Deliración 390: La rusa 4

Cayó de rodillas y lo sacudió un balazo en el hombro. Tras una de las esquinas, cerca de donde comenzaba la galería, alguien gritó que había saltado por la ventana de atrás; era un pibe. Kozinsky se arrastró, apuntó por reflejo y disparó; la cabeza del pibe voló en pedazos. Gritos, más gritos y otras tantas siluetas se fugaron por el patio. Kozinsky disparaba por costumbre y corría iluminado por el fuego de su casa cuando fue alcanzado por una nube de perdigones. Cayó salpicado en su carne y se sorprendió a sí mismo volviéndose para ver a la muerte de frente. Recortada por el marco de la ventana de su cocina en llamas, la silueta de un gordo recargó una escopeta y apuntó; sin embargo, su mujer, la mujer sin nombre del ruso Kozinsky, disparó a quemarropa hasta vaciar su revólver, quizá para exigir su propia muerte. El gordo cayó desfigurado y las sombras del pasillo se aseguraron de fusilar a la mujer con la que había compartido gran parte de sus últimos seis años.