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Deliración 93: Una de tiros.-

El sacudón había sido mucho más fuerte de lo que se habría imaginado. Le hormigueaba el brazo y en sus oídos todavía retumbaba el eco de los disparos. Estaba en cuclillas, con la pistola colgando entre sus pies, a unos dos metros del cuerpo. Lloraba. El primero había dado en el estómago. Una de sus piernas había cedido, talvez por mero acto reflejo, y cayó de rodillas. El segundo dio contra la pared y el olor a pólvora se mezcló con el del reboque húmedo. El tercero volvió a dar en el blanco. El hombro estalló y el cuerpo se sacudió hacia atrás bruscamente. La nariz y la mandíbula desaparecieron con el cuarto. Los dientes salieron por la nuca y rebotaron contra la mesita de luz. El quinto disparo erró nuevamente y sólo destrozó un cenicero lleno de filtros y fósforos quemados. En una nube de cenizas, vidrios y astillas, el cuerpo se desplomó contra la pared. El cuadro al que me refiero sucedió hace no muchos años en un pueblito de las sierras. La noche comenzó con una discusión estúpida, no muy distinta de las acostumbradas. Por alguna razón los gritos dieron lugar a los empujones y los empujones a los manotazos. Siguieron más golpes y unas cuantas patadas, se arrojaron lámparas y adornos, y se esgrimieron cuchillos y hasta una tijera. Quizás las causas se remontasen hasta el mismo día en el que se conocieron, un martes, 7 años antes, mientras estudiaban en la capital. Ella llevaba una pollera y a él le llamaron la atención sus piernas. Él estaba borracho y ella lo encontró divertido. Noviaron varios meses, se fueron a vivir juntos y al final se casaron. No tuvieron hijos ni mascotas, sólo un auto. La mano cansada se desplomó inerte, tras un sexto disparo, salpicada por sus propios sesos, sobre el piso de madera. La idea de un divorcio nunca cruzó por sus cabezas. Al parecer, se querían demasiado.