí como se frotaba encima mió y me chupaba y me lamía y yo que gritaba y que cuando quise escapar me clavó las uñas en la espalda y yo grité y a ella le causó gracia y comenzó a arañarme y a desgarrarme y a arrancarme la piel y agarró un puñado de arena y la frotó sobre mi carne y se orinó encima y quiso quitarme los ojos y con el filo de una baldosa me quiso arrancar el cuero cabelludo y con cada golpe de baldosa en la frente yo golpeaba la nuca contra el cordón y traté de voltearla y no podía porque yo era muy chiquito y con la baldosa me rompió casi todos los dientes que por suerte eran todavía de leche y ritmo más ritmo me exigió deformado así que dejé de escribir y me puse a bailar y me aplaudió y yo nunca terminé de contar la historia de la minita que conocí una tarde, más bien una noche porque ya era tarde pero no tanto.

Matsuo

Deliración 55: Resolución de un tipo con metralleta.-

Estoy podrido de despertarme siempre el mismo, siempre humano, siempre ajeno. No me basta con ser reconocido, necesito ser nombrado. Estar en boca de todos, baboseado, salivado y escupido. Devorado y compartido, regurgitado y vomitado. Que me señalen por las calles, que me alcen en hombros, que me suban a una comparsa y me sigan y me griten y me insulten y me tumben y me pateen. Desangrado y odiado, no me importa. Sólo soy si me dicen, y a eso aspiro.

Matsuo

Deliración 53: El espejo del baño.-

Se echó Pervinox en la herida y le pegó un puñetazo a la pared. Ardía. La herida, la pared no. La pared era fría, de azulejos desparejos y celestes, unos más claros que otros, bordeados por caminitos de hongos negros y marrones. Una mugre. Bajó la vista. A sus pies los pedazos de espejo lo reflejaban incompleto. No eran sino trozos de sí mismo desparramados por el piso. Se descubrió miles y se pusieron a charlar.

Matsuo

Deliración 52: Cosa rara.-

Fue testigo de la chanchada, acechando agazapado debajo de la silla, en ese despelote de ropa y papeles. Después los cuerpos se relajaron, se secaron y se taparon con las colchas, cansados y satisfechos, abrazados a las almohadas. Esperó. Esperó hasta oír esa respiración rítmica y contundente, resfriada y boquiabierta. Salió de su escondite y saltó sobre la cama. Celoso, se acostó entre ellos. La empujó a ella y lo lamió a él. El respondió con un manotazo que lo tumbó de la cama. Cayó, picó y volvió a subirse sobre la cama. Se acurrucó entre los pies. Él volvió a quejarse y ella murmuró algo, un nombre, el mismo nombre con el que él estaba soñando y no decía nada, nunca. De eso, hace ya tres años.

