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Deliración 377: Las hormigas
Primera sesión 5

_ Siempre tengo que trabajar... trabajar, o cualquier otra cosa, lo que sea, pero para los demás. Si me pide un cuento, yo se lo escribo en un rato. Un amigo con el que tenemos la idea de ponernos una productora de contenidos me pidió hace unos meses un guión para un piloto... para la televisión, no? y yo lo escribí en dos días... Son como 50 páginas...

En realidad mi amigo se quería poner la productora él solo, aunque nunca comprendí muy bien por qué me había pedido que lo ayudase con ese guión. Muchas veces la gente me sorprende con esa voluntad avocada a esperar tanto de mí o, al menos, algo siquiera. Yo, por momentos, no puedo ni verme al espejo.

Deliración 376: Las hormigas
Primera sesión 4

_ Y qué sé yo... yo no podré ordenar mis ideas, pero las ideas de los demás sí... todo lo que sea para los demás no tengo ningún problema: el problema es cuando tengo que hacer algo para mí, no?

Sonó el timbre y otro de los psicólogos que compartían ese departamento atendió el portero eléctrico. Traté de escuchar la conversación pero no pude. En la pared descubrí un cuadro chiquitito de una ventana cubierta de madreselvas y de repente me acordé de los cuadros que colgaban de la sala de la casa de calle Pueyrredón, allá en Rafaela: uno de un zaguán cubierto de enredaderas y tres grabados de Juan Arancio. El del pibe con el perro bajo la lluvia era mi favorito. De repente me acordé de la música y del sillón de cuero, y me volví hacia la ventana para buscar a Córdoba del otro lado. Entonces elaboré mi tesis:

_ Mi problema es que no puedo producir nada para mí.

Deliración 375: Las hormigas
Primera sesión 3

_ Al laburo no lo extraño, eso sí. Hacía tiempo que había dejado de interesarme. Yo hubiese preferido que me echasen, pero bueh, me dejaron bien en claro que no me iban a echar... por más que estuviese al pedo como estaba. Bah, era raro, porque estaba al pedo, pero a la vez no estaba al pedo. Yo me encargaba de hacer todas esas cosas que nadie quería hacer y que hacían falta, qué sé yo... escribía documentación oficial, manuales de procedimiento y corregía todas las checklists que se utilizaban en la oficina... Eso me gustaba, no? Para mí era todo un reto agarrar todo ese kilombo de documentos y mails que andaban dando vuelta por ahí y tratar de acomodarlos, darles forma y reescribirlo todo de una manera sencilla y lineal. La gente no sabe escribir... bah, en realidad, me parece que la gente no sabe ordenar las ideas...

Me quedé un instante en silencio, esperando que el tipo me retrucara algo. Se la había dejado picando. Uno improvisa una suerte de estrategia discursiva durante la primera sesión como sujeto de psicoanálisis; un poco para mandarse la parte y hacerse el interesante, y otro poco para agregarle algo de dramatismo a la vida. Pero se ve que me salió mal porque el tipo no me retrucó nada y yo me había quedado en silencio acariciándome los bigotes como un imbécil. Con las mujeres me pasaba lo mismo, pensé.

Deliración 374: Las hormigas
Primera sesión 2

_ Me fui bien, en buenos términos, digamos... me acuerdo que el día en que me fui fue... no sé, no diría emotivo, pero más o menos... me saludé con todo el mundo, todos me desearon suerte, qué sé yo... la gente me quería ahí, me hice de muchos amigos ahí... y qué sé yo, por más que me iba porque quería, en el fondo estaba un poco triste porque sabía que a muchos no los iba a ver más... qué sé yo, en cierta manera los extraño...

No sé conversar ni contar historias. Tantos años de silencio me condenaron a este atolondramiento oral que empeora con la práctica. Siento vergüenza de mí mismo; soy cursi e inexpresivo. No sé qué hacer con mis manos mientras hablo y las muevo simulando acentuar palabras y señalando hacia los costados. Me rasco un cachete demasiado irritado y me acaricio los bigotes; unos de mis pocos gestos sinceros.

Deliración 373: Las hormigas
Primera sesión 1

La única forma en la que puedo contarle algo de mi vida a una persona es mirando para otro lado…

_ Y... hará cosa de cuatro meses que renuncié ya...

