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Mostrando las entradas de enero, 2011

Deliración 396: Las hormigas
Inundación y rituales 4

Almorzaba criollos secos mientras caminaba, cada tanto, hacia algún destino; esa vez, la casa del gordo. Quedaba en el límite olvidado entre Alberdi y Alto Alberdi; y, para no desentonar con el paisaje, se caía a pedazos. Había pertenecido a un hermano borrachín y solterón de su abuelo, y el gordo la había heredado por descarte. Era vieja y enorme, con al menos tres habitaciones inhabitables que funcionaban como depósito para la chatarra de todas las generaciones familiares que se habían empecinado en evitar ese lugar. Hoy es un edificio de cinco pisos de paredes amarillas.

El mundo se recicla y ya sin referencias ciertas, aprendemos a olvidar.

Deliración 395: Las hormigas
Inundación y rituales 3

No escucho la radio, odio la radio, no me moviliza escuchar música en general y no soporto la buena onda de los locutores en particular; sin embargo, por aquel entonces, una locutora se había ganado del goce de mi agrado. La había descubierto mi mujer en su trabajo, y por un tiempo la había escuchado, pero luego la cambió por los mismos de siempre que cambiaron de nombre al programa y poco más que eso. Yo, por el contrario, seguí escuchándola cada tanto, porque en ella descubrí algo que me atraía; y nunca supe bien qué era. Su inocencia, su desinterés, su tristeza, su soledad, su ironía o su frágil fortaleza; quién sabe... Quizá, simplemente, su voz invisible desmudecía mis fantasías.

La escuchaba asomado al balcón, escapándome por las sierras que mal se escondían detrás de los edificios. Aquella tarde, habló de nada, como de costumbre, y me hizo reír en el asma de mi departamento. Lavé el mate de mis dientes y salí a la calle como ella había sugerido.

Deliración 394: Las hormigas
Inundación y rituales 2

Ya no teníamos cable y la televisión local se suicidaba con la programación que garroneaba del trece, telefé y américa; por lo que mi mundo amanecía por las tardes cuando se encendía el monitor de la computadora. Spam, mails, noticias y clasificados; pescar clientes, mendigar trabajo y la desesperación de ver pasar el día sin haber generado un centavo... y nada más estúpido que reclamar una paga por internet...

Y de repente, la nostalgia por esa frustración a sueldo... si tan sólo me hubiesen despedido...

Deliración 393: Las hormigas
Inundación y rituales 1

Inundados; pelos y telarañas por la estancia estancada, oscura y profunda. Me sofoco y despierto. Solía ser tarde ya, y el calor y la humedad se filtraban por las persianas. El presente se repetía a rajatabla; el mundo, la televisión y la ducha... aunque no siempre en el mismo orden.

Abrir la canilla del lavamanos y la de la bañera para que la presión encienda el calefón; luego cerrarlas y abrir el paso de agua de la ducha. Desnudo, esperaba. Por las rejillas de la ventilación aún me llegan los secretos de los otros departamentos. En ese hoy, alguien cantaba y era una mujer. Cerré los ojos y extendí la mano; una lluvia tibia de verano y ella de espaldas. Era otra ciudad, otro tiempo. Mis dedos golpearon el champú y desperté de nuevo.

_ No me queda otra que bañarme_ comenté en el silencio del baño sin eco ni reverberación quizá esperando una respuesta.

