Deliracion 464: El cliché - 10

Los salteños trajeron la joda y el ambiente estudiantil que yo extrañaba; pero al cabo de unos meses, me di cuenta de que estaba viejo. Me puse hostil, sobre todo con el pibe; porque no me podía enojar con la novia de mi hijo. Ella era tranquila, pero era chica; tenía mucha energía, nunca dormía. El hermano era un gordo bocón, un abriboca que no se sabía callar. Los eché en cuanto Bruno se peleó con la chica.

Como discutíamos seguido, el gordo forro sabía volver a la madrugada en pedo y trompearme las celosías de la puerta de mi pieza. Yo lo corría a palazos con la escoba, y supongo que se iría a pasar la noche a plaza Colón o a lo de un amigo. Al otro día venía la hermana pidiendo disculpas, y tenía que aceptarlas por Brunito; así que tenía que permitirle el ingreso al gordo de vuelta. Sí, yo me puse hostil, pero se lo tenían merecido. El correntino se fue más o menos en esa época (no sé si eso habrá tenido que ver, ahora que lo pienso).

Tiempo después nos entraron a robar por primera vez. Estabamos el gordo y yo, cada uno en su pieza, pero con la puera abierta. Entonces vimos que saltaban el tapial desde lo del vecino. El gordo les hizo frente hasta que vió que estaban armados, entonces reculó y ahí nos cagaron a palos a los dos. No se llevaron mucho porque venían cargados de lo del vecino, sólo mi laptop, el teléfono del gordo, la plata que encontraron en las piezas y, por alguna razón, reventaron contra el piso el televisor de la abuela del gato (era un Telefunken de los ochentas). Cuando se fueron, el gordo me ayudó a levantarme y me preguntó si estaba bien; no le respondí y me encerré en mi pieza llorando como un nene.