Ir al contenido principal

Entradas

Deliración 432: En la ciclo-vía del parque, bajo los paraísos...

Sonreías con la mirada y no con los labios; eras una sorpresa constante. Eras rara, demasiado. Callabas mucho y te gustaba jugar con mis manos. Me calzabas tus auriculares y te empeñabas en musicalizar mis paseos... o es que acaso tarareabas o cantabas o es que acaso me sonreías normalmente y sólo me acariciabas, como si fuese una mascota... o es que acaso sólo me limpiabas y me bañabas y me paseabas. Era tu trabajo, sí, y duraste poco; pero se te extraña tanto. No recuerdo mucho... en general, me refiero; y sólo te reinvento para mantenerte conmigo... es una disciplina, como tratar de mover los dedos, tratar de alzar las piernas, masticar, respirar y tratar de no llorar demasiado.

Deliración 431: Al menos una vez...

Y el pulgar sobre el carozo de la tráquea, presionando con firmeza, impaciente, y su sonrisa, la sonrisa del otro, contundente y satisfecha, dejando entrever el placer de su discurso: 'importé tanto... tanto que tuviste que matarme... matarme para mantenerte con vida'; y ese saber de un tiempo más sencillo, y de eso apenas sólo unas semanas; un cuando en el que todo estaba definido, rotulado y ubicado; un tiempo de contrastes funcionales y pragmáticos; mas la culpa de entonces, ese entonces, ese hoy, ese ahora de grises indefinidos, de ruinas y muertes, y esa decisión involuntaria e instintiva, y la furia y tanto odio, y su dolor, y esa ausencia siempre tan presente; y ese ruido destapando una garganta, efervescente y desbordada, y el tacto de las vértebras, y las cosquillas de los nervios; y esa urgencia casi venerea, y esa necesidad tan sincera: 'Necesito que sufras... que al lo menos una vez sufras...'

Deliración 430: Y un día ya no estuvo más...

'Vos', dijeron y lo señalaron entre los demás, entre tantos, entre todos; con sus dedos largos, retorcidos y chorreantes de cuero; con esas uñas negras, moluscosas y enruladas; desde su altura, allí arriba donde el aire dolía y apestaba. 'Sí, vos', ratificaron ante la duda, sorpresa y falsa modestia del elegido que se volvió incrédulo hacia el resto, alzando los hombros como sin saber la causa, balbuceando excusas idiotas ante la envidia de la que comenzaba a gozar, tropezando a propósito para levantarse digno, demorando lo inevitable casi por pura formalidad y etiqueta. 'Dale, boludo', rugieron, y fue lo último que se supo de él... y a nadie le importó demasiado, la verdad.

Deliración 429: Pueyrredón al 408...

Es injusto saber que la casa donde crecí ya no me pretenece. Sé que me dejé varios recuerdos enterrados en el patio, pero no puedo asegurarlo ni mucho menos confirmarlo. La abandonamos con el pasto crecido, salvaje y enyuyalizado hasta la cintura; y a veces me descubro soñando con la cortadora eléctrica, tan amarilla y oxidada, haciendo un esfuerzo descomunal y afónico por avanzar entre esa gramilla mutante. El humo del motor quemándose, y la pausa, y una predisposición a ordenarme, y re-comenzar por los bordes, de a poco y tranquilo, como re-planteándome el sueño y el proyecto; pero nunca lo veo concluido. Recuerdo entonces un agujero en el tapial del fondo que daba a la casa de unos vecinos que jamás conocí. Sólo sé que tenían un laurel enfermo, mugre y tortugas. Supongo que la pregunta que me hago es qué recordarán de mí, ellos...

Deliración 428: Ricardo Rubén

A Ricardo le molestaba cada vez más el olor a caca y tabaco que quedaba en el dormitorio después de garchar con Rubén. 'El pedo cubano', lo llamaban, aunque ya no recordaba bien porqué. En un momento les había parecido gracioso; quizás por la inconsciencia de la borrochera, quizás por la histeria del galanteo. Abrió la ventana y se volvió hacia la cama. De repente quiso decirle 'andate, andate y dejame solo', pero no le salieron las palabras. Se fue al baño a llorar en la ducha, a Ricardo le hacía bien ese tipo de catarsis melodramáticas venezolanas; y después bajó al quiosco a comprar facturas.
Rubén se despertó al oler el café. Se calzó el pantalón pijama de Ricardo y fue a la cocina. De la tele se escuchaban los comentarios de una conductora de un programa de chimentos. 'Poné TN', dijo Rubén, sirviéndose una taza. Entonces se dio cuenta de que estaba solo.

Deliración 426: Cualquiera diría...

A él le costaba hablarle por teléfono siquiera, y ella empezó a cansarse de tanto esfuerzo. Chateaban durante horas, noches enteras; pero él no podía pronunciarse, no sabía qué decirle cuando escuchaba su voz. Para cuando se animó a conocerla, ella ya no estaba interesada y es que realmente había pasado mucho tiempo. Ella era hermosa, de una belleza sencilla, de un discurso sincero y de una tristeza humilde y profunda. Quería nacer y se le notaba. Para ese entonces la pretendían demasiados, y él era un caso complicado, como un vago ejemplar de humano y apenas, si acaso, de hombre. Aparte había conocido otra mina. Sin embargo, estaban ahí, se presentaron como habían prometido. Hubo silencios, demasiados, y la charla habló de terceros. Parecían decirse esperamos demasiado, ya no estamos solos y ya no nos necesitamos. El abrazo fue sincero y sorpresivamente mutuo, como pidiéndose no me olvides. Pasaron años, muchos, más de trece seguro. Siguieron en contacto, escribiéndose esporádica e inesperadamente, y lo curioso es que aún se responden y se mantienen al tanto. Cualquiera diría que, al menos uno de ellos, sigue enamorado.

