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Deliración 451: Y por casa cómo andamos?

Nos enamoran las diferencias, lo distinto; pero nos falta la costumbre. Empezamos extrañando a los amigos y la familia (aunque no tanto), y suponemos que sólo los querríamos presentes para compartir las novedades; pero después nos descubrimos armando playlists con las canciones que ellos escuchaban, como sembrando la casa y la oficina con sus recuerdos (pero sólo acomodamos sus fantasmas).

De repente, un día, nos derrumbamos; nos largamos a llorar como nenes. Sucede en segundos y dura otros tantos, supongo que se trata del magún fulminante del que hablaban mis abuelos.

Al tiempo, volvemos; y nos chocamos de lleno con las excusas por las cuales nos fuimos... y es que ya perdimos la costumbre. Los sonidos y aromas son sólo ruidos y olores filtrados por nuestra memoria. El contacto, que uno necesita y tanto extraña, resulta ser mucho menos del que uno añora y espera. Encontramos todo distinto y familiar; en parte reciclado, en parte más maduro, en parte demasiado senil y abandonado... ajeno... (desconfío de cuán real habrá sido aquello que recuerdo). Los abuelos también hablaban del desarraigo; pero creo que hay algo de olvidar a propósito para reinventar nuestra historia.

Los sabores, sin embargo, son los mismos, irreductibles; inmensos como el paisaje. También nos sorprende descubrir quiénes nos extrañan y quiénes acomodan nuestros fantasmas en sus casas. Los hay quienes ya nos enterraron, otros a los que nunca importamos, y hay quienes aún nos esperan.

Nos persigue el tiempo que no alcanza y la inminencia de la distancia. "Quizás", uno piensa, "sea la última vez que los vea".

Deliración 450: Simple

Tenía ya dos semanas y estaba aprendiendo a sonreír con tantas ganas...

Nos miraba, nos descubría y le ponía paréntesis a sus labios (como brindándonos un extra de sí misma que tranquilamente habría podido ser omitido; pero que sabía, ya entonces, nos resulta valiosísimo).

Nota (3 meses más tarde):

Ahora, a la distancia (pues ellas siguen en Argentina) me reconoce por voz (y quizás por imagen y semenjanza) a través de videollamadas. Le cuento de mis días, y ella me responde con su sonrisa (tan honesta, sencilla y contundente), acurrucada en su almohada.

Deliración 449: Un nosotros más plural...

Mamá salió del baño llorando y levantando el plastiquito meado, alzándolo al mundo y presentándolo en sociedad, pero sólo ante mi sola presencia (ella estaba junto al espejo del placar y podía verla desde dos planos completamente distintos, y en ambas dimensiones sintiendo exactamente lo mismo); y era un totem, un ícono, el portaestandarte de nuestro futuro: una cruz atemperada que apenas si se distinguía ante mis ojos daltónicos. "Es positivo", me dijo; traduciendo de manera sintética lo que no se animaba a enunciar. Y fue entonces sentir esa alegría descontrolada que nos desbordó de terror, tartamudeando de felicidad, esbozándonos en un boceto que desvanecía nuestra realidad acotada y estallaba en una pluralidad tan hermosa y vertiginosa (y ya sin necesidad de espejos, ni otros trucos mecánicos). Tanta, pero tanta expectativa que hacía que los dedos se quebrasen de tanto temblar y reventasen los puños en ésta, nuestra humilde megalomanía; y los dientes se estallasen esquirlando las encías de tanto reír; y reír, reír mucho, a baldazos y en silencio. ¿Será posible? ¿Serás?

Pero, en casos así, la razón ha de someterse y la sangre ha de mandar (va de retro pulsión). Alzando la vista, le dije a mamá: "no digamos nada, prudencia"; y supe que me odió por reprimirla.

Nota (8 meses más tarde):
Te veníamos buscando desde hace tantos, tantos años; y vos solita supiste dónde encontrarnos.

Deliración 448: Más que eso...

Escribe como habla: inseguro, pero fingiendo seguridad; a los manotazos en su limbo de conocimientos e ignorancia; trémulamente prepotente en su afán de usar palabras tales como prepotencia, afán y tremulidad; gilazo, vanidoso e inocente. Sumiso, demasiado, y un poco insolente. Inconsistente por costumbre.  La articulación del lenguaje en esa imprenta virtual le permitía elongar sus frustraciones sistémicas para ejercitarse en una gimnasia incompetente y flácida. Más que acróbata, saltimbanqui: malabarista, un payaso.
Escribe como puede, limitado y tullido: un fenómeno.
Escribe como quiere: de manera superficial y sin decir más que eso.