Yo ya me había escuchado decir eso muchas veces, pero era la primera vez que hacía hincapié en el paso del tiempo... o, al menos, era la primera vez que lo notaba. El tipo, por su parte, estaba sentado frente a mí y por momentos me lo imaginaba mirándome desconfiadamente a sólo metro y medio de distancia. Supongo que estaba esperando que surgiese de mí la respuesta a su pregunta, pero yo tenía la vista perdida en un cable coagulado a la pared por varias manos de pintura que se metía como escondiéndose por detrás del zócalo de madera medio enrulado que circundaba la habitación. Por más que estuviese camuflado de consultorio, yo sabía que ése había sido el dormitorio de al menos una persona y, en cierta manera, esa idea me ponía aún más incómodo.

Deliración 372: Y el cursor que titila...

Ella, del otro lado de la pantalla, siempre fue la posibilidad, mi podría ser... hoy es mi pudo haber sido. Mi mujer, durmiendo en mi cama, es el fin de todas mis posibilidades. Mi mujer es la realidad; ella, mi fantasía. Quizá sólo espero de ella que me reconozca como su pude haber sido...

Mi fantasía hoy, que ella se despierte a su lado y piense en ese hubiera sido a mi lado.

Mi temor hoy, que mis fantasías me hayan olvidado.

Borro lo que estaba a punto de enviarle y le pregunto cómo estás, tanto tiempo... Lo bueno de un chat es que uno puede ocupar su tiempo en otras cosas mientras espera respuestas que realmente no le interesan; sólo reavivo el recuerdo para que aún sepa que sigo vivo.

Deliración 371: 7 años y medio... más o menos...

La idea era impresionarla o, cuando menos, robar su atención del resto del mundo. Lo de enamorarla no era entonces un anhelo siquiera, aunque quién puede asegurar que no haya sido eso lo que en definitiva me hubo impulsado a entregarle ése, mi guión, que había escrito tanto tiempo antes. Ya de otros labios había esperado una sonrisa, pero desgraciadamente no se habían sentido lo suficientemente seducidos. Mi problema por aquellos días era la cuestión esa de la timidez (o por lo menos eso me gustaba creer) con la que presenciaba la vida que se manifestaba en torno a mi ego menospreciado por mis propios miedos y, algunos cuantos, ajenos. De mi diario no valer nada fui consciente con el tiempo, gracias a ésta, mi firme voluntad avocada a tal efecto. Volví a verla, sin embargo y al cabo de sólo un día, risueña y elogiando mi comedia melancólica que había leído de un tirón durante esa hora que dedicaba a volver del centro a su casa. En esa época, según recuerdo, no lograba comprender cómo podía pasar su vida arriba de tantos colectivos... Comenzamos a acompañarnos desde entonces y hoy, ya ven, nos decidimos por casarnos.

Deliración 370: En la peatonal, frente al cabildo...

Le dio un beso en la mejilla y se quedó un instante mirándola a los ojos, sonriendo, a unos 25 centímetros de distancia, atragantándose ese "y pensar que podrías haber sido vos", pero optó por no decir nada, como siempre, y alejarse caminando entre la gente y deteniéndose, quizá, para comprarle un robot bailarín a su hijo.

Deliración 369: Eso, la muerte: una casa en alquiler...

De lo poco que pudimos enterarnos fue que el Cholo había nacido en Buenos Aires, hace unos ochenta y tantos años atrás. El padre era ferroviario y vivieron, la familia entera, en distintas partes del país. Al menos diez años permanecieron juntos en Córdoba y fue entonces cuando conoció a Tita. Ella vivía en la casa de al lado, frente a la estación de trenes de Alta Córdoba. Por lo que nos contaron el Cholo era bastante vago y medio duro para los estudios, por lo que después de intentar meterse en la Escuela de Oficiales de la Fuerza Aérea, desistió y se fue a probar suerte a Buenos Aires, donde consiguió trabajo como mecánico. Allí conoció a su primera mujer, tuvo dos hijos y cuando enviudó, se volvió solo para Córdoba, a pasar un tiempo con sus padres. Entonces se reencontró con Tita. Ella, era oriunda de la zona de lo que ahora es barrio Ituizango, pero se habían mudado -con su mamá y su hermano- cansados de los robos y las distancias. Mantenía una relación muy estrecha con los padres del Cholo y, según nos contaron, tanto ellos como su madre urdieron un plan para convencerlos y enamorarlos. La cosa es que, tiempo después y luego de reiteradas propuestas de matrimonio de parte del Cholo, se casaron: él con 50 y algo, y ella con 40 y tantos. No tuvieron hijos; al parecer, con los de él les bastaba. Se fueron a vivir durante poco más de un año a Buenos Aires, pero Tita no soportó el ritmo de la capital y decidió volverse. Cholo la siguió, pero los chicos se quedaron. Con el tiempo se fueron muriendo los padres de cada uno y probablemente algunos hermanos.