Deliración 425: Le metí una mano...

Yo no lloro, me arrepiento y miro demasiado hacia atrás, nada más. Pero no, no lloro; desconfio y casi nada me lastima. Ya tampoco me compadezco de la gente; ya no me siento responsable de la suerte ajena. Afiancé mi egoísmo para tratar de entenderme sin que el resto me interrumpa tanto y, de repente, ahora, sin que pueda controlarlos, todos estos recuerdos  comandos, profesionales, certeros y contundentes. Tantos y tan olvidados que ni parecen míos; toda esa parte de mi vida que evidentemente esquivo de mi memoria. Es la proximidad de la muerte y tantas ausencias, supongo. El de hoy fue una canción que empezó a sonar tratando de recordar la letra de la Cumparsita, y entonces vino Krypto, mordiendo la tela mosquitera de mi ventana, y así fue que las vi: en casa, las rejas daban a nuestro propio patio; pero al frente, nada...

Deliración 424: Bloguistas locales...

El tipo tiene 37 años y trabaja en la municipalidad. Su viejo entró con los radicales en los 80s y le consiguió un puesto con los peronistas a principio del 2000. Es una especie de intermediario perdido dentro del procesamiento de datos de los contribuyentes de la tasa. Vive de eso, pero el tipo tiene un blog desde el 2005, ocho años ya. Escribe sobre hechos policiales y cosas que le llaman la atención; alguna película, un recital o demás aleatoriedades que atestigua in itinere. En los últimos dos años comenzó a escribir sobre el submundo paranormal de Córdoba; desde que la vieja se enfermó y el padre la empezó a llevar a todos esos curanderos que le aseguraban sanarla mediante hechizos, promesas y sacrificios. La vieja murió, pero él descubrió que no todo era mentira. El tipo busca la verdad a su manera y se remite a sus sentidos. Hoy publicó, después de mucho tiempo, el caso de la mesa 14 de un bar en Alto Alberdi en el que debés sentarte a la hora de la siesta y pedir una caña de más y esperar hasta que una ausencia te acompañe y te palmee la mano. "Les juro, era mi abuelo", sentenció y tengo razones para creerlo.

Deliración 423: Incómodo...

Se trata sin dudas de una situación incomoda, creeme; los cuatro ahí, en bolas, sentados a la mesa y esperando la comida. Yo estoy gordo y la tengo chiquitita, y no hay manera de remarla en un club nudista. Todos la tienen más grande y sí, mi mujer se da cuenta... y lo peor es que la  otra mina también, como que se sacó las dudas. Ahora ya no me va a coquetear más. Ellos nos invitaron, ella y su marido; pero su marido es un pavo... aunque ahora también mi mujer le mira el ganso, la vi. La mina es plana, chata y peluda; ni culo ni tetas, pero nutrida de una buena nutria. Como está todo en penumbras y yo estoy sin lentes, no puedo pispear mucho más lejos. Si me dejaba los anteojos mi mujer seguro me armaba un escándalo terrible, así que mejor los dejé en el vestuario. Para qué vinimos? Me cago en la genética, en mi familia y en los amigos de mi esposa. La moza parece que estuvo buena, pero ahora ya tiene unos cuarenta y largos y la piel le está empezando a quedar unos talles más grandes y le cuelga y se arruga. Cuando nos trae la comida, como que la fuerza de sujetar la bandeja hace que se le arremangue un poco a la altura del esternón. Entonces descubro la mirada fulminante de mi mujer.
- Te gusta?
- Mi amor, qué querés que haga? están todos en bolas...
- Bueno, pero no hace falta mirar así...
- Dejalo -dice la otra- si total estos dos son unos muertos. No van a hacer nada con ninguna...
- Y vos qué vas a hacer, a ver? -la desafío.
- Yo? Lo que quieras...
Puta, me cagó; encima ahora el pavo del marido me mira como con ganas de cagarme a piñas. Ni me animo a mirarla a mi mujer, pero menos mal que no hay cubiertos sobre la mesa. En el escenario del fondo, comienzan a cantar uno que suena como Juan Ramón y una tipa que le hace los coros y lo acompaña con un organito.
- La próxima navidad la pasamos con mi hermano -le digo a mi mujer.
- Si seguís así, la próxima navidad la pasás solo -me responde. Y a mí me pudre cuando mi mujer convierte todo en una lucha de poder; sobre todo porque soy yo el que tengo que ceder para calmar todo y evitar días, semanas, de distanciamiento y mala onda en casa. Pero ahora me hartó, ella quiso venir acá con su amiga. No sé qué anécdota quería sacar de todo esto, si ni siquiera es un quilombo... El pavo me mira, como sonriendo, y la esposa está expectante, como casi excitada por la cizaña  Pero ya fue, es navidad; aunque si fuera año nuevo sería más simbólico o representativo o lo que sea... la cosa es que le guiño un ojo y me prendo al trencito que pasa a mis espaldas. Veremos qué pasa mañana...