Deliracion 465: El cliché - 11

La segunda vez que nos robaron fue un año más tarde. La pensión estaba casi completa, y después de la experiencia con los salteños, empecé a tomar entrevistas antes de alquilar una pieza; y bueno, estaba entrevistando una chica. Muy linda, pobrecita; se asustó mucho (dieciocho años tenía).

Me acuerdo que mientras contaba de sus cosas, me dijo que era vegana. Yo me reí y le dije que yo había tenido un perro vegetariano, acordándome del Pirata empecinado en comerme las plantas del patio. Parecía una oveja de lo que pastoreaba, el desgraciado. Ahí nomás también se me vino la imagen de sus soretes trenzados en yuyos que no digería y que le colgaban del culo como llaveros de caca. Tenía que sacárselos a mano, enguantado con bolsitas de nylon o papel de diario. Que barbaro como lo que da bronca entonces, luego se recuerda con nostalgia; y la nostalgia te dispara esas relaciones que te dejan en bolas. Inmediatamente me acordé de cuando le cambiaba los pañales a Brunito, nuestro bebé... y de Romi (o Víctor), el bebé que no llegó a ser... Me sentí solo, desolado, y casi me largué a llorar frente a la chica; pero la piloteé de alguna manera.

Los choros entraron cuando salí a despedirla (nunca supe si justo pasaban por la vereda o estaban esperando la oportunidad). Se llevaron más o menos lo mismo que la otra vez, pero al final se pusieron a manosear a la chica. Yo no hice nada, me la quedé mirando: el miedo. Me miró, y vi los ojos del Pirata en uno de sus ataques, quedándose sin aliento, mirándome sin entender... Por suerte llegaron dos de los chicos que alquilaban, y los choros aprovecharon para escapar.

Obviamente, la chica no me alquiló la pieza al final... y sí...

Esa noche me llamó la mamá de Bruno, para ver cómo estaba. Le dije de juntarnos a almorzar en una fonda cerca de casa. Le conté todo y garchamos a la siesta, diez años después de habernos divorciado. Todavía no se lo contamos a Brunito.