Nosotros los conocimos hace apenas un año y medio, cuando nos mudamos al lado de su casa de calle Fragueiro. Ambos vivíamos en el corazón de la manzana, en dos casas paralelas y espejadas, umbilicadas al mundo por un pasillo de unos 25 metros de largo. Ellos tenían a Luna que nos ladraba del otro lado del tapial, y nosotros aún tenemos a nuestros cuatros engendros caninos que no hacen más que dormir sus siestas. Tita nos peleaba, nos reclamaba y se quejaba sobre el número de perros, pero ahora creo que era su manera de acercarse. Una tarde el Cholo se cayó y ella se descubrió demasiado vieja para levantarlo, entonces me pegó el grito. Salté el tapial y lo alcé. A partir de entonces comenzamos a charlar. Cholo hacía tiempo que estaba enfermo, se sometía a diálisis tres veces por semana y le faltaban fuerzas para movilizarse. Lo habían operado recientemente y le habían amputado varios dedos de los pies. Tita lo lloraba, supongo que a esa edad se tiene miedo a sobrevivir a su compañero. Sin embargo, ella murió primero. Sucedió de pronto y de manera inesperada o, por lo menos, así lo fue para nosotros. En algún momento nos había mencionado algo de unos problemas linfáticos que padecía y de cómo se le edematizaban las piernas cada tanto. Parece que fue eso y, según nos dijeron, parece que sufrió mucho; pero por poco tiempo. Murió mientras Argentina perdía contra Alemania en los cuartos de final de Sudáfrica y nosotros recién nos enteramos una semana más tarde... una semana en la que el Cholo permaneció completamente solo al lado de nuestra casa.

Vinieron a buscarlo para llevárselo a Buenos Aires, al parecer, a esperar a que muriese tranquilamente a pocos metros de la casa de uno de sus hijos -el más grande, creo-. Cuando lo fuimos a despedir, nos dijo desde su sillón frente al televisor mientras nos sujetaba las manos: "¿Se enteraron de que me voy?"; y así desapareció de nuestras vidas. Al otro día se llevaron a Luna para que le ladrara y jugara con lo nietos del hermano de Tita, y durante las semanas siguientes vaciaron la casa, la limpiaron y la pintaron para ponerla en alquiler. Entre la basura y los escombros que tiraron me encontré con una bordeadora que decidí quedarme como recuerdo, pero principalmente porque funciona de mil maravillas y para qué desperdiciarla -pero eso es otra historia-.

Hoy la casa está vacía, nadie le ladra a nuestros perros y, por las noches, las luces de su patio ya no quedan encendidas... y de repente, eso, la muerte: una casa en alquiler...

Deliración 368: No sé, la verdad...

Josefína exige respuestas, sólo una aunque sea, ya que, a esta altura de la vida, es lo que uno espera y cualquiera diría que, tan convencidos de nuestra derrota, no hacemos nada para evitarla y así permanecemos atados a los sueños de la memoria, a la nostalgia de no haber sido, al romanticismo de no ser, empecinados en mantener nuestras fantasías en un imposible o, quizá, aún insistimos en esa rebeldía de no tomarnos en serio; mas sea como fuere, hace más de diez años que decidimos escudarnos en la filosofía del Nunca-Jamás para no crecer hacia nuestros padres, aterrados por esa cosa de la imagen y semejanza y los ojos de uno y la sonrisa del otro y las orejas de los abuelos.
Personalmente, no me criaron con las fuerzas suficientes como para insistir y perseverar y alcanzar mis ansias cueste lo que cueste, sino que me evangelizaron en una ética aterrorizada por tales costos. Confundo mis metas con logros ajenos y pierdo la noción de éste, mi tiempo que pasa en cómodas cuotas que me esfuerzo por cancelar a fin de mes y así es como financio está, mi vida que no soñé ni pretendo.
Parecerá una pavada, pero creo que no importa tanto qué hacemos de nuestras vidas sino para quiénes las vivimos...