Deliración 95: En un día patrio como hoy.-

Se había quedado dormido con el pucho en la mano. Se ve que había terminado de sacarlo por puro acto reflejo porque lo tenía enredado entre los dedos junto con el paquete rojo y blanco y el encendedor amarillo. Tenía pantalones negros, botines marrones con venas grises, una campera azul y un gorrito de lana negro con una inscripción colorada que no alcanzaba a leerse. Estaba sentado en un banco de cemento, con las manos cruzadas entre las piernas y el cuerpo ladeado para un costado, echado sobre una bolsa de mercado vieja de trama escocesa, esas de las abuelas. Estaba rodeado de perros siesteros, onanistas y mugrientos. A unos cuatro metros, unos chicos jugaban un picadito ruidoso. Cada tanto aprovechaban un lateral para tirarle un pelotazo. Apuntaban con malicia y precisión. Erraban a propósito. Del otro lado había una parejita sentada sobre un tapialcito. Ella hablaba animada sobre sus amigas y sus novios, esperando que la callara con un beso. Él escuchaba desinteresado, con la vista fija en la pelota, esperando un corner exagerado. Cuando se decidió a besarla, la pelota picó hasta sus pies. Él se acercó, la levantó y la pateó al centro de la cancha. Los pibes agradecieron y él se volvió orgulloso y contento. Ella había dejado de hablar y lo miraba resignada. Otro, desde la esquina, le envidiaba la suerte. También esperaba desde hacía rato un pelotazo perdido. Juntó su portafolio y cruzó la calle. En la fuente, un pibe mojaba las patas mientras espiaba a una mina asomada al balcón de enfrente. El sol lo encandilaba y no le dejaba ver bien si la mina parecía o estaba realmente en bolas. Nadie, ni siquiera los perros, notó cuando el pucho cayó al piso y el croto dejó de respirar.