Matsuo

Cafrunístico 5: Olfato.-

_ Pronostico un futuro desalentador para todos aquellos filmes que traten sobre pasados épicos y grandes batallas. Mire. Hombres y mujeres, semidioses de turno semidesnudos y semisímiles, deambulan por las pantallas gestando escenas que se suponen sugerentes y provocativas, y que en realidad no promueven erotismo alguno sino histeria y narcisismo. ¿Y qué tiene de épico transformarse en flores o en gatas floras? No me mire con esa cara, usted sabe que tengo razón. Además con esto de pronosticar no me voy del tema que nos compete. Eso no me lo puede negar. El olfato es el sentido de la anticipación. Con un “esto me huele mal” uno se proyecta hacia el futuro, se anticipa a lo que va a pasar suponiendo que lo que puede llegar a pasar sea una macana, un papelón o una desgracia. Y es que la inminencia del despelote posee una fragancia particular, como así también la posee el embole. Y acá hay una baranda a embole terrible. ¿Qué quiere que le diga, Malvisto?
_ Nada, Cafrune, no quiero que me diga nada. Quiero que una vez, una sola aunque sea, guarde silencio en el cine.
_ Mi silencio lo guardo para después de muerto, Malvisto, endemientras hablo. Y además ¿para qué quiere que calle, si ahora hay un perro jugando al básquet?
_ Son los próximos estrenos, Cafrune, no es la película que vinimos a ver.
_ No me importa, ya estoy aburrido. Ahora, ese pichicho me acaba de dar una idea genial. Preste atención: “La imposibilidad de estimular olfativamente al espectador se ve evidenciada por la ausencia de perros en las salas de cine”. Afortunadamente, ¿no? De lo contrario tendríamos todas las butacas completamente meadas por generaciones caninas que buscaron marcar su territorio rociando uno ajeno. Nunca voy a entender esa actitud imperialista de los animales.
_ No, listo. Nos vamos. Ya empezó a decir pavadas. No puede con su genio, ¿verdad?
_ Sepa mi buen amigo que quien cataloga un mensaje como genialidad o gansada es el receptor y no el emisor. Si todo dependiese de los emisores viviríamos en un mundo de autoproclamados eruditos. ¿Quién se reconocería opa? La evolución de la raza humana no ha hecho otra cosa que parir este gran y único imbécil subdividido en millones de infelices con alardes de superioridad. Inconformistas en pantuflas, lo único que saben hacer es criticar, pero correr riesgos nunca. Anímese a decir una estupidez. ¿Qué importa? Si el que tiene al lado seguro que se acaba de acostar con su cuñada. No hay papelón ontológico mayor que quedarse con las ganas de decir algo. Como le dije antes, el silencio es para los muertos. Ahora, si me dan a elegir, yo, muerto, me hago polstergeist.
_ Ya logro lo que quería, Cafrune. Ya salimos del cine. Así que córtela.
_ Ahora Malvisto, no lo entiendo. ¿Para qué carajo me buscó para estas charlas si no le interesa lo que digo?
_ Es que a mi solo no se me ocurre qué decir. No tengo ideas, ¿sabe? Usted por lo menos dice estupideces, yo ni eso. ¿Sabe lo difícil que es querer decir cosas sin tener qué decir? ¿Lo duro que es? La frustración es terrible. Es el peor de los males. Me siento un inútil.
_ Y delire entonces...
_ Es que no puedo. No me sale. Tampoco quiero. ¿No me entiende? Quiero decir cosas interesantes. Cosas que valgan la pena ser expresadas.
_ Malvisto, todo mensaje emitido por una persona es interesante por el solo hecho de ser emitido por una persona. Por más trivial que sea, todo mensaje responde a un punto de vista particular, a una filosofía particular, a una estilo de vida particular. Todo enunciado es la tesis de un pensamiento. Hasta la pelotudez más grande merece ser expresado, de lo contrario ¿cómo sabríamos que es una pelotudez?
_ Es que... no sé... por ejemplo el tema de hoy: “olfato”. No se me ocurre nada que decir.
_ Ah, pero no se preocupe. Si hasta yo estoy en Babia con ese tema. ¿Qué se puede decir sobre la relación cine-olfato? Nada, creo yo, si en los cines de ahora, en virtud de la asepsia, fueron erradicados todos los benditos olores que nos hacían humanos; imponiendo, en cambio, el artificial aroma de un desodorante de ambientes que no importa que la etiqueta diga limon, lavanda o pino, siempre va a oler a pastillitas Yapa. ¿Promoción de la nostalgia o mero conductivismo? Al estimular a un espectador a ser niño no sólo se busca remitirlo a esa etapa caracterizada por la creatividad, la imaginación, la esquizofrenia y la fascinación por las boludeces, sino también estimular la propensión al consumismo irresponsable e imposible de satisfacer de todo infante. Hay un cine por acá en el que lo retrotraen olfativamente a la niñez a tal punto que inclusive comienzan a darle ordenes a uno. Huele a lavandina y a comida recién horneada. No venden pochoclos ni gaseosas, sino buñuelos, tortas fritas, panes con manteca y azúcar, y deliciosos jugos de granadina demasiados puros. Ajenos a marketing neoliberal alguno, las empleadas que allí trabajan no son muchachas post púberes de rasgos élficos, sino jerontes post menopausicas de canas plateadas, peinados impermeabilizados por décadas de fijador Roby y manchas multicolores en la piel pasa, que, con uniformes de amas de casa o de maestras de primaria, no dudan en tirarte un chancletazo certero si te pones a charlar en la sala o tirarte de las orejas si no te formas bien en la cola. No sé cómo, pero todas conocen tu nombre, por mas que no se los hayas mencionado nunca, y antes de que la función comience, te llaman frente a todo el publico y te dicen cosas como “Rómulo, andá a comprarle unas masitas con dulce de leche a esa chica, ¿querés?”, “ Remo, pedite una chocolatada grande ahora que después te da sed durante la película y no quiero que andes jodiendo a la gente”, o simplemente “se me van todos al kiosco y guay que vea a uno sin budín de pan, ¿eh? Yo no quiero amarretes conmigo, les voy a dar...”. Y uno acata, si no después es peor. Sin embargo, alguna que otra vez, cuando pasan una película triste, las descubrís llorando en plena sala, y nosotros, los espectadores presentes, no podemos hacer otra cosa sino ir a consolarlas, y nunca falta aquel que dice “no llores, mami”, y es maravilloso verlas sonreír de nuevo, y a veces nos quedamos todos abrazados a ellas mirando el final de la película, y a veces ellas se van por un momento para volver con torta marmolada y mate cocido o con algún que otro sangüichito y un “toma, que no se entere el gerente”, y nos acarician el pelo, y cuando termina la película nos acompañan a la salida y nos despiden con un beso... y entonces, ese perfume... jazmín... naftalina... y es tan triste cuando nos vamos... tan triste dejarlas... y cada tanto uno vuelve y se encuentra con que una ya no esta mas y te agarra esa cosa en la garganta, ¿no? Como que de golpe se te junta todo lo que le quisiste decir y nunca le dijiste, y ya nunca le vas a poder decir, y ella de pronto ya no es ella sino aquella otra, ¿no? Ella... “Ella sabía”, te dicen mientras te acarician el pelo, “Ella sabía”...
_ ¿Cafrune? ¿Se siente bien?
_ El olfato entonces, Malvisto, es el sentido de lo intangible, de lo inmaterial, de lo ausente, de lo que ya no esta, de los recuerdos.
_ ¿Ve, Cafrune? ¿Por qué no se me ocurren cosas así a mí, eh?
_ Porque elige callarse, Malvisto, y quien calla ¡¡¡NGH!!! ARGHHHHCAJ CAJ AJ CAJ!!!
_ Cafrune, ¿esta bien? ¿Qué le pasó?
_ Jjjj.. tup! Ahhh... nada, me trague un bicho. Una catanga, creo.
_ Venga, súbase que lo llevo a lo de Zubrigen.
_ ¿Para qué?
_ Y... así se anima un poco, y de paso se toma unos mates y se quita el mal sabor.
_ Le agradezco, Malvisto. No quiero que piense que no me gusta dar vueltas en su bicicleta, pero prefiero caminar. Además, no es el mal sabor lo que me molesta.
_ ¿Qué le molesta?
_ El bando. Pero uno se acostumbra.

