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Deliración 358: A darle rosca, caballero...

Se dijo que perdió tanto tiempo dedicando su tiempo a pensar en que su problema radicaba en la necesidad de aprobación por parte del resto, sus otros, para llegar luego a ese hoy en esa piecita que hacía las veces de consultorio modesto y pituco donde le voltearon la tortilla auto-conspirativa de su humilde subconsciente pues que, según palabras de su analista, "y si el tema fuera que, en realidad, su necesidad es la de desaprobar aquello que defiende a capa y espada, caballero" (en un tono de irónica pregunta, por cierto); y sin posibilidad de cantar retruco, fue largado a la calle, desnudo y sin saber muy bien qué era lo que defendía, si su vocación, sus sueños, su criterio, su razón, su conducta o lo que sea; pero, como sea, fuere o pareciere, se sentó en la vereda de la plaza mirando su minúsculo pitito, desviando sus pensamientos a un "si por lo menos fueras más grande" y alzando la vista al cielo para encauzar nuevamente el hilo de sus ideas a un "al parecer no necesito un empujoncito para comenzar o bien continuar mis proyectos de vida, sino que lo que busco incansablemente no es otra cosa que excusas para derribar iniciativas y mis escasos alzamientos de autoestima para mantenerme quieto en este cómodo limbo del no ser con tantos potenciales desperdiciables" y entonces, como si fuera poco, un helicóptero oficial pasó a lo lejos, en ese mismo cielo, y se imaginó piloto y se imaginó volando por la sierras y se imaginó de viaje, más lejos que ese a lo lejos y en otros tantos cielos, pero se recordó que con su problema de miopía y astigmatismo nunca le darían el carnet de vuelo.