"Bienvenido todo aquél que en calidad de tal permaneciere lejos; pues que de acercarse sería éste y no aquél, y como tal molestaría."
"Bienvenido todo aquél que en calidad de tal permaneciere lejos; pues que de acercarse sería éste y no aquél, y como tal molestaría."
Y el pulgar sobre el carozo de la tráquea, presionando con firmeza, impaciente, y su sonrisa, la sonrisa del otro, contundente y satisfecha, dejando entrever el placer de su discurso: 'importé tanto... tanto que tuviste que matarme... matarme para mantenerte con vida'; y ese saber de un tiempo más sencillo, y de eso apenas sólo unas semanas; un cuando en el que todo estaba definido, rotulado y ubicado; un tiempo de contrastes funcionales y pragmáticos; mas la culpa de entonces, ese entonces, ese hoy, ese ahora de grises indefinidos, de ruinas y muertes, y esa decisión involuntaria e instintiva, y la furia y tanto odio, y su dolor, y esa ausencia siempre tan presente; y ese ruido destapando una garganta, efervescente y desbordada, y el tacto de las vértebras, y las cosquillas de los nervios; y esa urgencia casi venerea, y esa necesidad tan sincera: 'Necesito que sufras... que al lo menos una vez sufras...'
Es injusto saber que la casa donde crecí ya no me pretenece. Sé que me dejé varios recuerdos enterrados en el patio, pero no puedo asegurarlo ni mucho menos confirmarlo. La abandonamos con el pasto crecido, salvaje y enyuyalizado hasta la cintura; y a veces me descubro soñando con la cortadora eléctrica, tan amarilla y oxidada, haciendo un esfuerzo descomunal y afónico por avanzar entre esa gramilla mutante. El humo del motor quemándose, y la pausa, y una predisposición a ordenarme, y re-comenzar por los bordes, de a poco y tranquilo, como re-planteándome el sueño y el proyecto; pero nunca lo veo concluido. Recuerdo entonces un agujero en el tapial del fondo que daba a la casa de unos vecinos que jamás conocí. Sólo sé que tenían un laurel enfermo, mugre y tortugas. Supongo que la pregunta que me hago es qué recordarán de mí, ellos...
A Ricardo le molestaba cada vez más el olor a caca y tabaco que quedaba en el dormitorio después de garchar con Rubén. 'El pedo cubano', lo llamaban, aunque ya no recordaba bien porqué. En un momento les había parecido gracioso; quizás por la inconsciencia de la borrochera, quizás por la histeria del galanteo. Abrió la ventana y se volvió hacia la cama. De repente quiso decirle 'andate, andate y dejame solo', pero no le salieron las palabras. Se fue al baño a llorar en la ducha, a Ricardo le hacía bien ese tipo de catarsis melodramáticas venezolanas; y después bajó al quiosco a comprar facturas.
Rubén se despertó al oler el café. Se calzó el pantalón pijama de Ricardo y fue a la cocina. De la tele se escuchaban los comentarios de una conductora de un programa de chimentos. 'Poné TN', dijo Rubén, sirviéndose una taza. Entonces se dio cuenta de que estaba solo.
'Estamos bien, manden plata', decía...