Deliración 525: De vez en cuando

Fuimos un momento, una oportunidad; quizás una etapa, acaso toda una época. Imposible aprehender la vigencia de nuestro transcurso en tanto lapso ajeno. Sólo somos tiempo, así que aprovechemos la ocasión.

Deliración 524: Lastimero viejo y peludo

Supongo que querrían protegerle viéndole tan indefenso e insistiendo en etiquetarlo como distinto al resto, especial y raro, tan poco capaz de mezclarse y de adaptarse, convenciéndole de que su desinterés era sumisión, que su apatía era timidez y su vocación, capricho. Supongo que no tenían malas intenciones; sino, por el contrario, las mejores. Supongo que sólo estaban proyectando su propio desamparo ante tanta distancia propia del tótem. La cosa es que, con tanto miedo ajeno, creció con vergüenza y culpa, y el colapso de las estructuras fundamentales boicotearon sus pulsiones. Así fue que para justificar su incompatibilidad, buscó extranjerizarse en otros pagos; sin embargo, todavía le cuesta administrar su placer y tasar su existencia. Ergo, aún no sabe si vale la pena.

Deliración 523: Reclamos

Por un lado...

¿Por qué no me dedicaste mucho tiempo?
¿Fue algo que notaste en mí? ¿Algo que sobraba? ¿Algo que faltaba? ¿Algo que fallaba? ¿Acaso era tan aburrido?
¿Fue por culpa de alguien más? ¿Alguien que te reprimía? ¿Alguien que te alejaba? ¿Alguien que te requería? ¿Alguien que te cautivaba?
¿Fue por algun otro motivo? ¿Por trabajo? ¿Por necesidad? ¿Por instinto? ¿Por costumbre?
¿Por qué tanto de este sentir que no valgo la pena?

Por otro lado...

¿Por qué me dedicaste tanto tiempo?
¿Por qué no rehiciste tu vida? ¿Por qué no seguiste tu rumbo? ¿Por qué me tomaste como excusa? ¿Por qué hacerme responsable de tu estanque?
¿Por qué no fuiste mas egoista?
¿Por qué esa necesidad de sobreprotegerme? ¿De hacerme sentir indefenso? ?De burbujearme? ¿De asfixiarme?
¿Por qué tanto de este sentir que no puedo valerme por mi mismo?

Deliración 522: Hasta los huevos...

Inspector y compañero tomando café en vereda de bar. Gritos. Se vuelven sorprendidos. Vidriera de fiambrería contigua se esquirla. Cabeza de compañero estalla (ruido de sandía aplastada por rueda de auto). Inspector se escuda bajo mesa de plástico y desenfunda chumbo. Cuerpo de compañero cae a su lado. Se miran. No se escuchan disparos, pero gente se derrumba muerta o herida. Inspector coordina. Gente intenta acatar órdenes y busca esconderse como sea. En vereda de enfrente no hay herido alguno, sólo gente corriendo. Inspector alza vista, busca entre ventanas. Sospecha de tres. Descubre cañón de rifle asomándose entre cortinas de cuarto piso de edificio número 2124. Tirador dispara. Evita que gente escape. Pastorea. Cinco oficiales se acercan corriendo. Tirador dispara. Inspector coordina, cruza calle y entra a edificio junto con tres oficiales sobrevivientes. Oficial 1 sube por ascensor; inspector y resto, por escalera. Detienen sospechosa 1 que está bajando desde segundo piso. Oficial 2 se queda con ella, la somete y reduce. Llegan a cuarto, oficial 1 está esperando. Hay tres departamentos, uno con puerta abierta. Se meten, está vacío. Junto a ventana encuentran rifle. En piso, bomba estereotipo con reloj despertador y todo. Inmovilizados por pánico. Inspector... Inspector inconscientemente ecualiza su cognición y anula el ruido del mundo, sólo oye la respiración de los oficiales 1, 3 y 4 (a pesar de que éste permanece en el pasillo). Pero no le interesa... no oye la suya. Se concentra. Su respiración, su corazón... ¿dónde están? ¿por qué no los escucha? ¿Por qué no los siente? Escucha los otros, pero ¿dónde los suyos?  ¿Los suyos? Martita, los chicos... Los ve, los oye, los siente... Sus gritos, sus llantos, sus quejas, sus risas, sus voces... Ellos... Sus ellos y él... Su vida... Su legado... Su memoria... Ser sólo un recuerdo, nada más... Entonces oye su corazón contundente como una estampida y su respiración caliente expirando todo el dioxido de su cuerpo. Inspector... Inspector reacciona. Levanta bomba y la arroja por ventana. Oficiales se miran sorprendidos. Bomba estalla. Edificio se sacude y cimbronazo los desparrama por piso. Lluvia de vidrios y escombros. Gritos, gritos desesperados. Alarmas. Inspector se levanta, mira a oficiales. Están bien, todos están bien.