Deliración 392: La rusa 6

Alguien se acercó y abrió lo que quedaba de puerta con el cañón de un rifle. El cuerpo de Kozinsky estaba apoyado contra un rincón de la casilla. Lo sujetaron de la bandolera y lo arrastraron por el patio hasta el frente de la casa. Gritos, más gritos y señales de luces con linternas de kerossene. Del otro lado del camino, a unos trescientos metros de distancia, un furgón se puso en marcha y encedió sus faroles. El vehículo se acercó y se estacionó frente a la puerta de entrada. Un hombre alto se bajó del furgón y avanzó hasta el cadáver. Sacó una fotografía y se acuclilló junto a Kozinsky. Acercó la imagen y la comparó con el rostro desfigurado. Se volvió hacia el furgón y buscó un hacha. La alzó y la sacudió en un ademán para que el resto, unos cuatro fulanos más, le dieran un poco de espacio. Arremetió contra el cuello y metió la cabeza en una bolsa arpillera. Se subieron al furgón y se marcharon. Se quedaron dos y se pusieron a revisar la casa antes de que la consumieran las llamas. Como de costumbre, era parte del contrato: algunos cobrarían la recompensa y otros saquearían sus pertenencias. Encontraron algo de plata, armas, una fonola con varios cilindros y una guitarra. El más flaco encontró a la rusa en un rincón de la cocina y le extendió la mano. Encontraron una camioneta en uno de los galpones, más armas y dinamita. Kozinsky tenía caballos y unos cuantos animales. Como mantenían cierto grado de parentezco entre ellos, acordaron dividir todo en parte más o menos iguales; pero el más flaco se llevó a la chica. El otro, por su parte, volvería al día siguiente a ver cómo había quedado la casa después del incendio y, según se cuenta, se habría instalado durante algunas temporadas.

Deliración 391: La rusa 5

Kozinsky se volvió, se arrastró y corrió como pudo intentando perderse entre la mata de monte que rodeaba la casa. Se escondió en la letrina y se esforzó por cargar su escopeta y respirar sin toser sus pulmones con la esperanza de no ser descubierto. Temblaba, su movimientos eran torpes y los cartuchos se le resbalaban entre las manos enjabonadas de sangre. Gritos, más gritos y pasos desesperados entre los yuyos y los espinillos. Alguien abrió la puerta de la letrina y Kozinsky descargó los dos cañones de la escopeta. El pecho del tipo se abrió en una negrura viscosa que se tragó su ropa y atravesó su cuerpo; voló hacia atrás y parte del rostro y un brazo se separaron del resto. Entonces, las tablas de madera comenzron a estallar atravesadas por decenas de balas y miles de perdigones. El cuerpo de Kozinsky se sacudió en pedazos revotando dentro de la letrina. Luego, el silencio; la noche.

Deliración 390: La rusa 4

Cayó de rodillas y lo sacudió un balazo en el hombro. Tras una de las esquinas, cerca de donde comenzaba la galería, alguien gritó que había saltado por la ventana de atrás; era un pibe. Kozinsky se arrastró, apuntó por reflejo y disparó; la cabeza del pibe voló en pedazos. Gritos, más gritos y otras tantas siluetas se fugaron por el patio. Kozinsky disparaba por costumbre y corría iluminado por el fuego de su casa cuando fue alcanzado por una nube de perdigones. Cayó salpicado en su carne y se sorprendió a sí mismo volviéndose para ver a la muerte de frente. Recortada por el marco de la ventana de su cocina en llamas, la silueta de un gordo recargó una escopeta y apuntó; sin embargo, su mujer, la mujer sin nombre del ruso Kozinsky, disparó a quemarropa hasta vaciar su revólver, quizá para exigir su propia muerte. El gordo cayó desfigurado y las sombras del pasillo se aseguraron de fusilar a la mujer con la que había compartido gran parte de sus últimos seis años.

Deliración 389: La rusa 3

Afuera disparaban a sus perros y arremetían contra la puerta del frente. Los impactos del ariete eran precisos y contundentes. Dentro de la casona, las armas estaban cargadas y las bandoleras repletas de cartuchos. El ruso le alcanzó un revólver a su mujer y se quedó un instante mirando a su hija que lloraba en silencio. Esbozó un gesto que bien podría haber sido una sonrisa de despedida y dio media vuelta. Se guardó otro de los revólveres en uno de sus bolsillos, se colgó el rifle a la espalda y avanzó empuñando su escopeta por el pasillo. Kozinsky abrió apenas las celosías de una de las ventanas en llamas y descargó dos cartuchos del 12 sobre una silueta sorprendida que se sacudió despedazada. El ruso se volvió entre los gritos del otro y corrió por el pasillo justo cuando alcanzaron a abrir la puerta del frente. Las sombras se recortaron del fondo de la noche y se escondieron detrás de los varios marcos y umbrales del zaguán. Kozinsky disparó por el pasillo y las botellas de kerossene comenzaron a estallar dentro de la casa. El ruso quitó la barra de hierro que trababa las celosías de la la ventana de la cocina y saltó a la descuidada oscuridad de un patio lleno de espinillos y yuyos crecidos.

