Deliración 170: A mi querida locura mía...

Ay, y qué cierto era eso de lo que tanto se enorgullecía, pero de qué le sirvieron tan románticas y sensuales, desparramadas entre tantas y tan variados remitentes, cuando vencido el plazo de sus vidas, le embargaron su eternidad ante la insistencia de todas aquellas almas en pena que se aparecieron, una a una, reclamando tras las rejas de su infierno, la cuota prometida, esgrimiendo, como prueba fehaciente, sus propias cartas como pagarés de amor eterno.