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Deliración 499: Yo que vos, me vuelvo 15

La partera llega cerca de las 11pm. Mide la dilatación y confirma que la bebé puede nacer dentro de una hora. Pide la caja que el hospital había enviado por correo un par de semanas atrás y comienza a acomodar la cama, forrándola con una especie de pañal enorme. Le pide a Simón que prepare té. Su padre no puede creer que el parto suceda en la casa. Simón le pide que se encargue de Simon, que también está ansioso; que lo saque a pasear, que haga algo.
Cuando vuelve a la habitación con las tazas de té, se encuentra con que el trabajo de parto ha comenzado. Su mujer estás desfigurada, gritando en silencio; contrayendo cada músculo de su cuerpo en una mueca espantosa. La partera está entre sus piernas, impartiendo instrucciones a su esposa en ese idioma de mierda con una calma inescrupulosa y mecánica; imperturbable y carente de toda emoción. Simón ve la cabeza de su hija intenando desesperadamente asomarse al mundo. Ve como la partera tira de la cabeza y trata de falsear el esfínter del papo con los dedos. No puede; entonces, toma una tijera doblada y, mientras su mujer empuja, ella desgarra la carne que se abre como un inmenso ojo. Pero no, no es un ojo; es la cabeza del fémur de su mujer que se zafa del hueco de la cadera, como si estuviesen arrancándole la pata a un pollo asado... tirando, retorciendo, trozando. Simón ve los músculos negros de su esposa, los nervios amarillos y el cablerío multicolor de venas y arterias estallando a medida que la tijera corta y corta ycorta como si se tratase de una silueta de papel o un dibujo en una revista. Su esposa se transforma entonces en un collage de carne y sangre. La tijera sigue recortando madre entorno a su hija, de una manera desprolija y salvaje; trozos de nena que también caen sobre el pañal que cubre la cama: una oreja, un bracito, retazos de cuero cabelludo, tripas, y un algo que parece un flan de chocolate con dulce de leche.
Simón atestigua como la partera está desmembrando a su mujer y a su hija y no puede hacer nada al respecto, ni siquiera gritar, ni siquiera respirar; sólo tiembla, se sacude y el té se derrama sobre la bandeja y luego sobre el piso. La partera se vuelve hacia él y lo mira con desprecio; lo odia, Simón sabe que ella lo odia. Le dice algo, le reprocha algo en ese idioma de mierda. Se vuelve hacia su esposa y la ve estallar asfixiada en un grito primario y bestial. Simón se vuelve hacia la partera y la patea, la mujer trastabilla y cae de espaldas contra un sillón de madera. Le patea el rostro con el talón, toma una de las tazas de vidrio y la destroza hundiéndole el hueso pómulo. La partera trata de defenderse con la tijera, pero Simón ya metió su mano por su garganta y está tirando, tratando de arrancar esófago, lengua y mandíbula. Grita, la partera grita atragantada por su muerte, aterrorizada por ese argentino de mierda que no sirve para nada.
Entonces entra Simon y la partera sonríe, y se vuelve hacia Simón que todavía sostiene la bandeja con las tazas que no han derramado ni una gota de té (pero que ya deben de estar frías). Le pregunta (en ese idioma de mierda) si prefiere que el perro salude a la beba antes que lo haga el propio padre, pero Simón no responde; está llorando. La partera sonríe y le alcanza la niña a la madre, agotada. La nena llora morada y saludablemente.
El papá de Simón, a sus espaldas, dice que es hermosa; y luego lo repite en ese idioma de mierda (se había aprendido la frase en secreto para decírselo a su nuera en ese momento). La esposa de Simón sonríe; se siente violada, pero al mismo tiempo abrumada por una felicidad original... nueva. Simon ladra y se sacude, y trata de besar a la beba. Simón entonces se descubre siendo empujado por su padre y la partera, que le quitan la bandeja y lo acercan hasta su esposa y su hija. Su hija, llorando desconsolada; hinchada y con tanta, tanta piel de sobra, y esa lengua negra, cubierta de cuágulos de sangre y cuajos de vérmix.
"Es...", murmura, "es igual a mamá"; y su padre se larga a llorar.