Inspector coordina: "Vamos a tener que inventarnos algo rápido y ponernos de acuerdo", dice tratando de controlar temblor en rodillas, "porque estamos hasta los huevos, muchachos..."

Deliración 521: Trascendiendo a cascotazos

La idea es, al menos, contar un poco nuestra historia; cosa que alguien la sepa, ¿no? Así no se desperdicia tanta existencia...

Deliracion 520: Ofendido

_ Me gusta coleccionar cosas… souvenirs, digamos. Cosas que me recuerden lugares, personas, momentos… Bah, no; que me recuerden no… No tengo problemas con la memoria; yo no me olvido de nada ni de nadie… Los souvenirs son para, no sé… Para mantener presentes a esos lugares, a esas personas… Para mantenerlos tangibles, ¿no? Reales… Más que para revivir esos momentos son para saber que fueron ciertos, eso… Me sirven para saber que estuve ahí; que yo estuve ahí y que no lo inventé, ni lo imaginé… Muchas veces confundo las cosas, tengo una imaginación muy vívida… Como que mi fantasía es muy cotidiana; y bueno, me confundo… Yo recuerdo todo, incluso mis sueños y los sueños que tengo despierto… Todo lo que ocurre y todo lo que se me ocurre… Yo lo recuerdo todo... Y por eso estos souvenirs son tan importantes… Mi colección, mi vida…

_ ¿Y eso es algo que supuestamente diría yo?

_ Sí, más o menos… Coloquial, pero con estilo…

_ Yo jamás diría algo así…

_ Pero eso no importa…

_ ¿Ah, no?

_ No, porque vos sos la inspiración, y yo te reinvento…

_ No entiendo…

_ ¿Qué no entendés?

_ Todo… Esto… ¿Qué es esto? ¿Un cuento? ¿Qué querés contar de mí?

_ No, más que cuento es… no sé… yo lo veo como una poesía casi, pero en prosa… un ensayo poético, eso…

_ No entiendo porqué… ¿una poesía? ¿Me estás haciendo el levante?

_ No, no; nada que ver… no es sobre vos…

_ ¿Cómo que no es sobre mí? Si me dijiste que escribiste eso sobre mí...

_ No, es que vos me diste la idea… Como el otro día contaste lo de tu colección y demás…

_ ¿Mi colección? ¿Qué tiene de raro mi colección? ¿Qué tiene de raro juntar cosas? Todo el mundo colecciona cosas… Vos coleccionas revistas; historietas, me dijiste… ¿Qué te importa que yo coleccione mis cosas? ¿Qué tiene de malo? ¡Nada! ¿Por qué vas a escribir algo sobre mí? ¿Qué me querés decir? Que soy raro, ¿eso me querés decir? Yo no soy distinto; ¡yo no soy raro!

_ No, pero no quise decir eso; no pensé que te iba a molestar… Es algo que escribí, nada más…

Deliración 519: Sereno 19

Manolo Dalma, el fiscal a cargo de la investigación, deja el informe sobre su escritorio. Pasa la mano sobre las gruesas carpetas que contienen todas las fotos y los reportes periciales. Kilos de papel, litros de tinta. Hace una mueca, suspira y alza la vista hacia Sergio Galván, el inspector adjunto.

_ Mire, Galván; todo bien con el taller de escritura que está haciendo, pero no le puedo mandar un informe confesional así al juez y usted lo sabe... Ya lo hablamos a esto...

Galván baja la vista un poco avergonzado y otro poco ofendido.

_ Bueno... es... es un borrador, digamos... El tipo ya firmó, pero...

