Deligación 120: Un tipo extraordinario.-

Dejó su montura ratatatera y roñosa debajo de un paraíso flaco, alto y generoso en sombra y bolitas carozudas y babosas, y se metió de lleno entre esos pajonales resecos, pinchudos y sofocantes hasta llegar a los pies del laurel enfermo y leproso que había escupido un algo chiquitito y ruidoso que no había alcanzado a ver bien y que sin duda se habría perdido en el denso pulóver de yuyos, cardos y raíces de no ser por la puntería de su memoria que lo encontró enseguida. Era un Mesías diminuto y atolondrado, que se había lanzado al mundo sin siquiera poder caminar sobre las brisas. Se lo metió en el bolsillo y se lo llevó a su rancho personal para cuidarlo y ponerlo en forma. Lo curó, lo alimentó y lo crió como si fuese cachorro de su cría. El Nazareno se acostumbró a los fustazos porque supo que era por su bien y que necesitaba disciplina ya que su celesticidad se le subía, cada tanto, a la cabeza, incluso por encima de la aureola. Aprendió lo que tenía que aprender y lo ayudó en lo que le pudo ayudar. Tiempo después, ya crecido uno y viejo el otro, el Mesías fue sorprendido por una mano que, extendida hacia él, le entregaba las llaves de esa vieja montura ratatatera y roñosa, y un sobrecito con plata. Se abrazaron, lloraron y se las tomó roñosa y ratatateramente hacia el mundo. El viejo, la verdad, hubiera preferido que se quedara y rechazara todo, pero para qué, si él ya se estaba muriendo y el banco le había expropiado las tierras.