Deliración 388: La rusa 2

Por aquel entonces, la rusa tendría no más de cinco años; ella jugaba mientras su padre afinaba una guitarra que jamás aprendería a tocar y la madre trajinaba emprolijando un puchero desastroso. El bicherío salvaje y los pájaros de la noche se callaron y los perros comenzaron a ladrar; pero cuando el ruso Kozinsky levantó la vista como para cerciorarse de que sus armas estuviesen a mano, la primera descarga de perdigones habían hecho saltar la cerradura de la puerta de entrada y los herrajes que sostenían la barra de acero que cruzaba las hojas de madera comenzaron a ceder ante el impacto de un ariete. Cabe aclarar que las puertas de quebracho y las celosías de chapón de esa casona siempre estaban cerradas, ya que el hábito de la supervivencia superaba al padecimiento por el calor y la humedad. La mujer soltó el cucharón dentro de la marmita y se escondió junto a su hija en un rincón de la cocina. Kozinsky se puso de pie y trotó hasta una repisa que había hecho con las tablas de una volanta de un cura que había tenido la oportunidad de sustraer dos veranos atrás. Kozinsky se decía anarquista, pero aseguraba que esa repisa le traía suerte y, quizá por eso, en sus estantes guardaba las armas y las municiones. Besó la mano que luego apoyó sobre la estantería y garabateó una cruz incompleta sobre su corazón justo antes de que las primeras botellas de kerossene estallaran sobre las celosías.

Deliración 387: La rusa 1

Por lo que se llegó a saber de ella, la rusa habría nacido no muy al norte de Santa Fe, en una gringa casona perdida en el monte. Fue la hija del ruso Kozinsky y una madre cuyo nombre nunca llegó a saberse, ya que murió mucho antes de trascender siquiera en su propia historia. Su padre, por el contrario, era conocido ratero cuya carrera dentro del rubro del latrocinio en general lo llevó a probar suerte asaltando los trenes de caudales que transportaban sueldos de La Forestal, cuyo éxito, mérito y reconocimiento fueron suficientes para recompensarlo con un buen precio a su cabeza.

Deliración 386: Las hormigas
Primera sesión 14

_ Y entonces renuncié, hace cuatro meses ya... y desde entonces que no escribo una sola palabra... y encima ahora mi mujer está embarazada...

Silencio. El enchufe, el cable, el zócalo enrulado y mis zapatillas sucias.

_ No sé..._ dije y de repente una hormiga se asomó entre dos maderas del parquet.

_ Pero usted sí sabe_ dijo con esa seguridad que les suele brindar la escuela lacaniana... aunque a veces pienso que en realidad ya estaba podrido. Se paró y me extendió la mano, un poco para saludarme y otro poco para cobrar.

Deliración 385: Las hormigas
Primera sesión 13

_ Y bueno, el tiempo pasaba, no? Y yo que entre tanta duda entré a pincharme de vuelta... y bueno, justo entonces el amigo éste del que le hablé, el de la productora, me llamó de nuevo para que le mande otro guión... y lo hice... y fue muchísimo mejor que los otros dos anteriores... y bueno, justo también a mi mujer le salieron otros trabajos, no? Qué sé yo... lo discutimos y llegamos a la conclusión de que si no me animaba ahora, que no tenemos hijos, cuándo me iba a animar? Yo siempre quise escribir, es lo que a mí más me gusta, escribir y el cine, y ahora estaba escribiendo guiones... y lo hacía bien... así que bueno, lo charlamos bien y me animé nomás...

La ruina... suya y mía, la nuestra. Por qué confía tanto en mí?

Deliración 384: Las hormigas
Primera sesión 12

_ Cuando empecé a escribir de nuevo me empecé a sentir mucho mejor, pero bueno, también empezaron las dudas, no? Que qué íbamos a hacer si yo renunciaba, de qué íbamos a vivir hasta que yo pudiera vender algún guión o formar la productora, no? Qué sé yo, yo soy traductor también, no? Entonces por ahí la idea era conseguir algunos laburitos de traducción mientras tanto, como para ir tirando... o que me echaran del laburo, eso hubiera sido lo mejor... con la indemnización hubiéramos tirado todo el año... pero bueno, como le dije antes, me dejaron bien en claro que no me iban a echar... incluso le dije a mi jefe que ya que iban a echar gente que me echasen a mí también, pero no... qué hijos de puta... perdón...

