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Deliración 455: El cliché - 1

Como la mayoría del resto, llegué a la vida de mis viejos demasiado tarde (y supongo que a mi hijo le pasó lo mismo). En mi caso, conocí al mío ya muy cómodo y aburrido en su puesto de empleado público. De las anécdotas que contaban sus amigos no quedaban ni rastros y, sólo de vez en cuando, se emborrachaba para reírse a carcajadas. No era parco ni callado, sino más bien bocón e inseguro.

Mi hermano siguió su mismo camino y se metió en la municipalidad, pero (no sé si fue por una cuestión generacional o porque quizás nos criaron con más ambiciones) él hizo carrera política y escaló a puestos más altos y ahora aparece en las listas sábana de los radicales.

Mi vieja fue maestra de primaria, pero logró jubilarse por anticipado; así que, durante nuestra adolescencia, pasó casi todo su tiempo en casa, dedicada a nosotros. Eramos su vida, nos decía, y supongo que veía nuestros 18 años como su fecha de vecimiento.

Deliración 454: Vení que te cuento

Yo podría haber sido otro, pero para qué? Me hubiera perdido de todo esto... de tu mamá, de vos; qué haría yo sin vos? Sí, yo podría haber sido otro (ponele) y durante mucho tiempo me anduve lamentando no haberlo sido; pero ya no.

Hoy por hoy, sólo tengo miedo de perder todo esto que hace que valga la pena ser quien soy; este yo, quiero decir... nosotros...

Deliración 453: Momento de vanidad...

Una vez crucé a nado el dique Los Molinos (ida y vuelta) en pedo, mientras unos amigos hacían un asado. Cuando volví, ya se lo habían comido casi en su totalidad y sólo me dejaron unos restos de carnes secas. Reconozco que estaba preocupado (o tenía miedo) de que me pasara una lancha por la cabeza o que viniese una víbora nadando y me atacase (por algún motivo).

Otra vez nos fuimos en bicicleta, desde Córdoba, hasta Rafaela y tardamos dos días y medio para hacer los 300km de ruta. Dormimos en carpa en los estacionamientos de unas estaciones de servicio y tomabamos yogur y cagabamos cada 20km. La bici no tenía cambios y pedaleamos en cueros y en alpargatas. Yo tenía un sombrero de paja al que le había cosido un pañuelo para que no se me quemase la nuca (no quería insolarme).

Otra vez arranqué un paraíso de raíz que obstruía un camino cerca del cementerio de Saguier. Es cierto, ya estaba tumbado (había pasado un tornado); pero las raíces todavía estaban enterradas y aferradas al suelo. Creo que tardé una hora y media, pero lo arranqué obelíxicamente con mis propias manos y sin ayuda de nadie ni de ninguna otra asistencia externa (ni herramientas, ni poleas, ni camioneta, ni palas, ni palancas). Estaba solo y nadie me vio (me fui y dejé el árbol en la banquina).

Eso sí, soy una basura como persona.

Deliración 452: Nicho de taitas...

Uno no sabe muy bien cómo es que se sabe, pero lo cierto es que se habla de lo que una vez fue una pulpería en el sur de Santa Fe (ahí por la zona del Elortondo) a la que varios guapos aún se allegan para batirse a duelo con el mandinga, sin otro propósito que el de obtener una prórroga para sus almas o cederlas definitivamente en el intento. Hay uno que, según dicen, le viene ganando desde hace más de cien años; aunque hay quienes ponen en duda su habilidad y destreza, y le adjudican sus victorias a cierta simpatía que (insisto, dicen) le tiene el mismo cachibembe; y es que la envidia del prendado (me imagino) ha de ser muy grande. Dicen que ya gastó toda su plata (la del trato y sus frutos, supongo), que tuvo todas sus hembras y varios de sus machos; que deambuló bastante y se aquerenció con un par de familias, amistades y amantes, pero que finalmente los abandonó a todas y todos (desarraigado y sin retoños); que lo único que le queda es ese placer quinquenal de embretar al tío contra los rincones y coserlo a guadañazos.