Comienza a rumiar una disculpa, pero a medio camino se arrepiente y decide arriesgarse:

_ ¿Pero por lo menos le gustó?

Dalma resopla y mira para un costado, pedaleando con su pie derecho para calmar la ansiedad; aunque en realidad se trata de un gesto adquirido por la costumbre. Galván, de repente, anticipa una puteada; comienza a transpirar sus manos y se le seca la graganta. Sin embargo, Dalma lo sorprende con una sonrisa complice:

_ Sí, Galván..._ musita Dalma_ Me gustó mucho...

Deliración 518: Sereno 18

Luciana mentía. No estaba sola ni estudiando; sino que miraba televisión mientras Andrea lavaba los platos. Los gritos llamaron la atención de Mónica que estaba jugando un solitario en el comedor del 4to B. Se asustó y fue a buscar a Sabrina que estaba aislada por su auriculares editando un video. Despertaron a Lorena, quien a pesar de su resaca mandó a Mónica a llamar al sereno de turno. Por su parte, ella y Sabrina decidieron llamar a la puerta del 4to A.

Mónica no encontró sereno alguno en la planta baja, pero se cruzó con Augusto que volvía de básquet. Juntos volvieron al 4to. La puerta del ascensor se abrió y lo descubrieron desnudo y barnizado en sangre, pelos y cuágulos. Trataron de evitar que abriese la reja corrediza, pero la desencajó con el peso de su cuerpo. Mónica se zafó del bloqueo y saltó fuera de la cabina. Trató de seguirla, pero Augusto cerró la puerta corrediza y embretó sus manos. Mónica resbaló y cayó por las escaleras, pero pudo levantarse en el entrepiso y continuar su fuga.

Augusto trató de zafarse, pero el acusado le apuñaló con los pedazos de espejos que estallaron en el frenesí del forcejeo. Parte del cristal se partió dentro de la cavidad de su ojo y, al bajar la guardia, le abrió la garganta. Augusto cayó de rodillas y se arrastró hasta su departamento. Luciana estaba desnuda en el medio de la habitación, sus piernas abiertas y el interior de su cuerpo desparramado sobre sus pechos. Lorena, aún en pijamas, estaba acurrucada contra la pared contra la que le había machacado la cabeza. Sabrina lloraba cubriéndose el torso desnudo. Sus piernas estaban dobladas de manera poco natural y no podía moverse; sólo lloraba un llanto mudo y agudo. El cuerpo de Andrea, embutido en ropas y abatido sin mucha violencia, asomaba detrás de la mesa; sus manos aún sujetaban un cuchillo con el que no había logrado defenderse.

El acusado intentó seguir a Mónica, pero desistió y volvió al depto. Pateó el cuerpo de Augusto dentro y trabó la puerta a sus espaldas volcando una de las bibliotecas encima. Clavó su mirada en Sabrina, le bajó los pantalones a Augusto y lo penetró a gritos, bombeando la sangre del cuerpo que se surtía a chorros por el garguero. Entonces comenzó a llorar y lloró desconsoladamente. Se desacopló de Augusto y dejó ver su miembro flácido, inútil y mugriento. "No sirvo para nada", se confesó y se acercó a la chica pretendiendo una sonrisa. Le apartó las manos de sus senos y le acarició los pezones. "Arrancarlos... como pétalos...", murmuró. Le secó las lágrimas y metió el pulgar bajos sus labios para sentir sus dientes, presionando sólo apenas. "Puedo partirlos... y obligarte a que los tragues". Se sumó al llanto. La abrazó y buscó consolarla y consolarse, pero pronto se cansó del tierno rechazo de Sabrina.

Comenzaron a golpear la puerta y la barrera que había improvisado no soportaría demasiado. Se levantó, tomó el cuchillo de las manos de Andrea y se arrancó un testículo. Se volvió a Sabrina y se lo ofreció. Ella trató de escaparse, pero la parte inferior de su cuerpo seguía sin responderle. Él insistió entre lágrimas y presionó su criadilla contra sus labios.

Entonces abrieron la puerta.

Deliración 517: Sereno 17

Cuenta que el resto de la jornada se la pasó despierto, que no recuerda si volvió a su casa ni si durmió algo durante el día; sólo que, cuando llegó la noche, se descubrió sentado en el escritorio del edificio de Laprida y Cañada. No recuerda haber llegado ni haberse cruzado con nadie, pero supone que debe haber conversado con más de alguno porque tenía el termo cargado con agua caliente (gauchada que solicitaba a distintos inquilinos al azar).

