"Bienvenido todo aquél que en calidad de tal permaneciere lejos; pues que de acercarse sería éste y no aquél, y como tal molestaría."
"Bienvenido todo aquél que en calidad de tal permaneciere lejos; pues que de acercarse sería éste y no aquél, y como tal molestaría."
Escribe como habla: inseguro, pero fingiendo seguridad; a los manotazos en su limbo de conocimientos e ignorancia; trémulamente prepotente en su afán de usar palabras tales como prepotencia, afán y tremulidad; gilazo, vanidoso e inocente. Sumiso, demasiado, y un poco insolente. Inconsistente por costumbre. La articulación del lenguaje en esa imprenta virtual le permitía elongar sus frustraciones sistémicas para ejercitarse en una gimnasia incompetente y flácida. Más que acróbata, saltimbanqui: malabarista, un payaso.
Escribe como puede, limitado y tullido: un fenómeno.
Escribe como quiere: de manera superficial y sin decir más que eso.
No sé cantar ni tocar un instrumento. Tampoco puedo rimar ni escribir ni decir lo que siento; no me sale, ni tampoco lo intento. Para serte sincero; muchas veces, casi siempre, te miento. Te omito, te esquivo, me distancio y te segrego. Te humillo y me burlo. Mirá mis manos, mis dedos, mis uñas: la mugre, eso... Mis axilas, el chivo: mi hedor, la baranda... sos eso, mi trabajo: mi esfuerzo. Mi vida, eso... mi sustento.
Sentado solo, como un boludo; esperando el subte que rellenase el caño ése en el que estaba perdiendo su tiempo y lo acercase a casa. Miraba el piso, las baldosas debajo de sus zapatillas mugrientas. Había una que estaba suelta y jugaba a acelerarla y desacelerarla como si fuese un subibaja. Ejerció un poco más de presión con la planta del pie y el mosaico se partió en tres formando una i griega desprolija. No sintió satisfacción ni culpa. Levantó la vista y un póster en la pared de enfrente lo invitó a una playa en muchas cuotas, demasiadas. Se levantó y caminó hasta una de las entradas: los molinetes y las escaleras seguían ahí, pero el guarda/cajero ya no estaba. Se volvió hacia el andén y se balanceó por el borde amarillo espiando la mugre sobre las vías: forros rellenos, puchos achicharrados, panfletos y diarios y revistas destrozados, bollos de celofán de caramelos y papel metalizado, chicles, galletitas y criollos podridos, y rastas, muchas ristras de rastas de pelusa y grasa. Y un anillo, ahí estaba, de oro o al menos dorado, entre los dos rieles, como puesto a propósito. Sonrío y toció: 'Gollum'. Se volvió, pero no había nadie que le festejase la ocurrencia. Se volvió hacia el anillo: se le habría caído a una madre que adelgazó demasiado después del parto, o la arrojó un tipo pronto a divorciarse cuando supo que iba a tener que pagarle los honorarios al abogado de su ex con el que además le metía los cuernos, o una piba que lo tiró al ver que se le venía encima un cana después de habérselo robado a un borracho tumbado en un rincón. Entonces escuchó al tren. Miró hacia el fondo del túnel y dudó si llegaba a tiempo para tirarse a las vías, juntar el anillo y volver para tomarse el subte. La prudencia le dijo que no, aunque la ansiedad le aseguró que sí. Decidió esperar, dejar pasar al subte, juntar el anillo y tomarse el otro; y eso hizo.
El tren llegó murgueramente atolondrado, pero vacío (o por lo menos no bajó nadie). Esperó asmáticamente a que se decidiera a subir, pero a los 30 segundos lo dejó solo en la plataforma otra vez y se fue como puteando.
Para cuando las vías se despejaron de nuevo, el anillo había desaparecido. El tipo se tiró y escarbo la mugre podrida y tibia entre los rieles. No encontró nada. Trepó de un salto hasta el andén y se le desgarró la entrepierna del pantalón. Suspiró vencido y se sentó desgraciado. Alzó la vista al póster y recalculó sus cuotas. 'Necesitamos vacaciones, hermano', se dijo fraternalmente; 'lo nuestro ya no es vida'.
Mi tristeza es sencilla: es la tristeza de mirar por la ventana, la de patear una lata y la bronca de alcanzarla y pisarla. La tristeza perversa de dejar morir de sed a una planta sobre la mesa o la dejar cubierto al canario durante dos o tres días. La tristeza de dejar la ropa en el lavarropas durante una semana; la tristeza de no prender la tele ni la radio. La bronca de viajar parado en colectivos, la de tomar café demasiado dulce y aguado. La tristeza de tener la guía abierta en la página que tiene tu nombre, tu dirección y teléfono. La tristeza de no tener tus fotos. La bronca de no tener tus fotos. La tristeza de los platos limpios. La bronca de los repasadores podridos.
Cada vez que me emborracho te escribo un e-mail; no sé si lo notaste. No te llamo ni te chateo ni nada de esas cosas intrusivas, sólo te escribo un e-mail y te cuento un poco de mi vida durante este milenio sin tu presencia. Te pregunto cómo estás, cómo andan tus cosas y qué hay de nuevo allá lejos; pero, en realidad, te estoy garchando, en mi mente digo, mientras te escribo. Nos garchamos con una ternura contundente; siempre buscás improvisar y me sorprendés constantemente, por más que sea yo el que te imagine. Sos marrana y dulce, por siempre. Para cuando envío el e-mail, ya estamos los dos satisfechos (quiero creer), y sólo me queda la culpa de haberte perdido y esta tonta incertidumbre: alguna vez me quisiste? Y es que nunca te lo pregunto, quizás prefiera la duda. Respondés, sí; pero sólo a veces y generalmente bastante tiempo después. Tu vida, todo bien; pero dejás entrever tristeza en tu felicidad y lo hacés a propósito, lo sabemos. Me gusta, te soy sincero; ojalá, al menos, seas cornuda.
El horizonte del inodoro estaba ladeado. Se notaba porque el lago verdopinoso se arriñoneaba hacia la izquierda. Era eso o la pileta había sido desprolíjamente moldeada. Meó y luego escupió sobre la espuma. Pensó en la playa y el mar, la arena... Digamos que se despertó y se descubrió todavía con el pito afuera. Arrancó un pedazo de papel higiénico y secó el borde y el piso. Tiró el bollo al cesto desbordado y apretó el botón con el codo. Guardó el pito detrás del calzoncillo y lo precintó con la bragueta del jean. Pateó la puerta que rebotó y le abrió paso al resto del baño. Estaba solo y sintió una inminente urgencia por masturbarse. Se reprimió y optó por lavarse las manos en agua helada. El mar, la playa; ella. Ella de espaldas y su culo enorme y su mano fría apretando un cachete de ese culo enorme y su risa, y su sonrisa y ese lunar que hacía las veces de lágrima podrida. Digamos que se despertó y se descubrió ante el espejo, mirándose a sí mismo y con la boca entreabierta. Se sonrió...
'Qué buen culo, hija de puta' y metió las manos bajo el secador.