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Deliración 358: A darle rosca, caballero...

Se dijo que perdió tanto tiempo dedicando su tiempo a pensar en que su problema radicaba en la necesidad de aprobación por parte del resto, sus otros, para llegar luego a ese hoy en esa piecita que hacía las veces de consultorio modesto y pituco donde le voltearon la tortilla auto-conspirativa de su humilde subconsciente pues que, según palabras de su analista, "y si el tema fuera que, en realidad, su necesidad es la de desaprobar aquello que defiende a capa y espada, caballero" (en un tono de irónica pregunta, por cierto); y sin posibilidad de cantar retruco, fue largado a la calle, desnudo y sin saber muy bien qué era lo que defendía, si su vocación, sus sueños, su criterio, su razón, su conducta o lo que sea; pero, como sea, fuere o pareciere, se sentó en la vereda de la plaza mirando su minúsculo pitito, desviando sus pensamientos a un "si por lo menos fueras más grande" y alzando la vista al cielo para encauzar nuevamente el hilo de sus ideas a un "al parecer no necesito un empujoncito para comenzar o bien continuar mis proyectos de vida, sino que lo que busco incansablemente no es otra cosa que excusas para derribar iniciativas y mis escasos alzamientos de autoestima para mantenerme quieto en este cómodo limbo del no ser con tantos potenciales desperdiciables" y entonces, como si fuera poco, un helicóptero oficial pasó a lo lejos, en ese mismo cielo, y se imaginó piloto y se imaginó volando por la sierras y se imaginó de viaje, más lejos que ese a lo lejos y en otros tantos cielos, pero se recordó que con su problema de miopía y astigmatismo nunca le darían el carnet de vuelo.

Deliración 357: De lo que le faltó a su vida...

Lo despertaron los gritos y de repente fue consciente del dolor y la humillación de una madre, y se hizo responsable de las culpas de un padre, y cargó con la vergüenza de los errores ajenos, y fue sombra y reflejo sin derecho a equivocarse pues que las consecuencias se exageraban demasiado y lastimaban tanto que sumido en su heroísmo infantil prefirió sus heridas a arriesgar a los demás... él, ése, úlcera ácida encostrada de ese ideal adecuado al resto...

Deliración 356: Premisa.-

La necesidad de ver por la ventana se ve frustrada por la pared del patio, blanca y roñosa, enalahajada por un racimo de limones que cuelgan del limonero del vecino. El monitor se esfuerza por emular una hoja de papel y el cursor se impacienta por mi retraso. Una idea: descubrir el mundo a partir de un accidente. Un sueño: convertir la idea en serie y venderla a alguna productora. Una premisa: nada de lo que haga será lo suficientemente bueno. Una pregunta: para quién? Una solución: frustrar mis intenciones para no fracasar en el intento... y en eso ando.

Deliración 355: El hongo...

Dije que en la carreta iban el niño y la vieja, y, entonces, el psicólogo me interrumpió y me preguntó por ella, el personaje, que automáticamente identifiqué con ella, la otra, cargando su caricatura con mi deformada visión parcial del momento... días de furia y bronca... mucho resentimiento... tarareando películas y recordando la televisión de mi adolescencia en la que era libre de no esforzarme por satisfacer expectativas... o por lo menos eso creía... la familia y los amigos que no cambian, porqué habría de hacerlo yo entonces... el peso del mercurio en las venas, las mancuernas en la garganta y la niebla detrás de los ojos... todo, la humedad y el sopor encefálico... yo, el hongo... me acuerdo de los germinadores y me dan ganas de volver en el tiempo y reventar los frascos de mayonesa y mermelada... Dije que en la carreta iban el niño y la vieja, y creo que con eso es suficiente...

Deliración 354: De mis mañanas en Tribunales...

Epifanía en alpargatas u ojotas, bermudas y chomba -y, si llueve, paraguas largo de madera que cuelgo del mármol-, me manifiesto ante pinches y prosecretarios esgrimiendo sellos, firmas y escritos; sin forma, mas al pie de éste, mi método, que improviso y desarrollo de acuerdo con los resultados que obtengo: llamativo, pintorezco y plausible de ser humillado por pura ignorancia y lo antenombrado, me reservo la carta del desinterés fulminante ante la inminencia de la vergüenza que me condena.

