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Deliración 100: El pibe que reencarnó potrillo.-



No hay mejor manera de festejar que llegué a la deliración Nº 100 que de la peor manera posible. Este bodrio fue grabado con una Pentax Optio 50, por lo que recomiendo no ampliar el video. De todas maneras, la paupérrima calidad técnica del soporte, no excusa la mediocridad global de esta basofia.

Deliración 99: Le pintó el bajón, pobre.-

Caminaba cabizbajo mirando las baldozas rotas, los papelitos, la mugre, las cajas de forros tiradas en las cunetas y los forros anudados, resecos y usados, en canteros desastrozos y estériles, pensando en las frustraciones que cargaba y en como se lastimaba a sí mismo y en esa puta incapacidad de manifestar su furia y en esa terrible imposibilidad de herir a quienes quería herir y en ese estar perdido y desorientado y en esa lucha interna por encajar y no en las estructuras y en esas ansias de huir y en ese deseo de ser querido y en esa culpa y en ese odio y ese rencor y en ese amor no correspondido y saberse ignoto, intrascendente, prescindible, ajeno, anulado e incapaz de molestar siquiera.

Deliración 98: Historia de amor a lunares.-

Se había parado entre las góndolas de lácteos y galletitas dulces, con el changuito semivacío y la boca entreabierta, mirando fijo a la pelirroja de ojos celestes que sonreía en la primera fila de empleados que saludaban alegremente a la cámara en ese poster que conmemoraba el cumpleaños de la cadena de supermercados. Era una pelirroja de una belleza particular, única, casera y sencilla, de sonrisa contagiosa y ojos tristes y hermosos. No tenía pecas, o por lo menos no se le notaban, y tenía dos pocitos en los cachetes como dos comillas. Llevaba uniforme rojo a lunares y se perdía en la muchedumbre de los explotados. Sin embargo, él la había visto y la descubrió preciosa. Era un tipo de ignotas aventuras amorosas, muy pocos romances y ninguna novia. Tristón, melancólico y con tendencia a los imposibles. Otro como tantos. Anónimo incansable. Intrascendente e improductivo. Le encantaba caminar y hablar con sí mismo. Se empeñaba en frustrarse. No lloraba ni sabía cómo. Había pasado quién sabe cuántas veces por ese lugar y jamás la había visto, sin embargo, ese día, después de manotear unas Pepitos y mientras debatía si llevaba un paquete de esas o unas Óperas, en un desliz de su atención, posó sus ojos en esos otros celestes y se perdió. Se había enamorado. Podría continuar contando cómo hizo de su fantasía una cruzada, cómo recorrió todas las sucursales de la cadena buscándola, de su desesperación por encontrarla, cómo localizó a otros explotados fotografiados en ese cartel y los interrogó por ella, de cuando la vio por primera vez fuera del poster, de todo lo que hizo para llamar su atención y de lo que sucedió cuando lo logró, pero no vale la pena.

Deliración 97: Una mina celosa.-

Celosa de las caricias de su propia sombra sobre el pecho de su amado apagó la luz de un manotazo y descubrió que sus caricias, las de él, recorrían de memoria una silueta que no era la suya, la de ella, y prendió la luz y lo encontró con los ojos cerrados y sospechó de una fantasía que no la incluía y comenzó a los gritos y a los cachetazos y a los arañazos y revoleó libros que no hablaban de ella y pateó discos que no cantaban su amor y destrozó fotografías que no la mostraban sólo a ella, tazas y vasos en los que se habían posado otros labios y platos que habían servido a otras, y arrancó ese inodoro en el que se habían sentado quién sabe cuántas atorrantas y lo arrojó por el balcón junto con las masetas, las plantas, la bicicleta y el perro ese espantoso, que estallaron en esa misma vereda en la que había despedido a tantas turras. Cuando por fin se calmó, lo descubrió atravezado por cuchillos, tenedores, cucharas, tres controles remotos, dos cepillos de dientes y un cable de teléfono que lo amatambraba marionéticamente en un rincón del living, desangrado y exhibiendo sus órganos sin vergüenza, con el rostro contraído por un terror tal que no pudo evitar abrazarlo, besarle la frente y perdonarlo.

Deliración 96: Sobre esos flacos que juegan al futbol.-

Siempre me llamó la atención que a nadie le llame la atención que esos pibes flacos, demasiado flacos y lungos, que se paran en ese y escupen cuando la pelota se va al lateral, se lleven las manos a la cintura, pero al revés, con los pulgares para adelante y los otro ocho dedos, generalmente, para atrás. Para mí, no sólo es rarísimo, sino, también, sumamente incómodo.