Pido disculpas, mendigo lástima. Soy mi vergüenza, soy lo que oculto...

Deliración 383: Las hormigas
Primera sesión 11

_ Hace años que vengo... hace años que vengo sintiéndome mal, no? Mi mujer lo nota, estoy triste. Soy un depresivo de mierda, qué sé yo...

Me omiten o no los escucho; es lo mismo, me salteo. Sólo yo solo: el vacío, la nada...

Deliración 382: Las hormigas
Primera sesión 10

_ Y bueno, al escribir esos guiones y ante la posibilidad de formar una productora de contenidos con este muchacho, comencé a pensar que era hora de que largara todo a la mierda y me animara a hacer esto y dedicarme a escribir definitivamente... Escribir me hace sentir realmente bien. Me cambia el humor, en todo sentido, me hace sentir satisfecho... pero satisfecho conmigo mismo, no sé si me entiende? Qué sé yo...

Estoy podrido; podrido de despertarme siempre el mismo, siempre humano, siempre ajeno. No me basta con estar presente sino ser reconocido; necesito ser nombrado. Estar en boca de todos, baboseado, salivado y escupido. Devorado y compartido, regurgitado y vomitado. Que me señalen por las calles, que me alcen en hombros, que me suban a una comparsa y me sigan y me griten y me insulten y me tumben y me pateen. Desangrado y odiado, no me importa. Sólo soy si me dicen... pero la gente calla.

Deliración 381: Las hormigas
Primera sesión 9

_ A ver? No me creo un gran escritor, pero sí considero que escribo lo suficientemente bien... Sé que soy bueno...

Soy bueno y hago caso. Espero directivas y desespero. Busco límites y los cruzo. La necesidad del castigo. Suplico atención. Espero recibir el mismo trato de aquel que violó todas las reglas y cumplió con todas las expectativas de los demás. Status y memoria colectiva. Sin embargo, no trasciendo, sólo soy una carga en fuga. Me descubrí en silencio y me sonrojé avergonzado.

Deliración 380: Las hormigas
Primera sesión 8

_ Quiero decir que sentí que no sólo me gustaba lo que hacía, sino que además era bueno, me entiende? Pero no lo digo de una manera pedante, sino que me refiero a que sentía... o siento, en realidad, que soy lo suficientemente bueno como para dedicarme a esto y vivir de esto...

Solo y a escondidas, esperando más sonrisas.

Deliración 379: Las hormigas
Primera sesión 7

_ Entonces empezamos a tirar ideas para otros proyectos y para armar la productora, pero en cierto momento como que el proyecto se pincho, no? y quedó ahí, en la nada... Sin embargo yo quedé muy enganchado con la idea ésta de escribir. Hacía tanto que no escribía que cuando volví a hacerlo, y encima de esa manera tan natural y con tanta gracia... gracia por la chispa, digo, no por lo gracioso. Bueno, le decía que cuando volví a escribir me hizo sentir tan bien y tan seguro de mí mismo como hacía tiempo que no me sentía.


Para qué escribo, pensé. Por qué? Cómo surgió todo esto? El placer y la vergüenza; y de repente, la sonrisa de una profesora leyendo uno de mis cuentos.

Deliración 378: Las hormigas
Primera sesión 6

_ Hacía como tres años que no escribía una oración siquiera... O sea, en el trabajo me la pasaba escribiendo, pero boludeces burocráticas, no? En lo que respecta a cuentos, guiones, cualquier cosa, por más que tuviese ideas todo el tiempo, no podía escribir nada. Pero en cuanto mi amigo me pidió un guión, lo escribí enseguida. A los pocos días me pidió otro y también, en dos o tres días lo terminé, y encima había mejorado muchísimo la técnica. Estaba chocho...

Creo que en ese momento sonreí y lo miré al tipo, pero debo haber bajado la mirada enseguida, porque la verdad es que no me acuerdo de su reacción si es que la tuvo. Decidí mentir de nuevo; ya me estaba cansando.