Deliración 50: La razón de su condena.-

Muerto y testigo de su vida no hacía otra cosa más que gritar su nombre una y otra vez, desesperado y aterrado, previniendose de lo inevitable tan evitable, de esa mediocridad y de esa frustración que lo acompañó durante toda su vida y aun muerto persistiría, pero por más que se escuchó tantas veces, caminando por la calle, en un parque, en el campo, en su propio departamento, por más que se haya vuelto tantas veces, nunca encontró a nadie, ni reconoció su voz desgarrada, ni se vio muerto y testigo de sí mismo, condenado por boludo.

Matsuo

Deliración 49: Roberto Ribosoma Golgi, veterinario enamorado.-

Roberto Ribosoma Golgi, médico veterinario, amigo de los animales y de los chicos chiquitos, acariciaba un pato en plena costanera cuando vio a una chica hermosa, preciosa, sin igual. Acercósele cubierto de plumas y sacudióse frente a ella. Comenzó a cantar un bolero meloso y atrevido mientras giraba en torno a ella, con los brazos en asa y las manos en la cintura, sin quitarle los ojos de encima y con unos movimientos pélvicos tan élvicos como sándricos. Se arrodilló a sus pies, se frotó contra sus piernas y le olió el traste. Se paró de un salto y gritando como loco alzó los brazos al cielo. Se bajó los pantalones y la meó de arriba abajo.
Hoy tienen tres hijos y ella ya aprendió a lamerse todo el cuerpo solita.