Deliración 95: En un día patrio como hoy.-

Se había quedado dormido con el pucho en la mano. Se ve que había terminado de sacarlo por puro acto reflejo porque lo tenía enredado entre los dedos junto con el paquete rojo y blanco y el encendedor amarillo. Tenía pantalones negros, botines marrones con venas grises, una campera azul y un gorrito de lana negro con una inscripción colorada que no alcanzaba a leerse. Estaba sentado en un banco de cemento, con las manos cruzadas entre las piernas y el cuerpo ladeado para un costado, echado sobre una bolsa de mercado vieja de trama escocesa, esas de las abuelas. Estaba rodeado de perros siesteros, onanistas y mugrientos. A unos cuatro metros, unos chicos jugaban un picadito ruidoso. Cada tanto aprovechaban un lateral para tirarle un pelotazo. Apuntaban con malicia y precisión. Erraban a propósito. Del otro lado había una parejita sentada sobre un tapialcito. Ella hablaba animada sobre sus amigas y sus novios, esperando que la callara con un beso. Él escuchaba desinteresado, con la vista fija en la pelota, esperando un corner exagerado. Cuando se decidió a besarla, la pelota picó hasta sus pies. Él se acercó, la levantó y la pateó al centro de la cancha. Los pibes agradecieron y él se volvió orgulloso y contento. Ella había dejado de hablar y lo miraba resignada. Otro, desde la esquina, le envidiaba la suerte. También esperaba desde hacía rato un pelotazo perdido. Juntó su portafolio y cruzó la calle. En la fuente, un pibe mojaba las patas mientras espiaba a una mina asomada al balcón de enfrente. El sol lo encandilaba y no le dejaba ver bien si la mina parecía o estaba realmente en bolas. Nadie, ni siquiera los perros, notó cuando el pucho cayó al piso y el croto dejó de respirar.

Deliración 94: Un novelón de aquellos.-

Solo, humilde y perverso, necesitaba querer y buscó a quién, asegurándose de que decididamente lo rechazara de antemano, y la amó por despecho. Persiguiola, acosola y abrumola. Hizo de su capricho una obsesión y se promovió mártir y víctima. Declaró a su amada como objeto de culto y procedió a arrastrarse, humillarse y dar lástima en público. Carismático entristecido, se hizo fama de soñador y se ganó la simpatía de muchos. Amenazó, entonces, con un suicidio fortuito y fue socorrido por miles. Ella, pobre vícitma colateral de un amor no correspondido, se descubrió un día, de pies escupidos, odiada por todos, abandonada y empujada a sus brazos. Sin otra chance, se obligó a quererlo y él, triunfante, se dedicó a hacerle la vida imposible, a menospreciarla y humillarla bajo el consentimiento general del pueblo.

Deliración 93: Una de tiros.-

El sacudón había sido mucho más fuerte de lo que se habría imaginado. Le hormigueaba el brazo y en sus oídos todavía retumbaba el eco de los disparos. Estaba en cuclillas, con la pistola colgando entre sus pies, a unos dos metros del cuerpo. Lloraba. El primero había dado en el estómago. Una de sus piernas había cedido, talvez por mero acto reflejo, y cayó de rodillas. El segundo dio contra la pared y el olor a pólvora se mezcló con el del reboque húmedo. El tercero volvió a dar en el blanco. El hombro estalló y el cuerpo se sacudió hacia atrás bruscamente. La nariz y la mandíbula desaparecieron con el cuarto. Los dientes salieron por la nuca y rebotaron contra la mesita de luz. El quinto disparo erró nuevamente y sólo destrozó un cenicero lleno de filtros y fósforos quemados. En una nube de cenizas, vidrios y astillas, el cuerpo se desplomó contra la pared. El cuadro al que me refiero sucedió hace no muchos años en un pueblito de las sierras. La noche comenzó con una discusión estúpida, no muy distinta de las acostumbradas. Por alguna razón los gritos dieron lugar a los empujones y los empujones a los manotazos. Siguieron más golpes y unas cuantas patadas, se arrojaron lámparas y adornos, y se esgrimieron cuchillos y hasta una tijera. Quizás las causas se remontasen hasta el mismo día en el que se conocieron, un martes, 7 años antes, mientras estudiaban en la capital. Ella llevaba una pollera y a él le llamaron la atención sus piernas. Él estaba borracho y ella lo encontró divertido. Noviaron varios meses, se fueron a vivir juntos y al final se casaron. No tuvieron hijos ni mascotas, sólo un auto. La mano cansada se desplomó inerte, tras un sexto disparo, salpicada por sus propios sesos, sobre el piso de madera. La idea de un divorcio nunca cruzó por sus cabezas. Al parecer, se querían demasiado.

Deliración 92: Qué salame.-

Encontró, finalmente, el camino que buscaba, sólo para descubrir que no era capaz de andarlo. Sentóse a la vera, entonces, a lamentarse como de costumbre, a llorar su tragedia y a revolcarse en ese barro mugriento en el que arrastraba su sombra. Deprimido, pasó días, meses, años tirado en la grela; buscando excusas para no levantarse; meditando a deshoras, nostalgioso, en su pasado. Se arrepintió muchas veces y, otras tantas, descubrió que no valía la pena. Cansóse, nuevamente de su propia lástima y enfrentó su destino. Buscó una salida y encontró varias. Reincidió en el capricho y siguió una senda cómoda. Encontró, finalmente, el camino que buscaba, sólo para descubrir que no era capaz de andarlo. En el charco de sus lágrimas, su propio reflejo le daba la espalda.

Deliración 91: Revelación ante la flanera.-

Y ahí estaba, sentado a la mesa, frente a la compotera ya casi vacía y pegajosa, observando los restos, sintiendo la patita del perro apoyada sobre su muslo izquierdo exigiendo una cuota, mendigando limosna, y él lejano, ausente, preguntándose si ese flan de chocolate que se acababa de morfar habría sido el hígado de la vaca de Milka.