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Deliración 139: Comentarios del sobreviviente.-

La vieja estaba enroscada sobre sí misma como un racimo de grietas; estaba esperando un taxi y decidí seguirla hasta el 56 de calle Ipanema, trepé hasta la ventana que daba a su departamento y me escondí en un armario lleno de escobas y tarritos de mermelada vacíos o llenos de botones y tornillos y trapos (el armario, no los tarritos) y un plumero y pilas de diarios viejos y revistas Burda y una ventanita chiquitita que daba a la ventanita del armario del departamento de enfrente por la que un tipo flaquito trataba de escaparse de una gorda que lo tironeaba de las patas y recién cuando se hizo de noche salí y me hice algo de comer mientras la viejita dormía sentada frente al televisor en un sillón de terciopelo mugriento y fue entonces cuando descubrí que no era el único, que había otros en los armarios y debajo de las camas y detrás de los muebles más grandes, y si bien al principio todos contribuimos al alzehimer y a la paranoia de la vieja, poco a poco comenzamos a pelearnos no sólo por el espacio y el alimento, sino también por las pastillas y los favores sexuales que nos brindaba la vieja dopada, y era cosa de perseguirnos por las habitaciones y emboscarnos en las alacenas y acuchillarnos y destazarnos y desangrarnos y trozarnos hasta que al final sólo quedé yo solo con la vieja nomás que ya estaba por morirse, pero de vieja nomás, así que aproveché una noche en que la enfermera dormía a pata suelta, antes de que los hijos y los nietos de la vieja le saquearan la casa, y me llevé todo aquello que podía llevarme y vender, picaportes, portarretratos, unos collares y unos aritos, algo de plata, un prendedor, un doblón y una caja de caramelos ácidos, y así volví a casa después de dos años con algo de plata y mi familia, que no me esperaba, me recibió como si nada.