Ir al contenido principal

Entradas

Deliración 401: Las hormigas
Inundación y rituales 9

_ Bueno, hacé como quieras, yo me voy a fumar un fasito...
_ Puta madre, yo tendría que empezar a fumar marihuana también o a chupar por lo menos.
_ Querés?
_ Pero no...
_ Bueno, no importa... 
_ Che, decime, cómo anda el laburo?
_ Como siempre... mientras existan putas, cornudos y gente con ganas de coger, siempre va a haber trabajo en el motel... y ahora con esto del Rally, tenemos el boliche lleno... Cómo anda la panza?
_ Qué panza?
_ Miriam, pelotudo... cómo anda el embarazo?
_ Ah, y qué sé yo... normal, supongo... creciendo...
_ Creciendo?
_ Sí...

El gordo se calló y el silencio de su porro fue fulminante. Me tomé un mate para escapar de su mirada y mientras me cebaba otro vi una grieta viva de hormigas que serpenteaba por el tapial del patio transportando basura de todo tipo. El gordo soltó el humo.

_ Che, en serio, cómo están las cosas con Miriam?

No me quedó otra que suspirar y contestar.

_ Para la mierda, gordo, desde que quedó embarazada todo se fue al carajo... no sé qué voy a hacer...

Deliración 400: Las hormigas
Inundación y rituales 8

_ Lo que quería decir es que tendrían que preguntarme por mis padres, ellos fueron los que me castraron toda la vida...
_ Y por qué no les decís?
_ Pero no, cómo les voy a decir? Aparte, si les digo eso van a pensar que tengo algo que ocultarles y voy a perder no sé cuánto tiempo para convencerlos de que no es así... y sabés lo que me cuesta la terapia a mí? Ahora que no tengo obra social me sale un ojo de la cara cada sesión... La puta madre, por qué mierda no me despidieron, carajo... Si me hubieran despedido no tendría problemas de guita...
_ Uy, seguís con eso? Por qué no le contás ese trauma a tus psicólogos, eh? por ahí te ayudan a superar tu no-despido...
_ Ya se los conté, pero no les interesa... lo mismo con el tema de mis viejos... me parece que no les caigo bien...
_ Y para qué vas a perder tiempo hablando de cómo te castraron tus viejos si eso ya lo sabés. Por ahí tu problema ahora es cómo te llevás con Miriam y vos no te das cuenta.
_ Pero la puta madre, vos también? Qué mierda tiene ver eso con esto. Mi problema es que no puedo escribir, qué mierda importa cómo me llevo con mi mujer?
_ Y cómo te llevás con tu mujer?
_ Y qué mierda te importa a vos, eh?

Deliración 399: Las hormigas
Inundación y rituales 7

_ Y qué te preguntan de tu mujer?
_ Y qué sé yo? Cosas que no tienen nada que ver... que cómo te llevas con tu mujer...
_ Tu mujer!
_ Bueno, que cómo me llevo con mi mujer y así...
_ Y?
_ Y qué?
_ Y cómo te llevás con tu mujer?
_ Bien me llevo, qué sé yo? Como todas las parejas, creo...
_ Y entoces?
_ Y entonces qué?
_ Entonces qué te molesta que te pregunten cómo te llevas con tu mujer?
_ A lo que yo voy es que si mi problema es que no puedo escribir, por qué carajo me preguntan cómo me llevo con mi mujer?
_ Y todos te preguntan lo mismo?
_ Todos... Por eso dejo psicoanálisis. Como no saben por donde agarrar, me empiezan a preguntar por mi mujer...
_ Y por ahí tu mujer es el problema...
_ Mi mujer? Pero no, qué va a ser un problema mi mujer?
_ Por ahí no es un problema, sino tu problema.
_ Pero si vos la conocés a Miriam... qué te hacés el psicólogo ahora?
_ Yo tendría que haber sido psicólogo...