La casona, ahora en ruinas, se encuentra en un lote baldío que ni mugre junta. Si bien no tiene techo (y el solazo cuece la zona), el piso mantiene un barro eterno; amorcillado por la humedad de tanta sangre... y las moscas, las moscas se escuchan a la legua.

Deliración 451: Y por casa cómo andamos?

Nos enamoran las diferencias, lo distinto; pero nos falta la costumbre. Empezamos extrañando a los amigos y la familia (aunque no tanto), y suponemos que sólo los querríamos presentes para compartir las novedades; pero después nos descubrimos armando playlists con las canciones que ellos escuchaban, como sembrando la casa y la oficina con sus recuerdos (pero sólo acomodamos sus fantasmas).

De repente, un día, nos derrumbamos; nos largamos a llorar como nenes. Sucede en segundos y dura otros tantos, supongo que se trata del magún fulminante del que hablaban mis abuelos.

Al tiempo, volvemos; y nos chocamos de lleno con las excusas por las cuales nos fuimos... y es que ya perdimos la costumbre. Los sonidos y aromas son sólo ruidos y olores filtrados por nuestra memoria. El contacto, que uno necesita y tanto extraña, resulta ser mucho menos del que uno añora y espera. Encontramos todo distinto y familiar; en parte reciclado, en parte más maduro, en parte demasiado senil y abandonado... ajeno... (desconfío de cuán real habrá sido aquello que recuerdo). Los abuelos también hablaban del desarraigo; pero creo que hay algo de olvidar a propósito para reinventar nuestra historia.

Los sabores, sin embargo, son los mismos, irreductibles; inmensos como el paisaje. También nos sorprende descubrir quiénes nos extrañan y quiénes acomodan nuestros fantasmas en sus casas. Los hay quienes ya nos enterraron, otros a los que nunca importamos, y hay quienes aún nos esperan.

Nos persigue el tiempo que no alcanza y la inminencia de la distancia. "Quizás", uno piensa, "sea la última vez que los vea".

Deliración 450: Simple

Tenía ya dos semanas y estaba aprendiendo a sonreír con tantas ganas...

Nos miraba, nos descubría y le ponía paréntesis a sus labios (como brindándonos un extra de sí misma que tranquilamente habría podido ser omitido; pero que sabía, ya entonces, nos resulta valiosísimo).

Nota (3 meses más tarde):

Ahora, a la distancia (pues ellas siguen en Argentina) me reconoce por voz (y quizás por imagen y semenjanza) a través de videollamadas. Le cuento de mis días, y ella me responde con su sonrisa (tan honesta, sencilla y contundente), acurrucada en su almohada.

Deliración 449: Un nosotros más plural...

Mamá salió del baño llorando y levantando el plastiquito meado, alzándolo al mundo y presentándolo en sociedad, pero sólo ante mi sola presencia (ella estaba junto al espejo del placar y podía verla desde dos planos completamente distintos, y en ambas dimensiones sintiendo exactamente lo mismo); y era un totem, un ícono, el portaestandarte de nuestro futuro: una cruz atemperada que apenas si se distinguía ante mis ojos daltónicos. "Es positivo", me dijo; traduciendo de manera sintética lo que no se animaba a enunciar. Y fue entonces sentir esa alegría descontrolada que nos desbordó de terror, tartamudeando de felicidad, esbozándonos en un boceto que desvanecía nuestra realidad acotada y estallaba en una pluralidad tan hermosa y vertiginosa (y ya sin necesidad de espejos, ni otros trucos mecánicos). Tanta, pero tanta expectativa que hacía que los dedos se quebrasen de tanto temblar y reventasen los puños en ésta, nuestra humilde megalomanía; y los dientes se estallasen esquirlando las encías de tanto reír; y reír, reír mucho, a baldazos y en silencio. ¿Será posible? ¿Serás?

Pero, en casos así, la razón ha de someterse y la sangre ha de mandar (va de retro pulsión). Alzando la vista, le dije a mamá: "no digamos nada, prudencia"; y supe que me odió por reprimirla.