Matsuo

Deliración 48: Una oración para don Néstor.-

Había ganado uno de los canarios de Si lo sabe, cante y lo tenía ahí encerrado en su jaulita junto al crucifijo y las ramitas de laurel achicharradas, arriba de la cama, su cama, húmeda y áspera, con ese colchón tan finito que traslucía la parrilla de madera y dejaba pasar ese frió constante que venía de la ventana angosta y alta, de madera vieja, gris e hinchada, con los vidrios rotos allá arriba; ese frió que calaba los huesos y que junto con esa humedad que desparramada por las paredes llenas de hongos y machimbre podrido, contribuían a esa tos y a esa flema y a ese dolor en el pecho y en la garganta y en la espalda y en las piernas que impedía que saliera más lejos que a la vereda donde todos los días veía pasar a esa chica preciosa con ese perro horrible, esa chica que ni los miraba, ni a él ni a su amigo, los dos sentados en ese banco de madera sin respaldo y sin nada más que hacer que mirar la calle y charlar y quejarse e irse al baño a llorar esas lágrimas secas con esos ojos secos que no se acostumbraban a la vergüenza de pedir que alguien lo limpie y lo cambie y tomar las pastillas y volver a la cama, a su cama, entre tantas otras camas cargadas con esos bultos tiritantes cubiertos por frazadas que nunca alcanzaban y empezar un solitario que nunca terminaría porque se acordaría de darle de comer a su canario, el mismo canario que se había ganado en Si lo sabe, cante y que lo tenía ahí encerrado en su jaulita junto al crucifijo y las ramitas de laurel achicharradas, muerto y cubierto de mijo podrido, sin que nadie lo notara jamás.

Matsuo

Deliración 47: Cerca de donde vivía antes.-

Hacía varios días que venía con la idea dándole vueltas por la cabeza, así que el sábado agarró la bici y se fue por Martín García hasta que llegó a la bajada; metió el cambio, la corona más grande y el piñón más chico, y se mandó pedaleando y gritando a lo loco. Nadie lo vio desintegrarse, molécula a molécula, partícula a partícula; sólo de vez en cuando, cuando está por llover, se escuchan los alaridos fugaces de un chico de nueve años que nunca dejó de reírse.

Matsuo

Deliración 46: Juan don Juan.-

Juan don Juan, doblemente Galán, tanto por padre como por madre (los hermanos Galán), incestuosos ellos como incestuosos sus padres, los abuelos de Juan don Juan: romántico empedernido, mujeriego incurable y triste, tan triste como sólo él solo; vacío y predispuesto al suicidio encubierto de los vinos baratos, kerosenosos e inflamables que tanto lobotomizan y tanto separan los dientes, y al rechazo perpetuo de las mujeres por ese olor y ese aliento, y a la humillación de arrastrarse llorando y borracho por las cunetas, vomitando en las bocas de tormenta, y despertarse y acordarse y descubrirse embarrado, hijo único y sin la billetera.

Deliración 45: Manos manchadas.-

_ ...de un rubio casi canoso y manos manchadas.
La descripción era tan vaga como exacta. Había sucedido una mañana húmeda y calurosa en uno de esos barrios perdidos con pocas paradas de colectivos. Un barrio triste, mecánico y resignado a la monotonía de unas pocas dependencias públicas, un par de oficinas, sin fábricas, y con remises estacionados en torno a la plaza con las puertas abiertas y remiseros asomados, sentados con los pies sobre el cordón de la vereda y los ojos perdidos en el canto rodado. Qué pasó con certeza nunca se supo. Todos los oficiales y fiscales asignados a la investigación se suicidaban al cabo de unos meses lejos todavía de descubrir la verdad.

Fue un comisario de apellido Moreno, cuatro años más tarde, quien quemó el expediente y decidió cerrar el caso. Pidió el traslado y terminó sus días en un pueblo tranquilo, entre Buenos Aires y Santa Fe. Pasó quince años sin dormir. Murió en noviembre, un domingo, como otros tantos ese día, todos desparramados por la calle principal, con los ojos desgarrados, el rostro defigurado, de un rubio casi canoso y manos manchadas.

