29.5.06

Deliración 99: Le pintó el bajón, pobre.-

Caminaba cabizbajo mirando las baldozas rotas, los papelitos, la mugre, las cajas de forros tiradas en las cunetas y los forros anudados, resecos y usados, en canteros desastrozos y estériles, pensando en las frustraciones que cargaba y en como se lastimaba a sí mismo y en esa puta incapacidad de manifestar su furia y en esa terrible imposibilidad de herir a quienes quería herir y en ese estar perdido y desorientado y en esa lucha interna por encajar y no en las estructuras y en esas ansias de huir y en ese deseo de ser querido y en esa culpa y en ese odio y ese rencor y en ese amor no correspondido y saberse ignoto, intrascendente, prescindible, ajeno, anulado e incapaz de molestar siquiera.

Matsuo

28.5.06

Deliración 98: Historia de amor a lunares.-

Se había parado entre las góndolas de lácteos y galletitas dulces, con el changuito semivacío y la boca entreabierta, mirando fijo a la pelirroja de ojos celestes que sonreía en la primera fila de empleados que saludaban alegremente a la cámara en ese poster que conmemoraba el cumpleaños de la cadena de supermercados. Era una pelirroja de una belleza particular, única, casera y sencilla, de sonrisa contagiosa y ojos tristes y hermosos. No tenía pecas, o por lo menos no se le notaban, y tenía dos pocitos en los cachetes como dos comillas. Llevaba uniforme rojo a lunares y se perdía en la muchedumbre de los explotados. Sin embargo, él la había visto y la descubrió preciosa. Era un tipo de ignotas aventuras amorosas, muy pocos romances y ninguna novia. Tristón, melancólico y con tendencia a los imposibles. Otro como tantos. Anónimo incansable. Intrascendente e improductivo. Le encantaba caminar y hablar con sí mismo. Se empeñaba en frustrarse. No lloraba ni sabía cómo. Había pasado quién sabe cuántas veces por ese lugar y jamás la había visto, sin embargo, ese día, después de manotear unas Pepitos y mientras debatía si llevaba un paquete de esas o unas Óperas, en un desliz de su atención, posó sus ojos en esos otros celestes y se perdió. Se había enamorado. Podría continuar contando cómo hizo de su fantasía una cruzada, cómo recorrió todas las sucursales de la cadena buscándola, de su desesperación por encontrarla, cómo localizó a otros explotados fotografiados en ese cartel y los interrogó por ella, de cuando la vio por primera vez fuera del poster, de todo lo que hizo para llamar su atención y de lo que sucedió cuando lo logró, pero no vale la pena.

Matsuo

27.5.06

Deliración 97: Una mina celosa.-

Celosa de las caricias de su propia sombra sobre el pecho de su amado apagó la luz de un manotazo y descubrió que sus caricias, las de él, recorrían de memoria una silueta que no era la suya, la de ella, y prendió la luz y lo encontró con los ojos cerrados y sospechó de una fantasía que no la incluía y comenzó a los gritos y a los cachetazos y a los arañazos y revoleó libros que no hablaban de ella y pateó discos que no cantaban su amor y destrozó fotografías que no la mostraban sólo a ella, tazas y vasos en los que se habían posado otros labios y platos que habían servido a otras, y arrancó ese inodoro en el que se habían sentado quién sabe cuántas atorrantas y lo arrojó por el balcón junto con las masetas, las plantas, la bicicleta y el perro ese espantoso, que estallaron en esa misma vereda en la que había despedido a tantas turras. Cuando por fin se calmó, lo descubrió atravezado por cuchillos, tenedores, cucharas, tres controles remotos, dos cepillos de dientes y un cable de teléfono que lo amatambraba marionéticamente en un rincón del living, desangrado y exhibiendo sus órganos sin vergüenza, con el rostro contraído por un terror tal que no pudo evitar abrazarlo, besarle la frente y perdonarlo.

Matsuo

26.5.06

Deliración 96: Sobre esos flacos que juegan al futbol.-

Siempre me llamó la atención que a nadie le llame la atención que esos pibes flacos, demasiado flacos y lungos, que se paran en ese y escupen cuando la pelota se va al lateral, se lleven las manos a la cintura, pero al revés, con los pulgares para adelante y los otro ocho dedos, generalmente, para atrás. Para mí, no sólo es rarísimo, sino, también, sumamente incómodo.

