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Deliración 460: El cliché - 6

Entonces descubrí que se alquilaba la casa que había sido la pensión donde había vivido de estudiante. Fui a verla y la encontré reciclada en una casona vintage muy distinta a la casa que había sido en su antiguedad. La alquilé y fui a hablar con mi jefe para presentar la renuncia. Hacía casi 20 años que nos conocíamos, desde la facultad, y, de hecho, había vivido unos meses en mi habitación (en esa misma pensión que acababa de alquilar); por lo que teníamos una relación muy parecida a la amistad. Me convenció de no renunciar y me derivó con un psiquiatra amigo que me dio licencia por 6 meses con goce de sueldo. A él no le importaba (a nadie le importaba), el dinero venía de afuera; y yo acepté.

Cuando le mostré la casona a Bruno, me dijo que no le gustaba, y cuando le conté que mi idea era la de abrir una pensión, me sugirió que probase con un hostel; pero le dije que no, que los hostales me hacían acordar a su mamá. Me parece que eso no le gustó mucho, pero me entendió. Me dijo que si necesitaba ayuda, el podía venir de vez en cuando. Así que nos pusimos a remodelar la pensión de acuerdo a como me la acordaba, cosa de hacerla menos pretenciosa y más sencilla.

Yo ocupé la misma pieza que había ocupado con mi hermano, y por la que pasaron otros 5 pibes a lo largo de mis 7 años de inquilinato.