Deliración 484: El cliché 20

Me enteré de la muerte de la abuela, la del gato (la de la pensión, no mi abuela), cuando estaba en Dina Huapi (cerca de Bariloche); una semana más tarde. Ese mismo día comencé con el blog… como que me agarró una necesidad de trascendencia urgente. La abuela se murió sola, supongo que en una sala común de un hospital público; sola entre tantos desconocidos y tantos enfermos. Sola y sin que nadie la visite… sin que nadie sepa de ella… sin que nadie la recuerde. Inevitablemente me acordé de mi vieja, allá en Rafaela. Sé que no está sola, pero la culpa de mi distancia me hace imaginarla sola y abandonada. La abandoné, es eso; abandoné a mi vieja… y todavía no sé porqué me alejo tanto de ella. La primera palabra que se me viene a la cabeza cuando pienso en ella es ‘asfixia’, pero no sé cuánto es mío y cuánto es de mi viejo. Si hay algo que hizo mi vieja en su vida fue preocuparse por nosotros (y hablo de mí, de mi hermano y mi viejo). Preocuparse tanto que nos filtró gran parte del mundo, evitándonos problemas de los que se hizo cargo sin que nosotoros lo sepamos ni se lo pidamos. A pesar de complicarme todo y hacer de todo un lío, debo reconocer que me hizo la vida mucho más fácil; y quizás ese haya sido el mayor problema. Me preparó para su fantasía y, cuando tuve la oportunidad de de elegir, me fui para otro lado; aunque no creo que haya sido voluntad mía en absoluto. Fue más bien una reacción, un reflejo instintivo y primario: llevarle la contra.

Es una culpa particular la que uno siente por una madre (por lo menos, siendo uno un varón). No hay bronca, o no tanta; es más bien como una deuda ante un fiado cuyo acreedor nos dijo que no hacía falta pagar. Pero ni siquiera nos hizo un favor, sino que nos crió y nos quiso con locura. Es la culpa de haber sido queridos más que a ninguna otra cosa en todo el mundo… Es la culpa de haber querido tanto y luego de habernos enamorado de otra cosa. Es la culpa de meterle los cuernos a quien nos regaló la vida. Qué hija de puta… no hay forma de compensar eso.

Quise llamarle, entonces; escuchar su voz y saber que estaba bien. Escuchar su voz y confirmar que fue la vieja del gato la que se había muerto… Que ella seguía allá, en Rafaela. Pero no pude, no sé… tampoco pude escribirle un mensaje. Improvisé el blog, publiqué el primer post con unas fotos del día anterior y contando un poco de los lugares y la gente que había conocido; y después le mandé el link. Me preguntó qué era eso que le mandaba y le expliqué la idea de Bruno y cómo podía hacer para suscribirse. ‘Hermoso’, respondió ella (junto con algún que otro emoticón inconsistente). Yo respondí 🙂 como si fuese un nene…