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Deliración 494: Yo que vos, me vuelvo 10

El padre de Simón llega una semana antes de la fecha estimada para el parto. Simón se esfuerza por salir de su casa y lo recibe en Schiphol. Siente que las fuerzas de seguridad lo oprimen; que los guardias del aeropuerto lo miran y le siguen, y que las cámaras redonditas ruedan sobre su eje, como esforzándose por gravitar en torno a su paso. Pensó en comprar un globo, pero las salutaciones están en ese puto idioma. Simón no quiere recibir a su padre de esa manera. La gente llega y parte, y las bienvenidas y las despedidas son tibias, casi indiferentes; sólo los chicos que han superado la primera infancia son más exagerados (a pedazos). Piensa en las diferencias con su país (niños a pedazos), pero conviene que en éste las gente viaja en avión mucho más seguido(la carne y el barro). "Nadie iría a despedirme a la estación de colectivos tampoco", piensa refiriéndose a la Argentina (y las moscas). Entonces aparece su padre, arrastrando dos valijas llenas y excesivamente abrigado (y el frío). Sonríe cansado. El poco pelo que le queda está despeinadamente aplastado tras 15 horas de viaje. Simón, de repente, no sabe cómo manifestarse; cómo demostrar su alegría y satisfacción. No sabe ponerle fin a esa ansiedad que siente. Su padre finalmente está ahí, frente a su cuerpo; por fin alquien que habla su idioma, alguien que lo quiere: el mismo que le dio la vida. Puede tocarlo si lo intenta. Puede olerlo (por encima del olor a barro podrido): su transpiración sutil y su desororante activado... el olor de su padre, el olor de su casa, la ausencia de mamá, las flores, el velorio, mamá en el cajón, neutra, sin su olor, sin su perfume; ¿por qué? ¿Por qué la enterraron sin su perfume? ¿Cuál era el perfume de mamá? ¿A qué olía mamá? ¿Olía a flores, o a talco, o a tierra,o a sol? Simón no entiende porqué, de repente y frente a su padre, extraña tanto a su madre. Le tiende la mano, casi con miedo o con bronca; pero su padre la ignora y la aparta, le chupa un huevo lo que pretenda. Su padre lo abraza, le llama "Simoncito, querido" y Simón se larga a llorar.

Deliración 493: Yo que vos, me vuelvo 9

Simón y su esposa discuten; discuten mucho y a los gritos. Que ya no trabaja, que no limpia, que no lava, que no aporta; Simón se ha convertido en un lastre, un gasto (aunque no tanto). Discuten en otro idioma, uno neutral y ajeno a ambos; un esfuerzo extra. Simón putea en castellano; su esposa, en su idioma de mierda. Se entienden, la bronca y la furia trasciende. Simón grita con vergüenza y se pregunta si los vecinos los oyen (ellos nunca escuchan nada, como si ninguno de sus vecinos hiciecen ruido alguno; como si no hiciecen movimiento alguno ni mirasen televisión; como si sólo se apoyasen a la pared para oírlos... oírlo a él y sus gritos). Por las noches, Simón pide disculpas; ella, nunca. Simón se acerca a ella en la cama y la abraza, llora en silencio y pide disculpas humildemente; como Simon, el perro. Ella las acepta en silencio, acariciándole el pelo que ya ha crecido demasiado. Su hija, dentro de la panza de su esposa, no patea ni se mueve ante la presión de su padre; ella también lo ignora.

Deliración 492: Yo que vos, me vuelvo 8

Simón trabaja desde casa, es diseñador gráfico; aunque hace semanas que no realiza ninguna entrega. Los e-mails se apilan y la batería de su teléfono murió hace días. Ya no usa Facebook ni Twitter, sólo Tumblr o Instangram o YouTube. Ya no lee, sólo imágenes y sonidos; y ni siquiera tanto (y ni siquiera porno). Simón trabajaba desde casa, entonces; ahora sólo permanece. Afuera hace demasiado frío; demasiado frío y la gente muere y hay demasiado odio (lo odian, Simón sabe que lo odian). Afuera hay un gran vacío sospechoso. Adentro de la casa está seguro. Adentro de la casa sólo están él, el perro, su mujer y su hija (aún más adentro y más segura). Afuera es vértigo, y se pasa horas asomado a las ventanas de la casa (siente cierto placer en ese pánico). La que está detrás de su escritorio da a la rotonda de la esquina. No tiene flores, ni plantas, ni arte; es sólo un círculo de cesped muerto en medio del cruce de dos avenidas. Más allá hay una parada de colectivo. Más acá, frente a su casa, hay un auto. El auto también es verde y pasa horas estacionado. Cuando se asoma a ventana de la cocina, Simón puede ver al auto más de cerca. Sus vidrios suelen estar empañados, y es que hay alguien (Simón lo sabe) respirando adentro.

