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Deliración 509: Sereno 9

Le descubrieron poco después de reventarle la cabeza a otra chica. Había pasado menos de un mes desde la primera vez. No sentía urgencia alguna, sólo estaba envalentonado por el éxito anterior. Le persiguieron a los gritos por las vías paralelas a Los Andes y aprovechó la oscuridad de San Martín para esconderse... no lo atraparon.

Comprendió entonces que el exhibicionismo le jugaba en contra; de continuar haciéndolo en los parques, tarde o temprano, terminaría en cana o fusilado. Pensó entonces proseguir en casa, pero qué hacer con los gritos. Recordó la sala de ensayos de la capilla y decidió aislar acústicamente la pieza que había sido de su abuela. Una vez terminado, comprobó la eficiencia del tratamiento manteniendo el televisor a todo volumen durante varias madrugadas. Ni el inquilino de turno del monoambiente de la cochera ni los vecinos notaron nada en absoluto. Procedió luego a amueblarlo con la cama de su abuela y forró el colchón con plástico, para que sea más fácil lavarlo.

Tuvo que esperar más de tres semanas, ya que la presencia policial en las calles del barrio se había acentuado tras el atentado anterior. Rentó finalmente a una de las putas del barrio y la ahorcó disfrutando del forcejeo, los alaridos y las convulsiones de la asfixia. La desnudó, le dio un baño con una esponja y la acostó sobre la cama con sábanas limpias. Le abrió una muñeca con una cuchilla, usó la sangre como lubricante y tercerizó la paja con la mano de la muchacha. Le besó con dulzura, mirándose a sí mismo en esos ojos abrillantados y comenzó a penetrarla suavemente; presionando la muñeca cada tanto, hurgando con las yemas en el tajo, como buscando el clítoris entre las venas y los nervios… Entonces acarició la áspera firmeza del radio o el cúbito y buscó la gelatinosa unión de ambos y lamió jugueteando con la punta de la lengua…