Nota (8 meses más tarde):
Te veníamos buscando desde hace tantos, tantos años; y vos solita supiste dónde encontrarnos.

Deliración 448: Más que eso...

Escribe como habla: inseguro, pero fingiendo seguridad; a los manotazos en su limbo de conocimientos e ignorancia; trémulamente prepotente en su afán de usar palabras tales como prepotencia, afán y tremulidad; gilazo, vanidoso e inocente. Sumiso, demasiado, y un poco insolente. Inconsistente por costumbre.  La articulación del lenguaje en esa imprenta virtual le permitía elongar sus frustraciones sistémicas para ejercitarse en una gimnasia incompetente y flácida. Más que acróbata, saltimbanqui: malabarista, un payaso.
Escribe como puede, limitado y tullido: un fenómeno.
Escribe como quiere: de manera superficial y sin decir más que eso.

Deliración 447: Piropo...

No sé cantar ni tocar un instrumento. Tampoco puedo rimar ni escribir ni decir lo que siento; no me sale, ni tampoco lo intento. Para serte sincero; muchas veces, casi siempre, te miento. Te omito, te esquivo, me distancio y te segrego. Te humillo y me burlo. Mirá mis manos, mis dedos, mis uñas: la mugre, eso... Mis axilas, el chivo: mi hedor, la baranda... sos eso, mi trabajo: mi esfuerzo. Mi vida, eso... mi sustento.

Deliración 446: Póster nuestro...

Sentado solo, como un boludo; esperando el subte que rellenase el caño ése en el que estaba perdiendo su tiempo y lo acercase a casa. Miraba el piso, las baldosas debajo de sus zapatillas mugrientas. Había una que estaba suelta y jugaba a acelerarla y desacelerarla como si fuese un subibaja. Ejerció un poco más de presión con la planta del pie y el mosaico se partió en tres formando una i griega desprolija. No sintió satisfacción ni culpa. Levantó la vista y un póster en la pared de enfrente lo invitó a una playa en muchas cuotas, demasiadas. Se levantó y caminó hasta una de las entradas: los molinetes y las escaleras seguían ahí, pero el guarda/cajero ya no estaba. Se volvió hacia el andén y se balanceó por el borde amarillo espiando la mugre sobre las vías: forros rellenos, puchos achicharrados, panfletos y diarios y revistas destrozados, bollos de celofán de caramelos y papel metalizado, chicles, galletitas y criollos podridos, y rastas, muchas ristras de rastas de pelusa y grasa. Y un anillo, ahí estaba, de oro o al menos dorado, entre los dos rieles, como puesto a propósito. Sonrío y toció: 'Gollum'. Se volvió, pero no había nadie que le festejase la ocurrencia. Se volvió hacia el anillo: se le habría caído a una madre que adelgazó demasiado después del parto, o la arrojó un tipo pronto a divorciarse cuando supo que iba a tener que pagarle los honorarios al abogado de su ex con el que además le metía los cuernos, o una piba que lo tiró al ver que se le venía encima un cana después de habérselo robado a un borracho tumbado en un rincón. Entonces escuchó al tren. Miró hacia el fondo del túnel y dudó si llegaba a tiempo para tirarse a las vías, juntar el anillo y volver para tomarse el subte. La prudencia le dijo que no, aunque la ansiedad le aseguró que sí. Decidió esperar, dejar pasar al subte, juntar el anillo y tomarse el otro; y eso hizo.
El tren llegó murgueramente atolondrado, pero vacío (o por lo menos no bajó nadie). Esperó asmáticamente a que se decidiera a subir, pero a los 30 segundos lo dejó solo en la plataforma otra vez y se fue como puteando.
Para cuando las vías se despejaron de nuevo,  el anillo había desaparecido. El tipo se tiró y escarbo la mugre podrida y tibia entre los rieles. No encontró nada. Trepó de un salto hasta el andén y se le desgarró la entrepierna del pantalón. Suspiró vencido y se sentó desgraciado. Alzó la vista al póster y recalculó sus cuotas. 'Necesitamos vacaciones, hermano', se dijo fraternalmente; 'lo nuestro ya no es vida'.