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Deliración 426: Cualquiera diría...

A él le costaba hablarle por teléfono siquiera, y ella empezó a cansarse de tanto esfuerzo. Chateaban durante horas, noches enteras; pero él no podía pronunciarse, no sabía qué decirle cuando escuchaba su voz. Para cuando se animó a conocerla, ella ya no estaba interesada y es que realmente había pasado mucho tiempo. Ella era hermosa, de una belleza sencilla, de un discurso sincero y de una tristeza humilde y profunda. Quería nacer y se le notaba. Para ese entonces la pretendían demasiados, y él era un caso complicado, como un vago ejemplar de humano y apenas, si acaso, de hombre. Aparte había conocido otra mina. Sin embargo, estaban ahí, se presentaron como habían prometido. Hubo silencios, demasiados, y la charla habló de terceros. Parecían decirse esperamos demasiado, ya no estamos solos y ya no nos necesitamos. El abrazo fue sincero y sorpresivamente mutuo, como pidiéndose no me olvides. Pasaron años, muchos, más de trece seguro. Siguieron en contacto, escribiéndose esporádica e inesperadamente, y lo curioso es que aún se responden y se mantienen al tanto. Cualquiera diría que, al menos uno de ellos, sigue enamorado.

Deliración 425: Le metí una mano...

Yo no lloro, me arrepiento y miro demasiado hacia atrás, nada más. Pero no, no lloro; desconfio y casi nada me lastima. Ya tampoco me compadezco de la gente; ya no me siento responsable de la suerte ajena. Afiancé mi egoísmo para tratar de entenderme sin que el resto me interrumpa tanto y, de repente, ahora, sin que pueda controlarlos, todos estos recuerdos  comandos, profesionales, certeros y contundentes. Tantos y tan olvidados que ni parecen míos; toda esa parte de mi vida que evidentemente esquivo de mi memoria. Es la proximidad de la muerte y tantas ausencias, supongo. El de hoy fue una canción que empezó a sonar tratando de recordar la letra de la Cumparsita, y entonces vino Krypto, mordiendo la tela mosquitera de mi ventana, y así fue que las vi: en casa, las rejas daban a nuestro propio patio; pero al frente, nada...

Deliración 424: Bloguistas locales...

El tipo tiene 37 años y trabaja en la municipalidad. Su viejo entró con los radicales en los 80s y le consiguió un puesto con los peronistas a principio del 2000. Es una especie de intermediario perdido dentro del procesamiento de datos de los contribuyentes de la tasa. Vive de eso, pero el tipo tiene un blog desde el 2005, ocho años ya. Escribe sobre hechos policiales y cosas que le llaman la atención; alguna película, un recital o demás aleatoriedades que atestigua in itinere. En los últimos dos años comenzó a escribir sobre el submundo paranormal de Córdoba; desde que la vieja se enfermó y el padre la empezó a llevar a todos esos curanderos que le aseguraban sanarla mediante hechizos, promesas y sacrificios. La vieja murió, pero él descubrió que no todo era mentira. El tipo busca la verdad a su manera y se remite a sus sentidos. Hoy publicó, después de mucho tiempo, el caso de la mesa 14 de un bar en Alto Alberdi en el que debés sentarte a la hora de la siesta y pedir una caña de más y esperar hasta que una ausencia te acompañe y te palmee la mano. "Les juro, era mi abuelo", sentenció y tengo razones para creerlo.

Deliración 423: Incómodo...

