Deliración 451: Y por casa cómo andamos?

Nos enamoran las diferencias, lo distinto; pero nos falta la costumbre. Empezamos extrañando a los amigos y la familia (aunque no tanto), y suponemos que sólo los querríamos presentes para compartir las novedades; pero después nos descubrimos armando playlists con las canciones que ellos escuchaban, como sembrando la casa y la oficina con sus recuerdos (pero sólo acomodamos sus fantasmas).

De repente, un día, nos derrumbamos; nos largamos a llorar como nenes. Sucede en segundos y dura otros tantos, supongo que se trata del magún fulminante del que hablaban mis abuelos.

Al tiempo, volvemos; y nos chocamos de lleno con las excusas por las cuales nos fuimos... y es que ya perdimos la costumbre. Los sonidos y aromas son sólo ruidos y olores filtrados por nuestra memoria. El contacto, que uno necesita y tanto extraña, resulta ser mucho menos del que uno añora y espera. Encontramos todo distinto y familiar; en parte reciclado, en parte más maduro, en parte demasiado senil y abandonado... ajeno... (desconfío de cuán real habrá sido aquello que recuerdo). Los abuelos también hablaban del desarraigo; pero creo que hay algo de olvidar a propósito para reinventar nuestra historia.

Los sabores, sin embargo, son los mismos, irreductibles; inmensos como el paisaje. También nos sorprende descubrir quiénes nos extrañan y quiénes acomodan nuestros fantasmas en sus casas. Los hay quienes ya nos enterraron, otros a los que nunca importamos, y hay quienes aún nos esperan.

Nos persigue el tiempo que no alcanza y la inminencia de la distancia. "Quizás", uno piensa, "sea la última vez que los vea".