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Deliración 291: Yo, Tester.-

A mis pocos días en una multinacional del rubro informático, se inundó el sótano en el que trabajábamos y todos, tanto Devs como QAs como Prods como RHs como tantas otras abreviaciones tan poco naturales como todos los cables y tomacorrientes quedamos sumergidos en este gran charco en el que fuimos bautizados laboralmente sin sacrificio alguno...

Deliración 290: Yo, Tester.-

Tras una semana en una multinacional del rubro informático, renuncié a mi antiguo empleo justo cuando iban a blanquear mi condición de esclavo con turnos rotativos, poniendo fin a esa esquizofrénica categoría de tester de mañana, concerje de tarde y , por las noches, fletero de mi propia mudanza, pero a sólo cuatro cuadras de distancia...

Deliración 289: Yo, Tester.-

En mi tercer día en una multinacional del rubro informático, se me manifestó nuevamente esa realidad que tanto me sorprende al descubrir que compañeros a los que les llevo casi diez años de ventaja -esto es, diez años menos que la suma de los míos- ya tiene hijos -uno, dos y algunos esperando un tercero- y que yo sin embargo, sólo tengo un perro...

Deliración 288: Yo, Tester.-

En mi segundo día en una multinacional del rubro informático, descubrimos que la política de la empresa es darnos regalos por nuestros cumpleaños para así promover y mantener este ambiente sumiso-infantil que tanto nos gusta...

Deliración 287: Yo, Tester.-

En mi primer día en una multinacional del rubro informático, nos llevaron al sótano del edificio y nos hicieron armar -en el más técnico y lúdico de los sentidos- nuestras propias PC sobre una enclenque mesa de jardín de plástico: eramos seis en la isla, no teníamos internet ni espacio y encima me tocó una de las patas de la mesa, por lo que debía recoger mis piernas en un rodete demasiado peronista...

Deliración 286: Ése, el otro.-

Solo tras el mostrador de la conserjería, petiso, nacido viejo y feo; de aspecto pulcro mas con mal olor y pocas duchas; atento, gentil y desconfiado; locuaz, reservado y con un manejo del francés envidiable, pasaba en limpio la pila de papeles arrugados que le habían dejado sus compañeros cuando confirmó el rumor al manifestarse en persona, presentándose con su nombre, revelando con quién había hablado y explicando a qué había venido.

El viejo conserje recibió al nuevo sin darle la bienvenida. Le indicó su puesto, le impartió una serie de instrucciones poco instructivas y se guardó la llave de la caja en el bolsillo. Hablaron poco durante el transcurso de la tarde que se hizo larga e insoportable como todas las tardes en el hotel, y las pocas interpelaciones que se dieron a lugar tuvieron un móvil estrictamente laboral. Merendaron sus correspondientes cafés con medialunas cuando el horario lo creyó conveniente y se turnaron, primero uno y luego el otro, para traer y llevar la bandeja a la cocina del bar.


Se hicieron presentes, como de costumbre, los gerentes, el contador, los nietos y los secretarios del dueño, el encargado de mantenimiento y el gordo de la playa de estacionamiento. Cada uno a su manera y por separado charló con las mucamas, los mozos y lo clientes. Hubo pocos ingresos y ninguna salida; era miércoles y la mayoría de los pasajeros eran viajantes que sólo los fines de semana abandonaban el hotel.

A las once llegó el encargado del turno noche. Se saludaron, se presentaron, controlaron la caja y se despidieron.


Llegando casi a la esquina, el viejo conserje echó una miradita recelosa por encima de su hombro derecho. Allá lejos, en la otra cuadra, un bulto bípedo avanzaba hacia la cañada. Era él, sin duda, el otro, ése, aquel que había venido a usurpar su puesto y su vida.

Deliración 285: Un tal Sutano - Parrafo 11.-

Los pibes retrocedieron unos metros nomás y volvieron a sentarse uno al lado del otro. Carcacha se descolgó la gomera y le dijo al otro, el petiso, que le suministrara cascotitos o lo que encontrase a mano. Frente a ellos, un hemipléjico con navaja y un gordo semiconsciente se trenzaban en una rosca perezosa y desanimada. La hoja del cuchillo iba y venía, acuchillando poco y cortando algunos dedos. Había mucha baba de por medio, por lo que las bestias no tardaron en quedar embarradas con ese barro rojizo del polvo de ladrillo. Carcacha por su parte cargaba, apuntaba y disparaba. Cada tanto pegaba y cada tanto erraba. El otro, el petiso, siguió revisando el bolso hasta que por fin encontró, en un falso fondo, una bolsa con chupetines. Sin saber muy bien qué hacer y actuando por puro instinto, partió el adorno egipcio en la sabiola de Carcacha que se lo quedó mirando sin entender muy bien lo que pasaba. Se frotó la cabeza con una mano y se sintió pegajoso y calentito. El otro, el petiso, sin comprender tampoco lo que había hecho, se quedó a su lado con la bolsa de chupetines abrazada a su pecho. Carcacha se largó a llorar de a poco y despacito, dejando escapar un i agudo y asmático que se fue perdiendo a medida que el rostro se replegaba sobre sí mismo contrayendo todo el cuerpo del pibe en una bolita de unos cuarenta centímetros de diámetro. El otro, el petiso, salió corriendo con su tesoro. A pocos metros, el gordo semiconsciente recuperaba la conciencia y el aliento apoyado contra un tacho de basura quemado con la mirada fija en el triste espectáculo que le ofrecía el hemipléjico que respiraba agitado tirando manotazos erráticos al aire tratando de agarrar el puñal que asomaba sobre su pecho. Murió Soletti desangrado, sin sentir nada, como si se hubiese quedado dormido. Brascovich, por su parte, se levantó minutos más tarde, no del todo recobrado por cierto, y avanzó hacia ese nudo de pies y brazos que era Carcacha. Estiró una mano enorme y lo alzó de los pelos.


