Deliración 507: Sereno 7

Según manifiesta, unos compañeros del club le “chupaban la pija” (textual) cuando tenía 15. A partir de los 16 empezó a mantener relaciones sexuales con mujeres, ya sea noviando formalmente o pagándoles a las putas del barrio (unas trabajaban in-house en un departamentito en plena Castro Barros y otras, con delivery, eran regentadas por un grandote desagradable que también tenía un casino clandestino al fondo de su videoclub). Sin embargo, a pesar de su urgencia e insistencia sexual, no podía alcanzar el orgasmo ni con unas ni con otros.

Años más tarde, a los 24 y en un boliche de la costanera, se levantó a una mina que conocía del Cerutti y la convenció para ir al parque Las Heras. Comenzaron a chapar y a manosearse. La chica fue comprensiva y, al ver que no se le paraba, le propuso dar una vuelta, charlar y esperar a que se le pasase un poco el pedo. Él se enojó. Comenzó a forcejear para quitarle la ropa y a golpearla para evitar que gritase mientras intentaba penetrarla con su miembro aún flácido. Percutió su cabeza contra el piso hasta que el cuerpo de la chica se apagó de repente al partirse la nuca contra una piedra que asomaba entre el césped. Entonces, la sangre inundando las manos, los ojos abiertos en esa expresión ausente y desesperada, y el cuerpo semidesnudo e inmóvil... Excitación, vértigo, erección… La penetró; la penetró una y otra vez, y acabó, y alcanzó el orgasmo, y se acostó junto a ella… En paz, sin miedo; dormir una siesta en esa madrugada de octubre, abrazándola, sabiéndola muerta… Sin coerción ni rechazo… Sin que lo apartase, sin quejarse; “como mamá”, dice. Y, de repente, otra erección... Y esta vez fue dulce y tierno, y la penetró de manera romántica, “haciendo cucharita”…

Se despertó al ratito; se limpió como pudo y se fue a su casa caminando, evitando a la gente. Estaba satisfecho... casi contento, digamos.

Deliración 506: Sereno 6

Manifiesta que, si bien se aburría en la escuela, le gustaba estudiar y enfrentar nuevos desafíos; y siempre fue un tipo muy curioso y dedicado... Muy observador e inteligente. Quizás por eso nunca dejó de asistir a los talleres de la iglesia. Además, siempre estaba predispuesto a ayudar en cuanta obra y trabajo hiciese falta. Así también empezó a hacer changas de todo tipo para comenzar a manejar su propia plata. Participó en la construcción de la sala de ensayos de la parroquia y, cuando tenía 17, se animó a construir completamente solo un monoambiente extendiendo la cochera de la casa de su abuela.

Cuando terminó la secundaria, comenzó a saltar de trabajo en trabajo y fue operario en fábricas, aprendiz de albañil y de plomero y de electricista y de gasista, cadete en empresas, delivery en pizzerías, lomiterías y/o videoclubes, choripanero y promotor. Trabajar no sólo lo mantenía ocupado, sino que el cansancio y el dinero que acumulaba le brindaban un tipo de satisfacción distinta; una suerte de placer vinculado al orgullo.

La abuela murió cuando él tenía cerca de 23 años y, de repente, descubrió que tenía dinero de sobra, ya que heredó la pensión de su abuela (por error) y de su padre (por derecho), y además alquilaba el monoambiente de la cochera y la casa de su padre en Juárez Celman. Decidió, entonces, renunciar al trabajo formal en relación de dependencia.

Deliración 505: Sereno 5

“Si hay algo que lo caracteriza”, habría dicho el padre Rafael Alejandro Verdú, titular de la parroquia a la que concurría el sospechoso, “es que no le cuesta aprender nada… Pero la cabeza le funciona mal. Es como un televisor viejo; cada tanto hay que pegarle un sopapo para que se reajuste la imagen...”

Deliración 504: Sereno 4

A partir de los 12 ya se lo podía considerar un pajero compulsivo.

Según dice, en la escuela y en el club se escondía en el baño de las chicas y las escuchaba hablar, mear o cagar en los gabinetes contiguos; y así descubrió el secreto de la menstruación. Comenzó a robarse los algodones, parches, toallas y tampones descartados en los basureros. El olor a sangre podrida y caca cuajada le excitaba; incluso se los llevaba a la boca para atragantarse y asfixiarse a arcadas.

En casa hacía lo mismo con las bombachas y las medias de la abuela, pero pensar en la vieja le daba bronca; sentía furia y asco.

En la iglesia (su abuela lo llevó primero a catequesis, luego a confirmación y siempre a misa) le llamaba la atención el detallismo dedicado a la sangre en esas coronas de espinas de cristo y otros santos, y relacionó la cera derramada a lo largo de los cirios con semen e intentó prender fuego su glande: el horror.

Desde entonces odia al fuego, lo odia.