Matsuo

25.5.06

Deliración 95: En un día patrio como hoy.-

Se había quedado dormido con el pucho en la mano. Se ve que había terminado de sacarlo por puro acto reflejo porque lo tenía enredado entre los dedos junto con el paquete rojo y blanco y el encendedor amarillo. Tenía pantalones negros, botines marrones con venas grises, una campera azul y un gorrito de lana negro con una inscripción colorada que no alcanzaba a leerse. Estaba sentado en un banco de cemento, con las manos cruzadas entre las piernas y el cuerpo ladeado para un costado, echado sobre una bolsa de mercado vieja de trama escocesa, esas de las abuelas. Estaba rodeado de perros siesteros, onanistas y mugrientos. A unos cuatro metros, unos chicos jugaban un picadito ruidoso. Cada tanto aprovechaban un lateral para tirarle un pelotazo. Apuntaban con malicia y precisión. Erraban a porpósito. Del otro lado había una parejita sentada sobre un tapialcito. Ella hablaba animada sobre sus amigas y sus novios, esperando que la callara con un beso. Él escuchaba desinteresado, con la vista fija en la pelota, esperando un corner exajerado. Cuando se decidió a besarla, la pelota picó hasta sus pies. Él se acercó, la levantó y la pateó al centro de la cancha. Los pibes agradecieron y él se volvió orgulloso y contento. Ella había dejado de hablar y lo miraba resignada. Otro, desde la esquina, le envidiaba la suerte. También esperaba desde hacía rato un pelotazo perdido. Juntó su portafolios y cruzó la calle. En la fuente, un pibe mojaba las patas mientras espiaba a una mina asomada al balcón de enfrente. El sol lo encandilaba y no le dejaba ver bien si la mina parecía o estaba realmente en bolas. Nadie, ni siquiera los perros, notó cuando el pucho cayó al piso y el croto dejó de respirar.

Matsuo

24.5.06

Deliración 94: Un novelón de aquellos.-

Solo, humilde y perverso, necesitaba querer y buscó a quién, asegurándose de que decididamente lo rechazara de antemano, y la amó por despecho. Persiguiola, acosola y abrumola. Hizo de su capricho una obsesión y se promovió mártir y víctima. Declaró a su amada como objeto de culto y procedió a arrastrarse, humillarse y dar lástima en público. Carismático entristecido, se hizo fama de soñador y se ganó la simpatía de muchos. Amenazó, entonces, con un suicidio fortuito y fue socorrido por miles. Ella, pobre vícitma colateral de un amor no correspondido, se descubrió un día, de pies escupidos, odiada por todos, abandonada y empujada a sus brazos. Sin otra chance, se obligó a quererlo y él, triunfante, se dedicó a hacerle la vida imposible, a menospreciarla y humillarla bajo el consentimiento general del pueblo.

Matsuo

23.5.06

Deliración 93: Una de tiros.-

El sacudón había sido mucho más fuerte de lo que se habría imaginado. Le hormigueaba el brazo y en sus oídos todavía retumbaba el eco de los disparos. Estaba en cuclillas, con la pistola colgando entre sus pies, a unos dos metros del cuerpo. Lloraba. El primero había dado en el estómago. Una de sus piernas había cedido, talvez por mero acto reflejo, y cayó de rodillas. El segundo dio contra la pared y el olor a pólvora se mezcló con el del reboque húmedo. El tercero volvió a dar en el blanco. El hombro estalló y el cuerpo se sacudió hacia atrás bruscamente. La nariz y la mandíbula desaparecieron con el cuarto. Los dientes salieron por la nuca y rebotaron contra la mesita de luz. El quinto disparo erró nuevamente y sólo destrozó un cenicero lleno de filtros y fósforos quemados. En una nube de cenizas, vidrios y astillas, el cuerpo se desplomó contra la pared. El cuadro al que me refiero sucedió hace no muchos años en un pueblito de las sierras. La noche comenzó con una discusión estúpida, no muy distinta de las acostumbradas. Por alguna razón los gritos dieron lugar a los empujones y los empujones a los manotazos. Siguieron más golpes y unas cuantas patadas, se arrojaron lámparas y adornos, y se esgrimieron cuchillos y hasta una tijera. Quizás las causas se remontasen hasta el mismo día en el que se conocieron, un martes, 7 años antes, mientras estudiaban en la capital. Ella llevaba una pollera y a él le llamaron la atención sus piernas. Él estaba borracho y ella lo encontró divertido. Noviaron varios meses, se fueron a vivir juntos y al final se casaron. No tuvieron hijos ni mascotas, sólo un auto. La mano cansada se desplomó inerte, tras un sexto disparo, salpicada por sus propios sesos, sobre el piso de madera. La idea de un divorcio nunca cruzó por sus cabezas. Al parecer, se querían demasiado.

Matsuo

22.5.06

Deliración 92: Qué salame.-

Encontró, finalmente, el camino que buscaba, sólo para descubrir que no era capaz de andarlo. Sentóse a la vera, entonces, a lamentarse como de costumbre, a llorar su tragedia y a revolcarse en ese barro mugriento en el que arrastraba su sombra. Deprimido, pasó días, meses, años tirado en la grela; buscando excusas para no levantarse; meditando a deshoras, nostalgioso, en su pasado. Se arrepintió muchas veces y, otras tantas, descubrió que no valía la pena. Cansóse, nuevamente de su propia lástima y enfrentó su destino. Buscó una salida y encontró varias. Reincidió en el capricho y siguió una senda cómoda. Encontró, finalmente, el camino que buscaba, sólo para descubrir que no era capaz de andarlo. En el charco de sus lágrimas, su propio reflejo le daba la espalda.

