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Deliración 442: ACV...

Sucedió en plena guerra, una como otras tantas; pero de esas en las que de las ciudades no queda nada. Orbes de canto rodado, vigas quebradas y humo. La casa en sí era un cúmulo de habitaciones incompletas e inundadas. Despertó dentro por la luz del sol que chorreaba entre las tejas y se reflejada en unos pedazos de vidrio; brillaba atomizada e inconstante: viva. El suelo respiraba y se sacudía, el techo tocía acatarrado y escupía reboque. Los chicos lo descubrieron una mañana en la que se habían aventurado en busqueda de refugio. Les llevó poco más de una tarde comprender que no podía lastimarlos. Era sólo un cuerpo inerte cubierto de caca y pis ahumado. Vociferaba, pero no se movía; ya no podía. Ni siquiera hablar, pues ya no sabía; ni darse a entender, pues ya no aprehendía. Lloraba, lloraba mucho; quizás demasiado. El varón propuso carnearlo, pero la nena gritó y optaron por adoptarlo. Hubo que conseguir entonces comida para tres, pues que la mascota también era hambrienta; pero nunca se halló suficiente, ni se intentó demasiado. Mientras el varón salía, la nena quedaba a su lado. Lo bañó con un trapo y a partir de entonces lo limpiaba cuando fue necesario. También lo peinaba y a veces lo maquillaba con carbones de colores. Le llamaba viejo, porque lo habían confundido con el de la bolsa, el que se lleva a los chicos que se portan mal y no hacen caso. Hablaba, la nena hablaba mucho; quizás demasiado. Hablaba de un padre, una madre, juguetes y el hambre; las tormentas de bombas, la plaga de aviones, un dios enojado, una virgen madre que lloraba tanto como ella y un niño como ellos, pero que ya estaba muerto. Princesas y monstruos y fuego y la oscuridad y la noche; y los hombres malos con cascos y armas; y los hombres malos, desnudos y con perros; y los perros y la noche y el fuego. Hubo veces en las que el varón se ausentaba por días y, a su regreso, contaba historias imposibles y salvajes. Un día, finalmente, los chicos simplemente se marcharon. La guerra continuó y el viejo fue muriendo desesperadamente de hambre; rezando en su púber memoria un credo infantil lleno de terrores y culpas. Según lo habían educado los mocosos, estaba en penitencia.

Deliración 441: Matutino...

Acaricia los cardos con las yemas y decide despertarla revolviendo con el índice, pero sólo apenas. Ella sonríe y se menea felinamente. Le aparta el brazo con el talón del pie. 'Qué buscás?', pregunta. Él le quita la pierna y le pega un chirlo. Las várices bailan y se desparraman. Ella se vuelve mediodormida y se sienta para enfrentarlo. El exceso de piel se acordeona en labios gruesos e impares. Él se concentra en sus tetas entrando en celo. Hubo un tiempo en que sólo pensaba en ella, pero ahora , quizás de repente, eran muchas y la culpa lo enternece. Le sujeta el puño con el que sostiene su cuerpo y la tira contra su pecho. Le acaricia el pelo para destaparle los ojos. 'Qué querés, pesado?', murmura ella y la pe estalla con aliento a almohada y sarro. 'A vos te quiero', dice... y no está seguro si miente o sólo exagera.

Deliración 440: Algún tiempo antes...

'Sé que suena un poco prepotente de mi parte, pero eventualmente voy a garcharte', le dijo desde el otro lado del vagón. Se venían cruzando seguido últimamente y ya se habían identificado como fedigreses de la línea A incluso antes. Esa tarde iban acompañados de otras cuatro personas: un viejo, dos pibas y un flaco con auriculares demasiado grandes para su marulo. Ricardo se sonrió y retrucó: 'ya sabés, mi parada es la próxima'. 'No', dijo entonces Rubén, 'tu parada es ésta'; y se rieron cómplices ante el silencio que habían detonado.
El flaco de los auriculares se los quitó para oír de qué venía la cosa, ya que los rostros del resto le evidenciaban que se estaba perdiendo de algo. No logró entender mucho, pero la música que se destapó de sus parlantes enromantizó la velada.

