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Deliración 295: Taumaturgo, ególatra y vagabundo.-

La vida no era otra cosa sino la perspectiva que le brindaban sus ojos. El mundo se inventaba con cada paso que daba y la existencia en sí dependía de lo que mirase. No dejaba de sorprenderlo, sin embargo, el poder de su imaginación al momento de vislumbrar epifanías cotidianas tales como la humedad de su hocico dibujando Mickeys en las baldosas tortuguientas de una plaza perdida, ponele. Qué cosas con la Gestalt, se decía; y mientras pestañeaba esbozando un sueño, el mundo entero, quizás el mismo universo, se desvanecía por momentos.

Deliración 294: Después de tanto tiempo.-

El cielorrazo se caía a pedazos. Las paredes, descascaradas, hinchadas y agrietadas, estallaban en racimos de hongos rabiosos y rancios. El machimbre putrefacto se enrulaba sobre los sócalos y el piso se desescamaba de sus baldosas. El reducto amanecía cubierto por una caspa arenosa y asfixiante que jamás dejaba de nevar. Los libros, las revistas y los jugetes estaban apilados sobre estanterías cubiertas por bolsas de consorcio negras, grises y blancas. Sillas rotas, tablas inútiles, ladrillos, baldosas y alfombras amatambradas; caños oxidados y una pelopincho mohosa hecha un bollo contra el rincón; una bicicleta en llantas, una cocina y un calefón de esquinas picadas y herrumbradas; las cajas y las películas: todos esos fragmentos de aquel pasado que no hacían juego con su presente. Parado, en el centro de la habitación, miraba los bultos que dibujaba el horizonte tras los vidrios esmerilados de las ventanitas del garage. Su pie derecho jugaba obsesivamente acelerando y desacelerando la tapa del desagüe. El recuerdo poco a poco desaparecía y no encontraba los cuadernos. "¡Pim, pam, pum! ¡Las palas al piso!", murmuraba; pero ya no sabía si era del todo cierto.

Deliración 292: Yo, Tester.-

Tras un mes y cinco días en una multinacional del rubro informático, Recibí el primer sueldo en blanco -esto es estando inscripto correspondientemente en los organismos nacionales que fiscalizan la relaciones laborales- de mi vida, y era mucho menos de lo que esperaba...

Deliración 291: Yo, Tester.-

A mis pocos días en una multinacional del rubro informático, se inundó el sótano en el que trabajábamos y todos, tanto Devs como QAs como Prods como RHs como tantas otras abreviaciones tan poco naturales como todos los cables y tomacorrientes quedamos sumergidos en este gran charco en el que fuimos bautizados laboralmente sin sacrificio alguno...

Deliración 290: Yo, Tester.-

Tras una semana en una multinacional del rubro informático, renuncié a mi antiguo empleo justo cuando iban a blanquear mi condición de esclavo con turnos rotativos, poniendo fin a esa esquizofrénica categoría de tester de mañana, concerje de tarde y , por las noches, fletero de mi propia mudanza, pero a sólo cuatro cuadras de distancia...

Deliración 289: Yo, Tester.-

En mi tercer día en una multinacional del rubro informático, se me manifestó nuevamente esa realidad que tanto me sorprende al descubrir que compañeros a los que les llevo casi diez años de ventaja -esto es, diez años menos que la suma de los míos- ya tiene hijos -uno, dos y algunos esperando un tercero- y que yo sin embargo, sólo tengo un perro...

Deliración 288: Yo, Tester.-

En mi segundo día en una multinacional del rubro informático, descubrimos que la política de la empresa es darnos regalos por nuestros cumpleaños para así promover y mantener este ambiente sumiso-infantil que tanto nos gusta...

Deliración 287: Yo, Tester.-

En mi primer día en una multinacional del rubro informático, nos llevaron al sótano del edificio y nos hicieron armar -en el más técnico y lúdico de los sentidos- nuestras propias PC sobre una enclenque mesa de jardín de plástico: eramos seis en la isla, no teníamos internet ni espacio y encima me tocó una de las patas de la mesa, por lo que debía recoger mis piernas en un rodete demasiado peronista...

Deliración 286: Ése, el otro.-

Solo tras el mostrador de la conserjería, petiso, nacido viejo y feo; de aspecto pulcro mas con mal olor y pocas duchas; atento, gentil y desconfiado; locuaz, reservado y con un manejo del francés envidiable, pasaba en limpio la pila de papeles arrugados que le habían dejado sus compañeros cuando confirmó el rumor al manifestarse en persona, presentándose con su nombre, revelando con quién había hablado y explicando a qué había venido.

El viejo conserje recibió al nuevo sin darle la bienvenida. Le indicó su puesto, le impartió una serie de instrucciones poco instructivas y se guardó la llave de la caja en el bolsillo. Hablaron poco durante el transcurso de la tarde que se hizo larga e insoportable como todas las tardes en el hotel, y las pocas interpelaciones que se dieron a lugar tuvieron un móvil estrictamente laboral. Merendaron sus correspondientes cafés con medialunas cuando el horario lo creyó conveniente y se turnaron, primero uno y luego el otro, para traer y llevar la bandeja a la cocina del bar.


Se hicieron presentes, como de costumbre, los gerentes, el contador, los nietos y los secretarios del dueño, el encargado de mantenimiento y el gordo de la playa de estacionamiento. Cada uno a su manera y por separado charló con las mucamas, los mozos y lo clientes. Hubo pocos ingresos y ninguna salida; era miércoles y la mayoría de los pasajeros eran viajantes que sólo los fines de semana abandonaban el hotel.

A las once llegó el encargado del turno noche. Se saludaron, se presentaron, controlaron la caja y se despidieron.


Llegando casi a la esquina, el viejo conserje echó una miradita recelosa por encima de su hombro derecho. Allá lejos, en la otra cuadra, un bulto bípedo avanzaba hacia la cañada. Era él, sin duda, el otro, ése, aquel que había venido a usurpar su puesto y su vida.