Deliración 395: Las hormigas
Inundación y rituales 3

No escucho la radio, odio la radio, no me moviliza escuchar música en general y no soporto la buena onda de los locutores en particular; sin embargo, por aquel entonces, una locutora se había ganado del goce de mi agrado. La había descubierto mi mujer en su trabajo, y por un tiempo la había escuchado, pero luego la cambió por los mismos de siempre que cambiaron de nombre al programa y poco más que eso. Yo, por el contrario, seguí escuchándola cada tanto, porque en ella descubrí algo que me atraía; y nunca supe bien qué era. Su inocencia, su desinterés, su tristeza, su soledad, su ironía o su frágil fortaleza; quién sabe... Quizá, simplemente, su voz invisible desmudecía mis fantasías.

La escuchaba asomado al balcón, escapándome por las sierras que mal se escondían detrás de los edificios. Aquella tarde, habló de nada, como de costumbre, y me hizo reír en el asma de mi departamento. Lavé el mate de mis dientes y salí a la calle como ella había sugerido.