Matsuo

Deliración 44: Uno de ciencia ficción para Gogui.-

Sambucetti entró por la puerta y me miró como reclamándome algo. Como no le di bola, se paseó por la habitación, revisó debajo del escritorio, miró detrás de la cama y se fue. Yo me quedé mirando la pared y sus sombras. Unas ramas podadas y difusas que se movían ligera y mecánicamente. En esa época los robots todavía eran a transistores y ocupaban demasiado espacio. Es por eso que estábamos tan apretados en aquel departamentito de calle Chubut. Tuvimos que voltear la pared de la cocina y distribuir la comida, alacenas, cacerolas y electrodomésticos en los dormitorios y en el living comedor. Con el tiempo, a medida que fuimos leyendo el manual del robot, los fuimos vendiendo. A los electrodomésticos me refiero. El robot los incluía a todos, o casi todos. Tuvimos la suerte de conseguir uno de tiro balanceado, que justo estaba de oferta, pero era medio ruidoso, eso sí. Se notaba que era usado. Era enorme y horrible, pero se hizo querer por feo y porque daba lástima verlo así, todo apretado el pobre, con esas patas desparramadas sobre el piso alfombrado del living que no hacían otra cosa que juntar mugre y pelusa. Y así vivimos hacinados durante mucho tiempo. Sambucetti nunca logró acostumbrarse. A la noche le ladraba. Se ve que había algo que le molestaba. Los robots y los perros nunca se llevaron muy bien. Me levanté de la cama y lo saqué a hacer pis. Afuera, en la calle, no había nadie; sólo la sarna de los domingos.

Matsuo

Deliración 43: Milagro en calle 1º Junta.-

Cuando la nave cayó en el baldío de calle 1º Junta, se sucedió el milagro. A partir de entonces, todos los televisores del pueblo pudieron sintonizar cualquier canal del mundo, inclusive las señales codificadas, con una nitidez envidiable. La tripulación, eran seis, fue llevada al dispensario regional, pero como el médico de guardia se había ido a otro pueblo a atender un parto, los derivaron a lo del veterinario, y, hay que reconocerlo, el tipo hizo lo que pudo. La nave terminó en uno de los talleres, en lo del sucio Peralta me parece, y requirió de la asistencia de todos los mecánicos locales. La desarmaron completamente, analizaron las partes, pero no supieron como volver a armarla. Con el tiempo las partes fueron desapareciendo y cada uno les encontró una utilidad distinta. De la tripulación sólo sobrevivió uno, el más petiso. Como era flaquito y cabezón, todos le decían cucucita. Era callado, pero la gente lo quería. Le dieron un galponcito que quedaba detrás de la casa comunal y se ganó la vida haciendo algunas changas. Le pagaban con conejos, gallinas y, de vez en cuando, algún lechoncito. Por eso, cuando vinieron los tipos de Direct TV con sus promociones para ver el mundial, nadie se suscribió. Nadie. Ni siquiera uno.

Matsuo

Deliración 42: Una bolsa de nylon.-

Lo último que Sosa vio antes de entrar en ese limbo inconciente que precede a la muerte por asfixia fue el logo gigantesco del supermercado que estaba impreso en el frente de la bolsa. Sentía el calor del nylon transpirado en la garganta y solamente escuchaba un chillido agudo que le partía la cabeza. Se agitaba con fuerza, como un pescado epiléptico sobre esa silla de madera enroscada y respaldo de mimbre.
A Olarticoechea, esas sillas, siempre le recordaban las raquetas de tenis viejas, esas de madera que se doblaban por la tensión de las cuerdas o por la humedad. Qué había sido de esas raquetas? No se acordaba de haberlas tirado y ya hacía años que no las veía dando vueltas por la casa. Dónde habrían ido a parar? Tampoco se acordaba de haber jugado jamás al tenis. Entonces, qué hacían esas raquetas en la casa? Quién las habría traído? Quién las habría comprado? Pero por sobre todas las cosas, quién se las habría llevado? Olarticoechea bajó la vista al pibe y le preguntó: che, vos tenés mis raquetas? El pibe alzó unos ojos cansados: Qué? No, nada, respondió Olarticoechea aflojando la presión sobre los hombros de Sosa que ya había dejado de moverse. El pibe le soltó los pies y levantó el trapo para limpiarse el pis de las manos.
Sosa se vio a sí mismo embolsado y amatambrado entre un viejo y un pendejo. Quiso llorar y no pudo. Se descubrió inmaterial. Probó y se supo capaz de mover los objetos. Entonces soltó el candelabro que colgaba sobre ellos.

Matsuo