Deliración 447: Piropo...

No sé cantar ni tocar un instrumento. Tampoco puedo rimar ni escribir ni decir lo que siento; no me sale, ni tampoco lo intento. Para serte sincero; muchas veces, casi siempre, te miento. Te omito, te esquivo, me distancio y te segrego. Te humillo y me burlo. Mirá mis manos, mis dedos, mis uñas: la mugre, eso... Mis axilas, el chivo: mi hedor, la baranda... sos eso, mi trabajo: mi esfuerzo. Mi vida, eso... mi sustento.

Deliración 446: Póster nuestro...

Sentado solo, como un boludo; esperando el subte que rellenase el caño ése en el que estaba perdiendo su tiempo y lo acercase a casa. Miraba el piso, las baldosas debajo de sus zapatillas mugrientas. Había una que estaba suelta y jugaba a acelerarla y desacelerarla como si fuese un subibaja. Ejerció un poco más de presión con la planta del pie y el mosaico se partió en tres formando una i griega desprolija. No sintió satisfacción ni culpa. Levantó la vista y un póster en la pared de enfrente lo invitó a una playa en muchas cuotas, demasiadas. Se levantó y caminó hasta una de las entradas: los molinetes y las escaleras seguían ahí, pero el guarda/cajero ya no estaba. Se volvió hacia el andén y se balanceó por el borde amarillo espiando la mugre sobre las vías: forros rellenos, puchos achicharrados, panfletos y diarios y revistas destrozados, bollos de celofán de caramelos y papel metalizado, chicles, galletitas y criollos podridos, y rastas, muchas ristras de rastas de pelusa y grasa. Y un anillo, ahí estaba, de oro o al menos dorado, entre los dos rieles, como puesto a propósito. Sonrío y toció: 'Gollum'. Se volvió, pero no había nadie que le festejase la ocurrencia. Se volvió hacia el anillo: se le habría caído a una madre que adelgazó demasiado después del parto, o la arrojó un tipo pronto a divorciarse cuando supo que iba a tener que pagarle los honorarios al abogado de su ex con el que además le metía los cuernos, o una piba que lo tiró al ver que se le venía encima un cana después de habérselo robado a un borracho tumbado en un rincón. Entonces escuchó al tren. Miró hacia el fondo del túnel y dudó si llegaba a tiempo para tirarse a las vías, juntar el anillo y volver para tomarse el subte. La prudencia le dijo que no, aunque la ansiedad le aseguró que sí. Decidió esperar, dejar pasar al subte, juntar el anillo y tomarse el otro; y eso hizo.
El tren llegó murgueramente atolondrado, pero vacío (o por lo menos no bajó nadie). Esperó asmáticamente a que se decidiera a subir, pero a los 30 segundos lo dejó solo en la plataforma otra vez y se fue como puteando.
Para cuando las vías se despejaron de nuevo,  el anillo había desaparecido. El tipo se tiró y escarbo la mugre podrida y tibia entre los rieles. No encontró nada. Trepó de un salto hasta el andén y se le desgarró la entrepierna del pantalón. Suspiró vencido y se sentó desgraciado. Alzó la vista al póster y recalculó sus cuotas. 'Necesitamos vacaciones, hermano', se dijo fraternalmente; 'lo nuestro ya no es vida'.

Deliración 445: Tipo sencillo...

Mi tristeza es sencilla: es la tristeza de mirar por la ventana, la de patear una lata y la bronca de alcanzarla y pisarla. La tristeza perversa de dejar morir de sed a una planta sobre la mesa o la dejar cubierto al canario durante dos o tres días. La tristeza de dejar la ropa en el lavarropas durante una semana; la tristeza de no prender la tele ni la radio. La bronca de viajar parado en colectivos, la de tomar café demasiado dulce y aguado. La tristeza de tener la guía abierta en la página que tiene tu nombre, tu dirección y teléfono. La tristeza de no tener tus fotos. La bronca de no tener tus fotos. La tristeza de los platos limpios. La bronca de los repasadores podridos.

Deliración 444: Buscaconsuelos...

