Deliración 468: El cliché - 14

Mi vieja nunca fue muy buena cocinera, así que la mayor parte del tiempo pedíamos comida afuera. Ahora hay mucha más variedad, pero se han perdido muchos de los sabores tradicionales; y uno (cuando vive lejos) no vuelve para encontrar lo nuevo. Esa noche pedimos fugazzeta y napolitana de Parra, y empanadas de jamón y queso de Prone; y empezamos a hablar de papá.

Papá se murió de un infarto, al igual que el abuelo. Los dos aguantaron más o menos diez días en terapia, despertando cada tanto para ver quién había venido a visitarlos; pero finalmente murieron sedados. Me recriminó a su manera el que no haya ido a visitarlo mientras estaba internado. Me dijo que había preguntado específicamente por mí, que quería verme; pero yo nunca aparecí (y eso que me habían llamado). Le dije que por ese entonces estaba pasando por una etapa difícil, que no sabía qué quería de mi vida, que me sentía distanciado del mundo, ajeno a todo. Me dijo que era un pelotudo, prepotente que me creía superior a todos los demás. Que no tenía excusas para no haber ido a saludar a mi viejo antes de que se mueriera. Le dije que probablemente tenía razón; entonces me pegó una cachetada.

"Cuánto tiempo más te vas a quedar?", me preguntó; "no sé" le dije casi en silencio. La miré, vi que me miraba aterrada (pero más que nada ansiosa) y me preguntó: "vos... vos vas a festejar tus cincuenta acá en casa conmigo?"

Le dije que no y me volví a Córdoba al otro día.