Deliración 491: Yo que vos, me vuelvo 7

La chica resultó ser de Rotterdam, a unos 60km al oeste del pueblo; y hacía más de dos semanas que estaba desaparecida. 13 años. Estudiante de 1er año de secundaria. Delantera suplente en el equipo de hockey del Leonidas. Fuera de eso, su vida era un misterio; o quizás eso haya sido todo. Los diarios, noticieros y sitios de noticia no aportan más información que ésa y sus fotos de Facebook (la cuenta sigue abierta). Simón no la reconoce, no puede identificarla en ese cuerpo desmenuzado que se sigue manifestando diariamente en su entorno.

 

Deliración 490: Yo que vos, me vuelvo 6

Simon huele a tierra. Simón le acaricia el pelo seco y duro, como el yute; y luego se huele la mano. 'Simon huele a tierra', le dice a su esposa. 'Bañalo, entonces', le dice ella sin apartar la vista del episiodio de Downton Abbey. Ella no entiende. Simón vuelve su vista al perro y hunde sus dedos en el yute, contrae, presiona, y trata de arrancar. Simon se queja y se defiende con un tarazcón, pero se arrepiente y le lame la mano. Simón lo mira: su lengua entre sus dedos, la baba y los pelos. Se vuelve hacia su esposa y ella lo mira, inexpresiva; ni lo critica, ni lo reprime, ni lo juzga. Ella lo mira sin comprender; quizás, sin siquiera intentarlo.

 

Deliración 489: Yo que vos, me vuelvo 5

La policía insiste. Todos los días se lo llevan; lo pasan a buscar y lo montan al patrullero. Horas más tarde, lo traen; lo devuelven. Todo el pueblo lo observa cabizbajo en el asiento trasero, culpable. La policía insiste. Insiste en revivir ese momento. Simón ya no recuerda hechos, sino sus dichos. Impresiones aisladas, segmentadas. 'El sol era violeta', dice de pronto, y lo dice en ese otro idioma que todavía no domina. La policía calla. El silencio le llama la atención y alza la vista. Simón está solo en esa sala pequeña, sentado ante una mesa blanca, frente a un espejo empañado que cubre toda la pared. Descubre entonces que le ha crecido demasiado la barba en estos días.

 

Deliración 488: Yo que vos, me vuelvo 4

Simón había pasado los últimos dos años siendo el extranjero, el extraño, el otro, la sorpresa, el esposo de, el simpático, el tímido, el tierno, el pintorezco, el fetiche, la mascota... 'Te llamás igual que mi perro', le había dicho su esposa cuando se conocieron un año y medio antes; y, de hecho, todo el pueblo se empecinaba en llamarle de la misma manera: Simon (con acento en la 'i'). Ahora le miran de otra manera; aunque no puede asegurarlo, ya que tampoco se anima a mirarles. Ahora es otro, lo sabe. Siente vergüenza, siente que le reprochan todo (o por lo menos haber descubierto el cuerpo); aunque no puede asegurarlo, ya que ni siquiera le dirigen la palabra.

 

Deliración 487: Yo que vos, me vuelvo 3

El parque permanece cerrado, sellado por la franja de seguridad naranja de la policía. Simón tiene que pasear su perro por otros lares. Ya no lo suelta, lo mantiene sujeto a la correa. Es invierno, pero no nieva; hace frío, pero no tanto. Sopla viento constante y cae una llovizna lacerante. Simón no usa guantes, y de repente le aterra ver esa mano azulada e hinchada que sujeta la correa del perro. No la reconoce como propia, es ajena... y la ve podrida, gangrenosa, muriéndose a pedazos, sucia, embarrada, con las uñas rotas y desencajadas, y los dedos quebrados, y los huesos... falanges, de pronto recuerda; se llaman falanges... las falanges amarillas asomándose entre las manos podridas y embarradas.

 

Deliración 486: Yo que vos, me vuelvo 2

Simón mira a su esposa: ella duerme. Sigue el contorno de su cuerpo, se detiene en la barriga inmensa, mira a su hija aún dentro. Repasa los sucesos del día: el cuerpo, la policía, su esposa, volver a casa, la noche... el idioma, ese puto idioma; el esfuerzo inhumano por hablar ese idioma de mierda... no haber probado bocado en todo el día, no poder dormir en toda la noche... el cuerpo de la niña, los trozos de carne entre las hojas y las ramas... el barro y el olor a podrido... el ruido de las moscas y su perro... su perro masticando un pedazo de carne... ya no recuerda si se trataba de una oreja, o de unos dedos, o si fue cierto...

Deliración 485: Yo que vos, me vuelvo 1

El amo se llama Simón, su perro también; aunque se pronuncia Simon (con acento en la ‘i’), por mera cuestión locativa. El perro se escapa y desaparece en el monte que crece junto al camino. Ladra, ladra como loco. El amo le llama, pero el perro no vuelve. Su tono cambia, el amo lo nota; el perro no ladra como antes. Le llama, el perro le está llamando. El amo se decide y lo sigue; metros más tarde encuentra un cuerpo desmembrado. El perro mueve la cola, feliz porque su amo le entendió. Es una niña, el cuerpo; los pedazos, era una niña.