Deliración 204: Ocho - Fantasía erótica.-

Recién cuando se sopló los mocos arriba del colectivo comenzó a percibir, entre el bando a podrido de Lomas, ese perfume a pelo largo, húmedo y tibio lavado con crema de enjuague que tanto le fascinaba y miró a sus costados y hacia delante y a sus espaldas, mientras se secaba la nariz con un bollito de papel húmedo y usado tantas veces, tratando de mantenerse en pie, sujeto sólo con una mano en un ángulo demasiado incómodo, bailando un vals de baches y pozos típico de los valles del Camino Negro, pero por más que buscara no encontraba y, lo que era peor, el aroma menguaba, así que ahí nomás le pegó el grito al colectivero que sin parar abrió la puerta, y él, que no le importaba, se arrojó a la noche en medio de la nada, en un abismo playito entre un arroyo rancio y una obra en construcción, y rodó y se raspó y se paró y volvió a sonarse la nariz con otro pañuelo y comenzó a correr entre las pircas y las matas y saltó alambrados, tapiales y patios y trepó balcones y rompió ventanas y volteó puertas y atravesó todo lo atravesable y derribó todo lo derribable, olfateando, siempre olfateando, todo, las calles, los pasillos, los techos, los baños y los dormitorios, todo, luchando contra esa sinusitis que no lo dejaba respirar y le hacía perder el aliento y le impedía mantener ese trotecito parejo y desesperado y cada tanto le impedía oler y olfatear y seguir ese perfume hasta que tropezó con una farmacia y atravezó la vidriera y exigió algún descongestivo de uso tópico y acción inmediata y se exprimió dos envases en la napia y chorreando flema por la barba, el cuello, la camiseta y el bremer y siguió corriendo por pasajes, calles y avenidas, llevándose por delante motos, camionetas y trenes y dejó detrás un cartel que decía zona urbana y se metió entre sojas y maíces y cardos y paraísos y espinillos y kinotos y llegó a un rancho en medio del monte y entonces la vio, desnuda, con el pelo mojado pegado al cuello, los hombros y las tetas blancas, de pie, junto a la palangana de chapa y una pava humeante, envuelta en un vapor blanco que salía de un agua rosa y espumosa, con la botella de plástico amarillento de la crema de enjuague en las manos cubriéndose los pechos, pero no tanto, temerosa, retrocediendo con pasitos cortos, sorprendida y excitada, natural, radiante y pura, en celo y predispuesta, y él, asqueroso y mugriento, arañado y harapiento, empapado de sangre y de un moco baboso, sonándose la nariz por última vez, sacudiendo sus manos cubiertas de flema, olfateando el aire, asegurándose de que era ella y no otra la fuente, se acercó y le dio vuelta la cara de un sopapo y la llamó gorda de mierda y se puso a llorar desilusionado.