Cuenta que habían pasado más de ocho meses desde la última vez que había secuestrado, violado y asesinado a una chica. Si bien no refiere detalles, esa última vez no la había pasado tan bien tampoco, pues que no había alcanzado el orgasmo. Ya no lo disfrutaba tanto; de hecho, se había aburrido.

Cuenta que sin saber muy bien qué hacer, revisó entonces su teléfono por pura costumbre. La primera publicación que se manifestó en Instangram fue la última de Luciana: la portada de un apunte fotocopiado que leía "Estática y Resistencia de Materiales" junto a un mate cebado y su mano con uñas pintadas de negro acariciando el título. Bajo la imagen, su descripción prometía "Estudiando sola en casa #finales !!!"

Cuenta que lo tomó como una invitación y subió al 4to piso.

Deliración 516: Sereno 16

Preguntado sobre la masacre del 4to piso, guarda silencio y de repente comienza a contar sobre una tal Melina, una chica de otro edificio. Cuenta que, si bien era atractiva, nunca le había llamado la atención; ni siquiera lo suficiente como para meterse en su departamento. Resulta que una noche la vio llegar llorando (cosa que no le resultaba muy extraña tampoco, pues que muchas llegaban en ese estado después de pelearse con novios, novias o amantes; manifestando algunas recurrentes signos de palizas) y por primera vez en su vida sintió una urgencia casi paternal de calmar esa pena. Una manifestación de súbita empatía, sin vestigio alguno de sexualidad ni violencia. Le preguntó qué pasaba y, sin que pudiese controlarlo, simplemente la rodeó con sus brazos... sin sujetarla, sino conteniéndola. Ella lloró sobre su pecho y luego le abrazó como pudo. Él sintió que su vacío se llenaba de angustia e, inesperadamente, se le acalambró la garganta. Desconcertado, no supo que hacer y se dejo llevar guiado por la mocosa. Se sentaron en los peldaños de la escalera y ella le contó su desgracia tan superficial y evitable que no pudo sentir otra cosa más que ternura.

Al cabo de una hora (o quizas dos, o tan sólo 30 minutos), ella se calló; ya había contado todo lo que tenía para contar. Le sujetaba las manos, jugeteando apenas con sus dedos tan finitos. Levanto la vista hasta sus ojos, expectante; acostumbrada a la manifestación sexual tras un acto de confesión. Él simplemente le sonrió serenamente, le besó la frente y la mandó a dormir. Ella devolvió la sonrisa sintiendose desahogada, reconfortada y agradecida. Se acomodó el pelo detrás de sus orejas, se puso de pie planchando su falda con una memoria muscular prolijamente inconsciente y corrió las rejas del ascensor. La despidió y se apoltronó ante su enclenque escritorio de aglomerado humedo y sarnoso.

Al cabo de una hora, decidió entrar en su departamento. Melina vivía sola y ya estaba durmiendo. Sobre la mesa de luz había un cubo de cristal que iluminaba la habitación refractando la luz que entraba por la ventana. "Recuerdo de Mar de Ajó", leía.

Entonces sonó el timbre. Melina despertó y lo descubrió de pie a su lado. Comenzó a gritar sin siquiera reconocerlo. Su instinto de supervivencia se activó, tomó el cubo y lo emprotró en la cráneo de la chica. Melina se sacudió y de repente sus extremidades dejaron de responder correctamente.

Sin saber muy bien qué hacer, se dirigió a la cocina y levantó el auricular del portero eléctrico sin decir palabra alguna. Del otro lado, el novio de Melina le pedía que le abriese la puerta, que quería hablar, que sabía que se había comportado como un boludo. Él presionó el botón y le dejó pasar. Lo acuchilló en silencio, le recortó el rostro y dejó los colgajos de piel sobre el pecho de Melina. Cuenta entonces que la desnudó encurioseado por la sangre y la cercanía de sus tetas; pero la descubrió demasiado plana e infantil, y sólo sintío vergüenza de sí mismo.

"Pobre chica", dice; "supongo que todavía no la encontraron".