Deliración 503: Sereno 3

Empezó a masturbarse a los 9 y tuvo su primera eyaculación a los 11. Se estaba manoseando el ganso a través de los bolsillos de la malla, mientras viajaba en colectivo. A su lado iba una muchacha de unos 25 que llevaba una bolsa cargada de ovillos de lana y agujas de tejer. La muchacha estaba buena y, aparentemente, no se daba cuenta (o hacia caso omiso) de la paja clandestina. La cosa es que el colectivo chocó contra un auto (bah, en realidad, el auto chocó al colectivo) y el impacto se dio cerca de sus asientos. El sacudón los hizo rebotar entre las butacas y los pasajeros que iban parados cayeron sobre ellos.

Cuenta que cuando abrió los ojos, pudo ver a la muchacha convulsionando epilécticamente sobre él. Le salía espuma por la boca (mezclada con sangre). Lo miraba; era una mirada desesperada, de ahogo, como suplicando ayuda. Descubrió que las agujas de tejer se habían clavado en su estómago (el del acusado) y que la mano de la muchacha le sujetaba la entrepierna de la malla y apretaba (exprimía) su pinchila (como para evitar caerse). Todo, todo estaba bañado en sangre, sus testículos estallaban y sentía como las agujas se enredaban con sus tripas. Entonces, simplemente, eyaculó.

Pasó dos semanas internado en una sala común del Hospital de Niños y sus heridas tardaron en curarse por su atentados masturbatorios. Por las noches de la segunda semana, recorría el instituto curioseando y espiando, en particular, a las chicas más grandes.

Deliración 502: Sereno 2

Preguntado por sus padres, manifiesta que es nacido en Juárez Celman; su padre era policía y su madre, maestra. Ella murió de cáncer cuando él tenía 3 años. Según recuerda, fue a dormir la siesta con ella y murió a su lado. Cuenta también que permaneció junto a ella hasta que volvió su padre del laburo. Dice que no sintió miedo, sino todo lo contrario; su madre de repente había dejado de rechazarlo. Había dejado de quejarse por los dolores que sentía en el cuerpo y finalmente pudieron dormir juntos y en paz.

El padre, entonces, no pudo hacerse cargo y lo mandó a Córdoba para vivir con su abuela (madre del padre, digo) en una casona de barrio Providencia. Se pegó un tiro un año más tarde (el padre, digo).

La abuela era muy grande y apenas pudo educarlo.

De chico preguntaba por su madre a menudo, pero la nona respondía que no la había conocido demasiado y que no tenía nada que contarle. Comenzó a canalizar su enojo maltratando animales y robando.

Deliración 501: Sereno 1

Tiene 34 años; alto, flaco, y de porte cansino. Ojos brillosos y mirada presente, analítica y curiosa; aunque no muy penetrante y, si se cruza con otra, baja la vista. Resfrío crónico, nariz destrozada por tanta fricción con pañuelos, boca permanentemente entreabierta y mal aliento (usa enjuague bucal, pero no ayuda mucho). Se viste bien, es limpio y prolijo. No tiene muchas pilchas; nada de marca, digamos. Es atractivo, pero no es una persona que llame mucho la atención. Es simpático y cae bien; aunque se trata de una de esas personas que no mucha gente recuerda al pasar lista de compañeros de primaria, secundaria o el club.

Trabaja como guardia en distintos edificios de Nueva Córdoba. Tras la masacre del 4to piso, se descubrió que también se metía en los departamentos cuando los inquilinos se iban de vacaciones o se volvían a sus pueblos/ciudades de origen. Los revisaba, se robaba boludeces y se sacaba selfies frente al espejo del baño o de la pieza. Después, subía las fotos a Instagram. Al parecer, nadie se había dado cuenta. También dejaba souvenires de sus otras víctimas escondidas en los departamentos que visitaba. Su carrera como violador y asesino serial se extendió durante 10 años, y en total mató a 14 mujeres y 2 hombres.

Deliración 500: No soy un número, soy un hombre libre...



Hace un tiempo incursioné en esto del pixelArt y, como verán, también dejo bastante que desear en muchos otros rubros. En éste, el del dibujo y la animación, es aún peor; puesto que soy daltónico y no identifico muchos colores.

Vaya pues este humilde homenaje a mi serie de TV favorita a la hora de cumplir las 500 deliraciones... que se trata de sólo un número nomás, che...