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Deliración 284: Un tal Sutano - Parrafo 8.-

Soletti dobló por la avenida, salió al bulevar y se encontró con el embotellamiento. Tocó bocina y mientras bajaba el vidrio de la ventanita para putear, escuchó el rumor. Dejó el auto en marcha y salió corriendo. Se sucedieron entonces las primeras corridas bancarias y los negocios dejaron de trabajar con tarjetas de crédito, débito, tickets y demás formas de pago que no fueran efectivas y al contado. A los cuarenta y cinco minutos la radio levantó la noticia y automáticamente se saturaron las lineas telefónicas derritiendo los cables a latigazos sobre la gente que ya comenzaba a correr desesperada por las calles. A la hora y media cayó Internet a nivel mundial, los negocios comenzaron a bajar las persianas metálicas y a armar a los empleados. Los saqueos comenzaron medio hora después, es decir, pasadas dos horas y cuarto del rumor inicial, y la tele, enseguida, levantó la noticia en un boletín desesperado que concluyó drásticamente cuando se cortó la luz en todo el territorio nacional. Las estaciones de servicio estallaron y comenzaron los tiroteos. Soletti, por su parte y en su casa, cayó al piso de cabeza, víctima de un accidente cerebro vascular. Sin pestañear siquiera, pudo ver como su familia escapaba con los bolsos que él mismo había preparado dejándolo abandonado y a su suerte, y como sus vecinos saqueaban su departamentito y lo violaban un par de veces. Recién al cuarto día pudo mover uno de sus brazos, primero los dedos y después la mano, y al cabo de unas horas pudo arrastrarse lentamente hasta un rincón donde, como todo diabético, escondía unos alfajorcitos de dulce de leche. Rengo y baboso, ya para el onceavo día, se apareció, cuchillo en mano, en medio de la plaza, tirando guadañazos al primero que se le cruzara, mientras murmuraba algo que en cristiano bien podría haber sido un insulto hacia Sutano.


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Deliración 283: Un tal Sutano - Parrafo 5

Lloraban los niños sin juguetes en esa plaza sin arena ni hamacas en la que Brascovich reposaba sentado sobre las ruinas de lo que alguna vez fuera un banco de piedras y cemento mientras relojeaba a unos tipos que hablaban en voz baja y que, cada tanto, le echaban una miradita a la bolsa marinera que él, Brascovich, tenía a sus pies. Se levantó, afirmó la bolsa a su espalda, manoteó unos trozos de banco de tamaño considerable y se avalanzó sobre los tipos quienes, a su vez, sacaron de entre sus sacos italianos unos garrotes que en otrora habían sido tres de las seis patas de una mesa de roble del palacio municipal y se trenzaron los cuatro, Brascovich y los tres tipos, en una trifulca que contó con pocos golpes y mucha sangre. Testigos de la masacre, los niños aprovecharon que los dos sobrevivientes permanecían inmóviles y semiconscientes, y les robaron la bolsa marinera a uno, el saco italiano al otro y todo lo que llevaban puesto los dos muertos que no resulto ser mucho, sólo unas piezas de bronce y un folleto de una escuela de conductores.


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Deliración 282: Un tal Sutano - Párrafo 3.-

Benito "Salomé" Brascovich era un tipo duro, pelado y de poca barba. En otras palabras, se tataba de un tipo lampiño, calvo y recio. Olía mal, tomaba poco y chupaba chupetines. Era grandote y gordo. Nadie nunca supo muy bien cómo se ganaba la vida, sólo se supo que un día cayó a lo de Sutano para reclamarle una deuda. La casa estaba llena de acreedores peleándose por los bienes. Brascovich sabía que como andaban las cosas, no convenía tener nada material encima. Muy pronto, gracias a la falta de liquidez con que Sutano había dejado al país y a otras potencias, el estado expropiaría propiedades privadas para canjearlas al exterior por comida. Las reservas a nivel mundial se habían vaciado y sólo existía una suerte de trueque desparejo. La otra opción era el arrebato y la única forma de defenderse era con palos y cascotes, ya que ni balas habían quedado.


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