Deliración 353: Mis vecinos...

Tita es nuestra vecina, tiene setenta y largos, y vive del otro lado de la tapia. Su marido es más grande, más viejo, o, por lo menos, eso parece. Nunca nos dijo su nombre. Se la pasa sentado en el patio, de bajo de una sombrilla. Ya no puede caminar sin ayuda, se cae constantemente y, cuando eso sucede, Tita me grita por el patio para que vaya a ayudarla. Lo levanto fácilmente, no pesa mucho, pero para ella esto es imposible. Siempre me dice que su marido está clavado al piso, y él se muere de vergüenza. Hubo una época en la que se lo llevaban diariamente para que lo sometan a diálisis, y cuando se caía, se le abrían las incisiones y heridas, y el pobre abuelo quedaba tirado en el piso todo cubierto por su propia sangre. Tita está cansada, se le nota en la cara; tanta tristeza y desesperación. A fines del año pasado nos trajo un postre de merengue, supongo, como muestra de agradecimiento. No hacía falta, le dije en ese momento, pero me lo comí con gusto -a mi mujer no le gusta el merengue... a mí tampoco, pero yo soy un cerdo-.

Tita tiene una perrita, Luna. Luna vive al frente, por puro gusto nomás, y se la pasa ladrando a la gente que pasa por la vereda. Tita y Luna discuten todos los días, pero la última palabra la tiene la perrita. No sabemos si tienen familia. Sólo ellos y su perrita.

Cada tanto, hay días en los que tanto Tita, su marido y Luna guardan silencio... y uno no sabe qué pensar...

Deliración 352: Perdido en las nubes...

El gigante miraba su sombra pisoteada por medianos y confiaba que tal era su estatus por lo que caminaba cabizbajo, más bien agachado, avergonzado de su tamaño y cargando con la culpa de que le llamaran Alto. Sólo necesitaba alguien a quien admirar, pero no le quedaba otra que mirar hacia abajo.

Deliración 351: Afuera, otra vez está lloviendo.-

Tengo la manía de soñar despierto y no de noche, particularmente mientras camino, pienso, me reinvento en un discurso en tiempo pasado donde se reconocen en ese ahora mis logros en tercera persona por sombras que me ven pasar en la distancia de mi fantasía, todo, todo en mi cabeza, a cada paso, kilómetros y kilómetros de mentiras que me cuento a mi mismo, y yo, satisfecho con no haberlas arriesgado, frustrado para no fracasarlas, las disfruto aprobadas por esos fantasmas anónimos que me saludan orgullosos; y es que el caminar, como vector de mis sueños, me permite trocar mis anhelos por derroteros más concretos que me lleven a panaderías, supermercados y librerías. No me pasa lo mismo en colectivos y trolebuses, de los que suelo ir colgado de caños con sudores acumulados: entonces sólo miro y espero que alguien abra la ventana.

Deliración 350: Consuelo de tontos...

Disciplinado por omisión y talvez ésa sea la cuestión, la elipsis, tanta y tan tangible, mis silencios, la gente, los favores, las gracias, las monerías, el payaso, sus risas, ellos, todos y yo... uno más del montón, pero que al menos me sonrían...

Deliración 349: En una tarde cualquiera...

Recurríamos a la televisión para ocultar el silencio de la tarde cuando descubrimos una guitarra que cuerdeaba a unos cuantos tapiales de distancia. Era una melodía sencilla y muy mal ejecutada, y, sin embargo, nos atrapó de modo tal que nos encontramos de pie en el patio, mirando por los techos, persiguiendo nuestro enajenamiento. Vi a mi mujer a un costado, le convidé un mate que rechazó por amargo y nos pusimos a charlar. Nunca me interesó demasiado la música, aunque me hubiese gustado aprender a tocar el charango. Mi mujer, por su parte, cantaba muy bien y muy variado, y nunca entendí muy bien porqué nunca le prestó demasiada atención a ésa, su otra vocación. La guitarra calló y nosotros con ella. Se había hecho tarde de pronto y no sabíamos qué íbamos a comer. Volvimos a la casa, prendimos la hornalla y buscamos algo para matar nuestro tiempo muerto, pero la programación del cable que no pagamos no tenía nada que brindarnos.