Se trata sin dudas de una situación incomoda, creeme; los cuatro ahí, en bolas, sentados a la mesa y esperando la comida. Yo estoy gordo y la tengo chiquitita, y no hay manera de remarla en un club nudista. Todos la tienen más grande y sí, mi mujer se da cuenta... y lo peor es que la  otra mina también, como que se sacó las dudas. Ahora ya no me va a coquetear más. Ellos nos invitaron, ella y su marido; pero su marido es un pavo... aunque ahora también mi mujer le mira el ganso, la vi. La mina es plana, chata y peluda; ni culo ni tetas, pero nutrida de una buena nutria. Como está todo en penumbras y yo estoy sin lentes, no puedo pispear mucho más lejos. Si me dejaba los anteojos mi mujer seguro me armaba un escándalo terrible, así que mejor los dejé en el vestuario. Para qué vinimos? Me cago en la genética, en mi familia y en los amigos de mi esposa. La moza parece que estuvo buena, pero ahora ya tiene unos cuarenta y largos y la piel le está empezando a quedar unos talles más grandes y le cuelga y se arruga. Cuando nos trae la comida, como que la fuerza de sujetar la bandeja hace que se le arremangue un poco a la altura del esternón. Entonces descubro la mirada fulminante de mi mujer.
- Te gusta?
- Mi amor, qué querés que haga? están todos en bolas...
- Bueno, pero no hace falta mirar así...
- Dejalo -dice la otra- si total estos dos son unos muertos. No van a hacer nada con ninguna...
- Y vos qué vas a hacer, a ver? -la desafío.
- Yo? Lo que quieras...
Puta, me cagó; encima ahora el pavo del marido me mira como con ganas de cagarme a piñas. Ni me animo a mirarla a mi mujer, pero menos mal que no hay cubiertos sobre la mesa. En el escenario del fondo, comienzan a cantar uno que suena como Juan Ramón y una tipa que le hace los coros y lo acompaña con un organito.
- La próxima navidad la pasamos con mi hermano -le digo a mi mujer.
- Si seguís así, la próxima navidad la pasás solo -me responde. Y a mí me pudre cuando mi mujer convierte todo en una lucha de poder; sobre todo porque soy yo el que tengo que ceder para calmar todo y evitar días, semanas, de distanciamiento y mala onda en casa. Pero ahora me hartó, ella quiso venir acá con su amiga. No sé qué anécdota quería sacar de todo esto, si ni siquiera es un quilombo... El pavo me mira, como sonriendo, y la esposa está expectante, como casi excitada por la cizaña  Pero ya fue, es navidad; aunque si fuera año nuevo sería más simbólico o representativo o lo que sea... la cosa es que le guiño un ojo y me prendo al trencito que pasa a mis espaldas. Veremos qué pasa mañana...

Deliración 422: Habemus visa...

Ya la cosa arranco fulera. No me habia llegado el pasaporte nuevo a tiempo; por lo que procedimos a hacer el tramite del visado con el viejo, el pasaporte digo, que estaba por vencer en unos meses. A pesar de mis duda e insistencias, me habian confirmado que no habria inconvenientes; asi que el jueves viajamos desde Cordoba a Buenos Aires para finiquitar el papeleo en la embajada. La idea era tener un dia de changüi, por cualquier cosa y el sabado saldria para Holandia. La cosa es que el sistema no me acepto el pasaporte por solo 5 dias (el minimo es 90 dias de validez y a mi me quedaba un saldo de 85 solamente), y entonces se desato el caos. Yo ya me veia desempleado y varado en Baires. Recurrimos al ReNaPer de Pasaje Colon y pedimos la cancelacion del tramite en curso mas la expedicion de un pasaporte express. Podia hacerse, pero el express demoraria 48hs y seria enviado a Cordoba. Imposible, por lo que recurrimos a ezeiza donde solicitamos un pasaporte premium, que demora tan solo una hora, pero entonces se cayo el sistema. El tipo de la emabajada nos habia dicho que nos esperaria hasta las 4 de la tarde y ya eran las 12hs. Volvio el sistema y concretamos, tomamos el colectivo de vuelta y llegamos a la embajada a las 3 en punto. Terminamos el papeleo a las 5 y nos fuimos a dormir. Al otro dia a la mañana pasamos a buscar la visa. Ahora solo falta que me dejen entrar a Alemania.