Deliración 499: Yo que vos, me vuelvo 15

La partera llega cerca de las 11pm. Mide la dilatación y confirma que la bebé puede nacer dentro de una hora. Pide la caja que el hospital había enviado por correo un par de semanas atrás y comienza a acomodar la cama, forrándola con una especie de pañal enorme. Le pide a Simón que prepare té. Su padre no puede creer que el parto suceda en la casa. Simón le pide que se encargue de Simon, que también está ansioso; que lo saque a pasear, que haga algo.
Cuando vuelve a la habitación con las tazas de té, se encuentra con que el trabajo de parto ha comenzado. Su mujer estás desfigurada, gritando en silencio; contrayendo cada músculo de su cuerpo en una mueca espantosa. La partera está entre sus piernas, impartiendo instrucciones a su esposa en ese idioma de mierda con una calma inescrupulosa y mecánica; imperturbable y carente de toda emoción. Simón ve la cabeza de su hija intenando desesperadamente asomarse al mundo. Ve como la partera tira de la cabeza y trata de falsear el esfínter del papo con los dedos. No puede; entonces, toma una tijera doblada y, mientras su mujer empuja, ella desgarra la carne que se abre como un inmenso ojo. Pero no, no es un ojo; es la cabeza del fémur de su mujer que se zafa del hueco de la cadera, como si estuviesen arrancándole la pata a un pollo asado... tirando, retorciendo, trozando. Simón ve los músculos negros de su esposa, los nervios amarillos y el cablerío multicolor de venas y arterias estallando a medida que la tijera corta y corta ycorta como si se tratase de una silueta de papel o un dibujo en una revista. Su esposa se transforma entonces en un collage de carne y sangre. La tijera sigue recortando madre entorno a su hija, de una manera desprolija y salvaje; trozos de nena que también caen sobre el pañal que cubre la cama: una oreja, un bracito, retazos de cuero cabelludo, tripas, y un algo que parece un flan de chocolate con dulce de leche.
Simón atestigua como la partera está desmembrando a su mujer y a su hija y no puede hacer nada al respecto, ni siquiera gritar, ni siquiera respirar; sólo tiembla, se sacude y el té se derrama sobre la bandeja y luego sobre el piso. La partera se vuelve hacia él y lo mira con desprecio; lo odia, Simón sabe que ella lo odia. Le dice algo, le reprocha algo en ese idioma de mierda. Se vuelve hacia su esposa y la ve estallar asfixiada en un grito primario y bestial. Simón se vuelve hacia la partera y la patea, la mujer trastabilla y cae de espaldas contra un sillón de madera. Le patea el rostro con el talón, toma una de las tazas de vidrio y la destroza hundiéndole el hueso pómulo. La partera trata de defenderse con la tijera, pero Simón ya metió su mano por su garganta y está tirando, tratando de arrancar esófago, lengua y mandíbula. Grita, la partera grita atragantada por su muerte, aterrorizada por ese argentino de mierda que no sirve para nada.
Entonces entra Simon y la partera sonríe, y se vuelve hacia Simón que todavía sostiene la bandeja con las tazas que no han derramado ni una gota de té (pero que ya deben de estar frías). Le pregunta (en ese idioma de mierda) si prefiere que el perro salude a la beba antes que lo haga el propio padre, pero Simón no responde; está llorando. La partera sonríe y le alcanza la niña a la madre, agotada. La nena llora morada y saludablemente.
El papá de Simón, a sus espaldas, dice que es hermosa; y luego lo repite en ese idioma de mierda (se había aprendido la frase en secreto para decírselo a su nuera en ese momento). La esposa de Simón sonríe; se siente violada, pero al mismo tiempo abrumada por una felicidad original... nueva. Simon ladra y se sacude, y trata de besar a la beba. Simón entonces se descubre siendo empujado por su padre y la partera, que le quitan la bandeja y lo acercan hasta su esposa y su hija. Su hija, llorando desconsolada; hinchada y con tanta, tanta piel de sobra, y esa lengua negra, cubierta de cuágulos de sangre y cuajos de vérmix.
"Es...", murmura, "es igual a mamá"; y su padre se larga a llorar.

Deliración 498: Yo que vos, me vuelvo 14

Su esposa le comparte un link por whatsapp: el diario regional vincula la muerte de la nena con una serie de asesinatos que se vienen dando quinquenalmente en distintas provincias del país. Simón le pregunta si eso significa que ya no es sospechoso, pero su mujer no responde (aunque los tildes azules evidencian su lectura).
De repente, siente ganas de reír; pero sólo sonríe y mira hacia la rotonda desde su ventana (aunque en realidad fija la vista en su reflejo transparente: su cara casi invisible en el paisaje holandés). Relee la noticia (en ese idioma de mierda) y siente la necesidad de compartirla con su padre, pero no quiere despertarlo.
Simón decide sacar a pasear a Simon. Llegan a la escena del crimen. Las cintas de plástico se sacuden a latigazos naranjas por el viento. "Parecen guirnaldas", piensa. Cruza el límite, y llega donde estuvo el cadáver. Ya no queda nada, sólo banderines supliendo los trozos de niña. Simon olfatea desesperadamente. Mueve la cola y gime; es un llanto desesperado y ansioso. Para él, la niña todavía está ahí. Simón se acuclilla y acerca su mano al vacío en el pasto. Simon se vuelve y gruñe, no quiere que la toque; no quiere que nadie más la toque.