Deliración 439: Tan poco...

Mientras esperaba su respuesta, acariciaba las grietas de la pantalla de su teléfono con la yema del pulgar. La textura era filosa al tacto, y le fascinaba ver esa sombra de pixeles desconcertados que se encharcaban aceitosamente sobre el historial del chat. Los caracteres e imágenes se mantenían, pero los colores se negativizaban psicodélicamente. Imaginaba que, presionando poco más que apenas, la pantalla sangraría su cristal líquido como si fuese un huevo crudo. Se le había caído la taza de café encima, ya vacía y coagulada, mientras revisaba medio dormida las actualizaciones de estado de su finita y caprichosa red de contactos, hacía apenas un par de desayunos atrás. El teléfono no tenía más de dos meses de estreno y, durante gran parte de ese tiempo, se había empecinado en mostrarlo orgullosa. Ahora sentía una mixtura de tristeza y vergüenza, ya que no podía pagar el arreglo (y de más está decir que la garantía no se lo cubría). Había conocido al muchacho en cuestión poco tiempo antes, en una fiesta de cumpleaños. Era el amigo del hermano de otro chico con el que había salido. Bailaron, tomaron y garcharon; garcharon mucho y muy bien. Bah, en realidad el pibe era mediocre en la cama, pero tenía buena previa y ella terminaba con sólo dedearla; y es que lo hacía tan bien, el desgraciado... Obviamente, tenía novia también. Ella no estaba enganchada ni realmente le gustaba, pero rara vez llegaba al orgasmo, y es que con eso le bastaba.
El pibe respondió: 'Mañana tanpoco puedo'.
Ella sonrió resignada ante la negativa e irónicamente satisfecha por el desliz ortográfico que tomó por comburente polisémico. Dejó el teléfono boca abajo y continuó trabajando. Por ese entonces era correctora de la sección de modas de La Voz e, independientemente de todo esto, renunció tres meses después.

Deliración 438: 3 de 3...

Tipeó su nombre, el de ella, basado en una constante de belleza estadística, resultado de una muestra total de dos sujetos anteriores. El sistema devolvió su contacto (el de ella) entre otros no tantos ni tan diversos, y la mera curiosidad locativa hizo que lo seleccionara (a ése, tan único, temporal y volatil como el resto) con un doble click y le escribiese un hola sencillo y un cómo andás apenas cordial. Esa ella, la de ese entonces, la de ese lugar, respondió minutos más tarde de manera escueta, pero retrucando con la misma pregunta y agregando unos dos puntos con parentesis. Quizás fue la sorpresa de la gestalt, pero, de alguna manera, la charla se extendió durante horas, casi toda la noche y luego por meses y consecuentemente por años. Hubo otras, es cierto, resultado de busquedas similares; pero hubo algo en ella o quizás en él, en esa ausencia de contacto, en la insistencia de ambos, en los chistes y el silencio... algo... Quién sabe? Quizás haya sido sólo su nombre, el de ella, el mismo de las otras, tan estadísticamente hermoso que resultaba imposible no enamorarse.

Deliración 437: Lo que pasa...

