Deliración 366: A una mano de distancia...

Habíamos desperdiciado tanto tiempo buscando las señales que debía enviarnos el destino y, sin embargo y a pesar de todo, estábamos a sólo una mano de distancia. Por alguna razón los bancos en la facultad nos resultaban mucho más incómodos que en la escuela secundaría. Uno de los dos preguntó algo y el otro respondió sin muchas ganas. De repente, me hablabas. No recuerdo qué era lo que decías, pero me hablabas y yo no sabía si tenía permitido mirarte a los ojos. Besabas el aire, pensaba. Eras delgada y graciosa. Practicabas tu determinación atravesando tus rodetes con biromes que jamás manchaban tu cuello. Por alguna razón, sólo arremangabas una manga de tus pulóveres holgados, aunque no me acuerdo cuál de las dos era. Tras el escote de tu camisa, tus lunares y pecas marcaban un sendero que me guiaban hacia tus... "¿Qué mirás?", me dijiste interrumpiendo el hilo de mis pensamiento entre consternada y ofendida. "Tus tetas, Marcela", te dije sorprendiéndonos al decirlo y sin pensarlo demasiado ratifiqué mi enunciado: "lo que miro son tus tetas". Estábamos a sólo una mano de distancia, trecho suficiente para una cachetada o un escándalo; pero, sin embargo y a pesar de todo, me regalaste tu primera sonrisa y acomodaste tu camisa -no mucho, por cierto, sólo por formalidad y con cierta cortesía-.