Cada vez que me emborracho te escribo un e-mail; no sé si lo notaste. No te llamo ni te chateo ni nada de esas cosas intrusivas, sólo te escribo un e-mail y te cuento un poco de mi vida durante este milenio sin tu presencia. Te pregunto cómo estás, cómo andan tus cosas y qué hay de nuevo allá lejos; pero, en realidad, te estoy garchando, en mi mente digo, mientras te escribo. Nos garchamos con una ternura contundente; siempre buscás improvisar y me sorprendés constantemente, por más que sea yo el que te imagine. Sos marrana y dulce, por siempre. Para cuando envío el e-mail, ya estamos los dos satisfechos (quiero creer), y sólo me queda la culpa de haberte perdido y esta tonta incertidumbre: alguna vez me quisiste? Y es que nunca te lo pregunto, quizás prefiera la duda. Respondés, sí; pero sólo a veces y generalmente bastante tiempo después. Tu vida, todo bien; pero dejás entrever tristeza en tu felicidad y lo hacés a propósito, lo sabemos. Me gusta, te soy sincero; ojalá, al menos, seas cornuda.

Deliración 443: Sin jabón...

El horizonte del inodoro estaba ladeado. Se notaba porque el lago verdopinoso se arriñoneaba hacia la izquierda. Era eso o la pileta había sido desprolíjamente moldeada. Meó y luego escupió sobre la espuma. Pensó en la playa y el mar, la arena... Digamos que se despertó y se descubrió todavía con el pito afuera. Arrancó un pedazo de papel higiénico y secó el borde y el piso. Tiró el bollo al cesto desbordado y apretó el botón con el codo. Guardó el pito detrás del calzoncillo y lo precintó con la bragueta del jean. Pateó la puerta que rebotó y le abrió paso al resto del baño. Estaba solo y sintió una inminente urgencia por masturbarse. Se reprimió y optó por lavarse las manos en agua helada. El mar, la playa; ella. Ella de espaldas y su culo enorme y su mano fría apretando un cachete de ese culo enorme y su risa, y su sonrisa y ese lunar que hacía las veces de lágrima podrida. Digamos que se despertó y se descubrió ante el espejo, mirándose a sí mismo y con la boca entreabierta. Se sonrió...

'Qué buen culo, hija de puta' y metió las manos bajo el secador.

Deliración 442: ACV...

Sucedió en plena guerra, una como otras tantas; pero de esas en las que de las ciudades no queda nada. Orbes de canto rodado, vigas quebradas y humo. La casa en sí era un cúmulo de habitaciones incompletas e inundadas. Despertó dentro por la luz del sol que chorreaba entre las tejas y se reflejada en unos pedazos de vidrio; brillaba atomizada e inconstante: viva. El suelo respiraba y se sacudía, el techo tocía acatarrado y escupía reboque. Los chicos lo descubrieron una mañana en la que se habían aventurado en busqueda de refugio. Les llevó poco más de una tarde comprender que no podía lastimarlos. Era sólo un cuerpo inerte cubierto de caca y pis ahumado. Vociferaba, pero no se movía; ya no podía. Ni siquiera hablar, pues ya no sabía; ni darse a entender, pues ya no aprehendía. Lloraba, lloraba mucho; quizás demasiado. El varón propuso carnearlo, pero la nena gritó y optaron por adoptarlo. Hubo que conseguir entonces comida para tres, pues que la mascota también era hambrienta; pero nunca se halló suficiente, ni se intentó demasiado. Mientras el varón salía, la nena quedaba a su lado. Lo bañó con un trapo y a partir de entonces lo limpiaba cuando fue necesario. También lo peinaba y a veces lo maquillaba con carbones de colores. Le llamaba viejo, porque lo habían confundido con el de la bolsa, el que se lleva a los chicos que se portan mal y no hacen caso. Hablaba, la nena hablaba mucho; quizás demasiado. Hablaba de un padre, una madre, juguetes y el hambre; las tormentas de bombas, la plaga de aviones, un dios enojado, una virgen madre que lloraba tanto como ella y un niño como ellos, pero que ya estaba muerto. Princesas y monstruos y fuego y la oscuridad y la noche; y los hombres malos con cascos y armas; y los hombres malos, desnudos y con perros; y los perros y la noche y el fuego. Hubo veces en las que el varón se ausentaba por días y, a su regreso, contaba historias imposibles y salvajes. Un día, finalmente, los chicos simplemente se marcharon. La guerra continuó y el viejo fue muriendo desesperadamente de hambre; rezando en su púber memoria un credo infantil lleno de terrores y culpas. Según lo habían educado los mocosos, estaba en penitencia.