Lo que pasa es que yo antes no tenía obra social, o sea, tener, tenía, pero allá era distinto, lo teníamos al doctor Gómez o teníamos el hospital a unos veinte kilómetros, pero bueno, no sé si usted lo conoce al doctor Gómez, me imagino que no, no sé, pero bueno, a mí no me gusta hablar mal de la gente, pero bueno, a mí me parece que el doctor Gómez mucho no sabía porque cada vez que se le complicaba la cosa nos mandaba directo al hospital, así que al final íbamos directamente al hospital, pero bueno, la cosa es que desde que me vine a vivir acá, me cambió la vida y con el trabajo éste nuevo que conseguí me dieron está obra obra social que me cubre de todo y bueno yo aprovecho porque es gratis y de paso me hago revisar de todo no vaya a ser cosa que tenga algo que no sabía, y bueno, la verdad es que es mi primera vez en esto de la terapia, así que no sé bien qué es lo que tengo que decir, pero yo más o menos algo averigüe y me dijeron que tenía que venir y contarle mis problemas, pero la verdad le digo, yo muchos problemas no tengo, si la verdad es que estoy chocho con el trabajo éste nuevo que tengo y la obra social, porque me cubre de todo, el dentista, los médicos, todo, hasta los remedios me cubre, así que yo estoy chocho, de verdad le digo, estoy chocho, no sé, yo vine porque es gratis, porque es gratis, no? y bueno, entonces, cómo no voy a aprovechar? ocho sesiones tengo gratis, pero bueno, usted dígame si yo por ahí hablo demasiado, porque la verdad es que cuando me embalo, me embalo y no paro, medio que no me doy cuenta, pero por ahí un poco sí y veo que la gente se aburre y se pone incomoda, y como que se quiere ir, como que les molesta que hable tanto, pero yo no lo hago a propósito, yo sólo quiero charlar, conocer gente, pero nadie me dice nada y yo veo que la gente me esquiva, no sé si a usted le pasa, pero es una sensación muy fea, y bueno, me siento solo, eso es lo que pasa.

Deliración 436: Ya no sé dormir...

Puta, qué pasa? Me faltan palabras, las olvido, no las recuerdo; las pierdo, es eso: no las encuentro. Explotó algo dentro de la pared, como un cintazo. Se movió la habitación, pegó un estirón, o quizás tenga cólicos. Ahora es un mosquito que zumba, se acerca y calla todo. La casa deja de respirar, expectante. El silencio, es eso: la oscuridad y el silencio. Está chupándonos sangre, estoy seguro, pero aún no lo siento. Llueve, comienza a llover de nuevo, taquigráficamente; y comienzo a sentir picazones en todo el cuerpo. Me rasco y me enroncho, es eso: ardo y me irrito. Me escucho, oigo la fricción de mi cuerpo y la cavitación de mis pulmones, la gelatina efervescente de mis flemas. Me seco, se me agrietan las aristas y sangro por las bisagras de los codos y las rodillas. Me acaricio el bigote y juego con la barba. Puta, qué quería decir?
No sé, ya no me acuerdo.

Deliración 435: Por las noches...

Caminabamos por las noches; caminabamos mucho, quizás demasiado. Había que mantenerse en movimiento; la paredes oían y era la única forma de confundirlas. Sabían, todos sabían quiénes eramos; pero nadie qué hacíamos ni hacia donde íbamos. Creo que simplemente nos acompañabamos; cada uno sufría la adolescencia de una manera distinta. A mí me criaron para ser lo que no soy, avergonzado de lo que era; y hoy, ni uno ni lo otro. Cada uno tiene sus anclas y yo mi apellido, el nombre de la familia. Caminabamos por las noches, haciendo ruido del silencio; charlando, sobrios y arrastrando las cadenas. Recorrimos todos los rincones de esa Rafaela de los noventas. Alguno habrá estado buscando algo; yo, creo, me estaba despidiendo.

Deliración 434: Humilde...

'En mi memoria hay tantos otros, yo sólo quiero que alguien se acuerde de mí', se dijo y procuró modificar la fecha de cumpleaños en su perfil de Facebook sólo para recibir saludos semiprogramados cada dos o tres meses; y es que con eso le bastaba.

Deliración 433: Aquí estuvo, sí...

Y esa voluntad acostumbrada a autografiar los espejos y vidrios de su vida con el vapor de su aliento; los de tantos autos y tantos baños, los de tantas, pero tantas casas y departamentos, y los de la universidad y el colegio; y de repente la memoria de su mano empapada en tempera certificando su existencia primaria y primitiva sobre las paredes prefabricadas de esa casita enana y perdida en el patio de un jardín de infantes. Había sellado su apartirdentonces con un azul brillante que jamás alcanzaría. Y olió el piso embarrado de moras y orina, y vio las hamacas y los caños de desagüe pintados a lunares, y más allá una huerta seca y el alambrado cercándolo todo, separándolo del mundo, alejándolo del resto. Una burbuja, pensó, y miró sus dedos gordos y los cerró en un puño hinchado, como un globo amatambrado; apretando, apretándolo para que se reviente.