Deliración 421: Las llaves...

Una de tantas, pero de esas en la que me quedé encerrado afuera, tuve que trepar por la pared, de ventana en ventana, para llegar a la mía, que quedaba en el primer piso del edificio, pero que sin embargo era alto, y tanto que por las columnas y cornisas no alcanzaba a sostenerme en firme como para hacer palanca y forzar la persiana de aluminio; así que salté al piso y por la misma vereda, pero volteando a la cuadra me presenté en la comisaría y en cueros, y pedí por una escalera una vez explicada la circunstancia. Como que me miraron con sorpresa, pero asintieron señalando con la birome por encima del hombro dicéndome: 'por el garage, al fondo', que fue donde la encontré, y cuando me estaba yendo; en patas y con la susodicha al hombro me dijeron: 'pero no serás choro vos, no?'; lo cual negué con presteza. Así trepé a, en ese entonces, mi casa; forcé apenas la persiana, salté la ventana, busqué mi copia de las llaves, calcé mis alpargatas, vestí una remera y salí a devolver la escalera. De ahí, me fui a sacar unas pelis al video...
Mi vida es emocionante, pero carece de remates...

Deliración 419: Magia

Parece que había bronca con el mago porque el tipo andaba con una prima de uno de los payasos. Era una nena, de unos 15 años, y ya varios la deseaban; pero el mago era entrador. Ese día habían salido a pasear por el centro en bicicleta, ella parada en el portaequipajes, con la pollerita al viento para que todos le vieran todo y el mago, aprovechando que podía manejar sin manos, le sujetaba la pantorrilla con una y con la otra le acariciaba los dedos que ella apoyaba sobre su hombro para mantener el equilibrio. Tomaron Fernet con coca y unos helados de palito; y, según cuentan los que no saben, se revolcaron en un parque con eucaliptus, cerca de la estación de trenes. Cuando volvieron al circo, ya era hora de presentar su acto. El mago se encontró con que habían escondido su cofre de trucos. Sin dudarlo, improvizó un acto mediocre y más entrada la noche salió en su bicicleta, con un cuadernito y un album de fotos. Denunció a aquellos de quién sospechaba y, en menos de una semana, todos desaparecieron.

Deliración 418: Ayer y hoy

Era otra Rafaela y nosotros éramos chicos y todavía podíamos descubrir la ciudad en la que habían crecido nuestros abuelos. La televisión se reducía a un canal de aire y creo que tres o cuatro por televisora (porque el término cable todavía no existía). Los libros y las revistas se reciclaban en los canjes y todo olia a tierra y podíamos conseguir revistas e historietas que no estaban en los quioscos. Las casas se refrigeraban a la sombra y las siestas eran nuestras. Vivíamos en bicicletas y acompañados de perros. Había casas embrujadas que no volvíamos a encontrar y otras sencillamente abandonadas y terrenos baldíos... espacio, infinito. Había árboles y tapiales accesibles a nuestra altura y nuestro esfuerzo. Hubo pesos, australes y más pesos, pero nuestra moneda eran las fichas de Cacoa. Había gomines y etiquetas de cigarrillo y figuritas y las gorras que conseguíamos tenían publicidades de Cargill. El cine nos pasaba dos películas y mientras tanto nos animabamos a expediciones a la fosa de los músicos y por detrás de la pantalla y zapateabamos durante los títulos para agregar suspenso y volvíamos con chicle en el pelo y los pantalones. Estaban los techos, por encima de los cuales podíamos recorrer la ciudad y estabamos nosotros, insoportables, planeando cómo hacer que nos dispare gomerazos el placero, o que nos persiga el loco dardo en bicicleta, o mirarle las tetas a la castaña que tomaba sol abrazada al borde de la pileta... Ahora seguimos igual, pero en otros contextos, y nos va bien, en general, pero extrañamos tanto eso...