Ir al contenido principal

Entradas

Deliración 131: Indignado.-

Lo peor de vivir con un par de sinusitosos alérgicos a la vida es caminar descalzo sobre esos charcos trasparentes y gelatinosos que quedan en el piso del baño, de la cocina o en la alfombra del living después de sonarse la nariz o simplemente chorrearlos y que no se dignan a limpiar. El departamento se convierte entonces en una playa a la que han ido a morir unas cuantas aguavivas desde las flemáticas profundidades del bronquio.

Deliración 129: En su memoria.-

Se nota que lo que más le preocupaba era eso de la trascendencia ya que no hacía otra cosa más que buscar excusas para ser tenido en cuenta y recordado en las escasas reuniones a las que no asistía. Se posicionó entonces como ente altruista dejando de lado su vida con tal de ganarse un lotecito siquiera en la memoria de los otros, ese mismo resto que descubrió un día, tras la muerte del gestor, que podían hacer los trámites ellos mismos y que era mucho más fácil de lo que pensaban.

Deliración 125: Otra mediocre historia de amor.-

Tiene los ojos cerrados y hace fuerza para no espiar y no reírse. El nene está frente a ella y la mira. Duda. Se acerca, sonríe y la besa. Inmediatamente se echa hacia atrás y se encoge de hombros, como escondiéndose en sí mismo. La nena abre los ojos y sonríe. Lo mira, se miran y se ruborizan. Pero ella no se enoja. Se ríen; primero él, después ella. Se acerca y lo besa. Se ríen, se abrazan y se besan. Veintitrés años después se cruzarán un día en la calle y no se reconocerán. Él soltero, ella divorciada; se sentarán uno al lado del otro en un colectivo verde y rojo. Pensarán en ellos, cada uno a su manera, sin siquiera recordar sus nombres. Él bajará en Colón y Neuquén, y ella seguirá hasta Pedro Zanni. Volverán a encontrarse en el Hospital de Urgencias, otros veinte años más tarde, inconscientes y desmembrados, en camillas paralelas. Morirán juntos sin siquiera sospecharlo. A partir de entonces, saldrán a jugar, a la hora de la siesta, entre los enfermos de cardiología y se besarán a escondidas, todas las noches, en un armario cerca de pediatría.

Deliración 124: Cuando ella habla.-

No dejan de sorprenderme la riqueza de su discurso y la sencillez de sus palabras y como las va hilando una tras otra en esa linealidad visual y tangible que abraza a todo aquel que la oye sin que lo sospeche siquiera. Mezcla su fantasía con lo cotidiano y la alegría con su dolor. Ella, triste, me cuenta sus sueños y yo, fascinado, la escucho.

Deliración 123: Mal de amores.-

"Ah, si de mal de amores se trata, créame cuando le digo que para tales afecciones vengo a ser como un analgésico de amplio espectro", dijo y le guiño un ojo canoso, arrugado y transparentado por el tiempo y las cataratas, "no se ría". Pero le resultaba imposible no reírse. Sin embargo, le pasó la lengua por la oreja y, enseguidita nomás, comenzó a sentirse mejor. Creer o reventar.

Deliración 122: El Gran Gamuzza.-

La historia del Gran Gamuzza era la historia de un tipo que abría la puerta del baño y comenzaba a viajar por el tiempo dentro de su propia casa sin que nadie lo notara, ni su familia ni él mismo siquiera. Era una estupidez, como otras tantas y nunca llegó a ningún lado; quiero decir, nunca salió de mi cabeza.