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Deliración 302: Y van 29...

El pis de los perros sobre las baldosas del patio había adquirido una viscosidad cocacolezca que se adhería a las suelas de sus pantuflas espolvoreadas por ese acerrín sintético que se llevaba el viento. El serrucho descansaba sobre la tabla de fibrofácil y sus brazos colgaban exhaustos y acalambrados por debajo del nivel de la silla. Se había propuesto hacer una maceta de madera forrada en papel adhesivo para protegerla de la humedad de la tierra y la lluvia. La idea era poner un poco de tierra y algo de césped para que los perros cagaran y mearan ahí y no por todo el patiecito del departamento. Sabía que era una solución temporal y que, tarde o temprano, aquella maceta se pudriría, pero no le importaba. Cada tanto se inventaba una tarea estúpida para rellenar el vacío de su vida.

Deliración 300: La morada a pedazos...

No hay luz y hay gas en exceso, los peldaños se parten, la baranda se suelta, la puerta no cierra, el calefactor no prende, la bacha no desagota, el agua fría se rebalsa por la cocina, la mierda inunda el patio, la panadería se prende fuego, el inodoro descarga en la ducha, el olor brota como vertientes cloacales por todos los desagües, y nosotros... nosotros insistimos en pagar el alquiler.

Deliración 298: Yo, tester.-

Tras un año en una multinacional del rubro informático, gano plata, cobro un sueldo que me permite vivir, un salario que me brinda la oportunidad de ir al cine, comprarle ropa a mi mujer, pagar el alquiler y salir a comer: me subsidian mensualmente por ser alguien que cómodamente no hace nada con su vida más allá de costear sus caprichos...

Deliración 297: Yo, Tester.-

No sé cuántos meses en una multinacional del rubro informático me llevó darme cuenta de que todo es una broma; de nada sirve mi trabajo, sólo se trata de un eterno proceso que mastica datos y no asimila ni regurgita nada: un sistema cerrado, sólo un gran método y nada más: no importan los resultados sólo las estadísticas que se obtengan de los mismos para que la lectura que se haga de éstas sea tan sólo una estructurada mentira, un porcentaje... y en ese porcentaje se iría mi vida...

Deliración 296: La morada a pedazos...

Por momentos pienso que es como vivir una de esas películas de género "Extranjeras" en las que difícilmente uno puede resumir de qué tratan pues que de nada tratan, sólo prestan testimonio de vidas como ésta, la nuestra, en nuestro nuevo departamento a estrenar que nos aseguraron ya terminado, pero que, al mudarnos, descubrimos todo escombreado y repleto de albañiles, sin grifería ni agua caliente ni luz ni gas ni cerraduras; y así, solos con nuestros muebles y libros en el silencio de ese complejo incompleto de cuatro departamentos vacíos y post-apocalípticos en los cuales me escabullo para usar el baño y cagar en uno, tirar la cadena en otro, y lavarme los dientes en el último, para luego volver a dormir en nuestra cama, en nuestra nueva morada a pedazos, entre los escombros, la mugre y el frío...

Deliración 295: Taumaturgo, ególatra y vagabundo.-

La vida no era otra cosa sino la perspectiva que le brindaban sus ojos. El mundo se inventaba con cada paso que daba y la existencia en sí dependía de lo que mirase. No dejaba de sorprenderlo, sin embargo, el poder de su imaginación al momento de vislumbrar epifanías cotidianas tales como la humedad de su hocico dibujando Mickeys en las baldosas tortuguientas de una plaza perdida, ponele. Qué cosas con la Gestalt, se decía; y mientras pestañeaba esbozando un sueño, el mundo entero, quizás el mismo universo, se desvanecía por momentos.

Deliración 294: Después de tanto tiempo.-

El cielorrazo se caía a pedazos. Las paredes, descascaradas, hinchadas y agrietadas, estallaban en racimos de hongos rabiosos y rancios. El machimbre putrefacto se enrulaba sobre los sócalos y el piso se desescamaba de sus baldosas. El reducto amanecía cubierto por una caspa arenosa y asfixiante que jamás dejaba de nevar. Los libros, las revistas y los jugetes estaban apilados sobre estanterías cubiertas por bolsas de consorcio negras, grises y blancas. Sillas rotas, tablas inútiles, ladrillos, baldosas y alfombras amatambradas; caños oxidados y una pelopincho mohosa hecha un bollo contra el rincón; una bicicleta en llantas, una cocina y un calefón de esquinas picadas y herrumbradas; las cajas y las películas: todos esos fragmentos de aquel pasado que no hacían juego con su presente. Parado, en el centro de la habitación, miraba los bultos que dibujaba el horizonte tras los vidrios esmerilados de las ventanitas del garage. Su pie derecho jugaba obsesivamente acelerando y desacelerando la tapa del desagüe. El recuerdo poco a poco desaparecía y no encontraba los cuadernos. "¡Pim, pam, pum! ¡Las palas al piso!", murmuraba; pero ya no sabía si era del todo cierto.