Deliración 215: Diecinueve - Fin.-

22.9.06

Estaba cansado, no se había bañado y el café estaba horrible.

Se había pedido unos panchos para saciar su hambre pero no habían sido suficientes. Todo era tan caro y el tenía tan poca plata que no podía darse el lujo de pedirse unos ravioles con crema y tuco. El estómago se le revolvía. Las salchichas le habían caído mal. Se lamentó no haber traído más empanadas. Las había repartido entre toda la gente que había conocido durante su estadía en esa pituca pensión de Banfield: el enfermero bala y el supervisor penitenciario con los que compartía el baño de piso de barro; el dueño de la pensión, su esposa y sus hijos; las chicas de la estación de servicio a las que perseguía encapuchado en esas noches en que no podía dormir; la vieja del fondo que trababa la puerta de entrada a la pensión para que todos quedasen afuera; los dos pibes que no hacían otra cosa más que tomar mate y mirar el piso de la cocina, talvez, mirándose recíprocamente los pies, los dedos y las ojotas; y todos los perros del barrio.

No le dejó nada al par que era uno ni a su amigo, el músico delirante, por razones climatológicas, ya que llovía demasiado para caminar tanto; como tampoco le dejó nada al pensionista perpetuo, ni siquiera lo saludó a pesar de que éste sí levantó la mano cuando el fugaz se iba con los bolsos.

Tomó un colectivo, luego un tren, luego un subte y, ahora, esperaba por el colectivo, otro, que lo llevaría lejos. Junto a él, los choferes se pedían su tercera Quilmes y más maníes. De tener plata se habría sumado al despilfarro y a la etilia, aportando unas cuantas rondas de fernet con coca.

Se marchaba un viernes, con poco más equipaje del que había traído. Había ido por dos semanas y se había quedado tres. Se olvidaba un par de medias, unos caramelos y un cuadernito con direcciones. A propósito, dejaba un poco de jabón en polvo de baja espuma, aceite y unas galletitas de agua. Todo era parte de su plan.

El traductor errante era ahora el traductor supremo.

Sin embargo, estaba enfermo. No sobreviviría el viaje. No sería la tos, ni la neumonía, ni las heridas sufridas la noche anterior lo que acabaría con su vida. Lo matarían las salchichas de los panchos que se acababa de comer, hervidas en un agua empantanada y fermentada que el panchero no renovaría sino hasta dentro de diez días.

Deliración 214: Dieciocho - El plan.-

21.9.06

Tocía convulsivamente, pero con delicadeza, desnudo y almibarado, sentado sobre ese culo inmenso que tenía, con las piernas, gordas y lampiñas, cruzadas y su diminuta poronga semisumergida en un charco viscoso a escasos decímetros de un tocadiscos a manija que se estaba quedando sin cuerda en el que Edith Piaf se confundía con Leonard Cohen.

No, no es típico de mí, se dijo a sí mismo, y decidió tachar el recuerdo de su memoria, pero no pudo.

Era un enchastre: sangre, tripas, sesos, coyunturas, huesos y trozos varios desparramados por todas partes entre la cera derretida y las velas petisas. Los argentinos, los chilenos, los mexicanos, los brasileros, lo venezolanos, los franceses, los yanquis, los chinos, los coreanos, los japoneses, los árabes, los turcos, los armenios, los daneses y los dos ingleses, todos, estaban muertos, reducidos a empanadas que se estaban fritando en la fábrica de pelucas del fondo y a unas entrañas que enguirnaladaban la oficina inmensa y sin ventanas.

Sólo quedaba el traductor errante, sus cuchillos y muchos disfraces extravagantes.

Deliración 213: Diecisiete - Tercer encuentro con el viajero temporal.-

20.9.06

_ ¿Quiere decirme que viene del futuro?

_ Su futuro ya es mi pasado. Usted mismo lo dijo, una semana atrás.

_ Es la primera vez que lo veo.

_ Sin embargo, para mí, ya son tres.

_ ¿Quiere decir que nos veremos dos veces más?

_ Hasta ahora… Para nuestro segundo encuentro usted irá de rojo y yo también, seremos reflejo y espejo y habremos abandonado nuestra desconfianza.


_ ¿Y la siguiente?

_ ¿Se refiere a la anterior?

_ Será la tercera.

_ Fue la primera.

_ Bueno, lo que sea.

_ Será raro, pero diremos lo mismo.

Deliración 212: Dieciseis - Tocía demasiado.-

19.9.06

Tocía demasiado, estaba flaco y se alimentaba de su propia flema.

Tenía frío y siempre estaba transpirado.

Tenía los pulmones llenos de esputo reprimido y los sentía pesados como dos sachets de mercurio que presionaban sobre su pecho y le aplastaban el abdomen y las tripas.


El agua le raspaba la garganta y, como le picaba, se rascaba con la lengua. La retorcía y estiraba hasta donde llegara, ahí, cerquita de la epiglotis. Entonces comenzaban las arcadas, y cada tanto, vomitaba. Como comía poco, muy poco, sólo vomitaba bilis y agua, ese agua que raspaba.

Deliración 211: Quince - El pensionista perpetuo 3.-

18.9.06

_ Desconfía de los halagos, pues que son burlas encubiertas.

_ La humildad es el principio en el que se escudan los mediocres.

Había tomado la decisión de no parecerse, de tomar distancia y de convertirse en otro.