Deliración 286: Ése, el otro.-

Solo tras el mostrador de la conserjería, petiso, nacido viejo y feo; de aspecto pulcro mas con mal olor y pocas duchas; atento, gentil y desconfiado; locuaz, reservado y con un manejo del francés envidiable, pasaba en limpio la pila de papeles arrugados que le habían dejado sus compañeros cuando confirmó el rumor al manifestarse en persona, presentándose con su nombre, revelando con quién había hablado y explicando a qué había venido.

El viejo conserje recibió al nuevo sin darle la bienvenida. Le indicó su puesto, le impartió una serie de instrucciones poco instructivas y se guardó la llave de la caja en el bolsillo. Hablaron poco durante el transcurso de la tarde que se hizo larga e insoportable como todas las tardes en el hotel, y las pocas interpelaciones que se dieron a lugar tuvieron un móvil estrictamente laboral. Merendaron sus correspondientes cafés con medialunas cuando el horario lo creyó conveniente y se turnaron, primero uno y luego el otro, para traer y llevar la bandeja a la cocina del bar.


Se hicieron presentes, como de costumbre, los gerentes, el contador, los nietos y los secretarios del dueño, el encargado de mantenimiento y el gordo de la playa de estacionamiento. Cada uno a su manera y por separado charló con las mucamas, los mozos y lo clientes. Hubo pocos ingresos y ninguna salida; era miércoles y la mayoría de los pasajeros eran viajantes que sólo los fines de semana abandonaban el hotel.

A las once llegó el encargado del turno noche. Se saludaron, se presentaron, controlaron la caja y se despidieron.


Llegando casi a la esquina, el viejo conserje echó una miradita recelosa por encima de su hombro derecho. Allá lejos, en la otra cuadra, un bulto bípedo avanzaba hacia la cañada. Era él, sin duda, el otro, ése, aquel que había venido a usurpar su puesto y su vida.