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Deliración 48: Una oración para don Néstor.-

Había ganado uno de los canarios de Si lo sabe, cante y lo tenía ahí encerrado en su jaulita junto al crucifijo y las ramitas de laurel achicharradas, arriba de la cama, su cama, húmeda y áspera, con ese colchón tan finito que traslucía la parrilla de madera y dejaba pasar ese frió constante que venía de la ventana angosta y alta, de madera vieja, gris e hinchada, con los vidrios rotos allá arriba; ese frió que calaba los huesos y que junto con esa humedad que desparramada por las paredes llenas de hongos y machimbre podrido, contribuían a esa tos y a esa flema y a ese dolor en el pecho y en la garganta y en la espalda y en las piernas que impedía que saliera más lejos que a la vereda donde todos los días veía pasar a esa chica preciosa con ese perro horrible, esa chica que ni los miraba, ni a él ni a su amigo, los dos sentados en ese banco de madera sin respaldo y sin nada más que hacer que mirar la calle y charlar y quejarse e irse al baño a llorar esas lágrimas secas con esos ojos secos que no se acostumbraban a la vergüenza de pedir que alguien lo limpie y lo cambie y tomar las pastillas y volver a la cama, a su cama, entre tantas otras camas cargadas con esos bultos tiritantes cubiertos por frazadas que nunca alcanzaban y empezar un solitario que nunca terminaría porque se acordaría de darle de comer a su canario, el mismo canario que se había ganado en Si lo sabe, cante y que lo tenía ahí encerrado en su jaulita junto al crucifijo y las ramitas de laurel achicharradas, muerto y cubierto de mijo podrido, sin que nadie lo notara jamás.

Matsuo