Matsuo

21.5.06

Deliración 91: Revelación ante la flanera.-

Y ahí estaba, sentado a la mesa, frente a la compotera ya casi vacía y pegajosa, observando los restos, sintiendo la patita del perro apoyada sobre su muslo izquierdo exigiendo una cuota, mendigando limosna, y él lejano, ausente, preguntándose si ese flan de chocolate que se acababa de morfar habría sido el hígado de la vaca de Milka.

Matsuo

20.5.06

Deliración 90: Sin salvas ni duelo.-

Incorruptible, insobornable y ya invertebrado, estaba tirado en esa cuneta viscosa de Ruta 19 camino a Montecristo, medio sumergido y convertido en dique, medio expuesto y podrido, rodeado de miasma y taladreado por miasis, el nómade ahora sedentario había rechazado hacía pocos días nomás un cohecho bienintencionado de rincón, almohada y balanceado a cambio de su autonomía sin posibilidad de manumisión alguna, rechazando gentilmente con una hora de juego y luego marchando con un trotecito alegre pero digno de mastín entrado en años, encarando para el lado de su destino, donde tenía cita con un convoy de Scanias, Mercedes e Ivecos que ni siquiera tocaron bocina para despedir al último idealista.

Matsuo

19.5.06

Deliración 89: Siempre la misma historia.-

Abrió la puerta del baño y apareciose envuelto por un vapor tangible y neblinoso, exaltando esa pelirrojicidad radioctiva, atomizada en una constelación de pecas amuchadas en cachetes, espalda y brazos; desnudo, con la toalla en la mano y las patas mojadas, juntando pelusa de la alfombra mugrienta; atolondrado y depresurisado por la diferencia barométrica entre una habitación y otra; tambaleándose, cayéndose... manoteando una silla para mantenerse en pie, con el perro lamiéndole el agua de las pantorrillas, estirando la mano para agarrar el teléfono que se había vuelto doble, difuso y lejano, pero que, sin embargo, no paraba de llamar.

Matsuo

18.5.06

Deliración 88: La película definitiva.-


Al fin, el orgasmo del séptimo arte: la película definitiva...
Cabeza de pochoclo con cuerpo de Perón bombardeándolo todo, junto a Godzilla, unos cuantos muertos vivos y un ejército de mini-fititos asesinos siguiendo los trazos de un inexplicable plan para conquistar el mundo, persiguiendo a Steve McQueen en motito, que, al fin de cuentas, salvará el día.
Ay, estoy tan emocionado que casi me largo a llorar...
Lo que todavía no se me ocurrió es el título.

Matsuo

17.5.06

Deliración 87: A la marosca...

_ Y… que le podría decir… por ahora vengo esquivando los trazos de un destino escrito ya hace tiempo, escapando de una muerte celosa, despechada y encaprichada conmigo, tal vez ofendida, talvez golosa… sin molestarme siquiera en pasar en limpio este borrador garabateado en el que me convertí; corrigiendo todo aquello que se esperaba de mí; improvisando una vida extraordinaria…
_ ¿Y cómo cree que esas cualidades le serían útiles en este trabajo?_ preguntó, tras un largo silencio, el hombre de traje gris y anteojos gruesos del otro lado del escritorio echándole una ojeada al currículum de más de cuatrocientas páginas arrugadas. “Eso soy…”, había dicho cuando se lo entregó al comienzo de la entrevista, “…más o menos”.

Matsuo

16.5.06

Deliración 86: Para variar.-

Otra idea, otro sueño, otro nuevo proyecto que, como todos los demás, no llegará a nada. Por qué será que tengo esta costumbre de no concretarme y permanecer en este subjuntivo permanente; de no hacer nada con mi vida, ni siquiera vivirla. Debería delegarme... que me vivan, que me lleven, que me arrastren, que me empujen, que me tiren, que me pasen por encima, que me hagan reír, que me emocionen y que hagan todo por mí. Entonces yo sólo tendría que quejarme de ellos, de la vida de mierda que me dieron, y así, por lo menos, yo no tendría la culpa de nada. Ah, y así vivir comodamente la mentira de ya no ser consecuencia de mí mismo sino víctima... testigo, nunca actor.

Matsuo

15.5.06

Deliración 85: Va queriendo...

A medida que mejoraba, que se recuperaba, la situación empeoraba. La angustia dio paso a los nervios y las peleas. Talvez era una buena señal. El macho dominante optó por someterse y hacer caso omiso de la histeria de la hembra devastada. Descubrí tal actitud loable.

Matsuo