Deliración 467: El cliché - 13

Después de esa tarde, en lo único que pensaba era en salir (de dónde): estar afuera (de qué). Supuse que quería viajar, así que me volví para Rafaela.

Mi viejo ya se había muerto hacía unos cinco años (más o menos en la misma época en que alquilé la pensión); y mi vieja se había ido a vivir sola en la casa que había sido de mi abuela (la mamá de mi papá). Mi hermano se fue a vivir a la que había sido la casa de mis viejos (bah, nuestra casa), y había puesto en alquiler el caserón que se había construído (él sí cumplió la fantasía de comprar el lote y construír). Mi vieja vivía entonces más que bien con su jubilación, la pensión de mi viejo y la renta de la casa de mi hermano.

Me quedé haciendo de hijo durante casi una semana. No hablábamos mucho, me hice fama de parco a propósito, y más que nada me quedaba mirando el patio y cómo cuidaba del jardín. Yo ya no tenía jardín, nada de verde desde que me mudé a la pensión. Tantos años y no lo había notado. Reconocía la casa de mi abuela, pero apenas; mi vieja se había asegurado de hacer acto de poseción efectiva de la cosa y reclamarla propia. La pieza donde yo dormía, por ejemplo; había sido la pieza de mi viejo (hijo único) cuando chico, y ahora había dos camas en lugar de una. Era nuestro cuarto, nuestras cosas (lo que ella había guardado, lo que ella había decidio recordar de mí y de mi hermano); incluso las sábanas eran las mismas. También estaba lleno de cosas de mis sobrinos, una presencia inevitable; pero todavía estaban nuestros playmoviles, los rastis y las repisas que habíamos armado en la clase de carpintería. Arriba del ropero, encontré la caja de botines con nuestra colección de etiquetas de cigarrillos; aún con ese asqueroso olor a pucho.