Deliración 398: Las hormigas
Inundación y rituales 6

_ Recién te levantás? _el gordo trabajaba de noche en uno de los moteles de camino al aeropuerto.
_ Y hará media hora... vos?
_ Un poco más... _me cebó un mate y se me quedó mirando.
_ Qué contás de nuevo? _me preguntó.
_ Creo que voy a dejar terapia... _le respondí.
_ Otra vez?
_ Sí, pasa que... no sé, si hay algo que me molesta de los psicólogos es que uno les empieza a hablar de los problemas que uno tiene y ahí nomás te empiezan a preguntar por tu mujer...
_ Por mi mujer?
_ No, qué mujer tenés vos?
_ No sé, por eso...
_ No, qué sé yo, generalizaba: tu mujer, la mujer de uno...
_ Ah, tu mujer...
_ Sí, también... _el gordo José era un tipo implacable.

Deliración 397: Las hormigas
Inundación y rituales 5

La pava del gordo José había sido silbadora durante los primeros dos meses de uso, pero hacía tiempo que el pico de plástico se había derretido y fundido con la grasa salpicada por los millares de milanesas fritas a su lado. El gordo ponía yerba hasta la mitad del porongo, y luego lo inclinaba para que el horizonte del mate quedase ladeado y en pendiente. Al fondo le echaba azúcar, una cucharada apenas y sólo antes de la primera cebada. El agua siempre se le hervía demasiado y la rebajaba con un poco de agua fría.

Pocas cosas me relajan tanto como ver a un amigo preparar el mate de manera tan mecánica y propia.

Deliración 396: Las hormigas
Inundación y rituales 4

Almorzaba criollos secos mientras caminaba, cada tanto, hacia algún destino; esa vez, la casa del gordo. Quedaba en el límite olvidado entre Alberdi y Alto Alberdi; y, para no desentonar con el paisaje, se caía a pedazos. Había pertenecido a un hermano borrachín y solterón de su abuelo, y el gordo la había heredado por descarte. Era vieja y enorme, con al menos tres habitaciones inhabitables que funcionaban como depósito para la chatarra de todas las generaciones familiares que se habían empecinado en evitar ese lugar. Hoy es un edificio de cinco pisos de paredes amarillas.

El mundo se recicla y ya sin referencias ciertas, aprendemos a olvidar.

Deliración 395: Las hormigas
Inundación y rituales 3

No escucho la radio, odio la radio, no me moviliza escuchar música en general y no soporto la buena onda de los locutores en particular; sin embargo, por aquel entonces, una locutora se había ganado del goce de mi agrado. La había descubierto mi mujer en su trabajo, y por un tiempo la había escuchado, pero luego la cambió por los mismos de siempre que cambiaron de nombre al programa y poco más que eso. Yo, por el contrario, seguí escuchándola cada tanto, porque en ella descubrí algo que me atraía; y nunca supe bien qué era. Su inocencia, su desinterés, su tristeza, su soledad, su ironía o su frágil fortaleza; quién sabe... Quizá, simplemente, su voz invisible desmudecía mis fantasías.

La escuchaba asomado al balcón, escapándome por las sierras que mal se escondían detrás de los edificios. Aquella tarde, habló de nada, como de costumbre, y me hizo reír en el asma de mi departamento. Lavé el mate de mis dientes y salí a la calle como ella había sugerido.

Deliración 394: Las hormigas
Inundación y rituales 2

Ya no teníamos cable y la televisión local se suicidaba con la programación que garroneaba del trece, telefé y américa; por lo que mi mundo amanecía por las tardes cuando se encendía el monitor de la computadora. Spam, mails, noticias y clasificados; pescar clientes, mendigar trabajo y la desesperación de ver pasar el día sin haber generado un centavo... y nada más estúpido que reclamar una paga por internet...

Y de repente, la nostalgia por esa frustración a sueldo... si tan sólo me hubiesen despedido...

Deliración 393: Las hormigas
Inundación y rituales 1

Inundados; pelos y telarañas por la estancia estancada, oscura y profunda. Me sofoco y despierto. Solía ser tarde ya, y el calor y la humedad se filtraban por las persianas. El presente se repetía a rajatabla; el mundo, la televisión y la ducha... aunque no siempre en el mismo orden.

Abrir la canilla del lavamanos y la de la bañera para que la presión encienda el calefón; luego cerrarlas y abrir el paso de agua de la ducha. Desnudo, esperaba. Por las rejillas de la ventilación aún me llegan los secretos de los otros departamentos. En ese hoy, alguien cantaba y era una mujer. Cerré los ojos y extendí la mano; una lluvia tibia de verano y ella de espaldas. Era otra ciudad, otro tiempo. Mis dedos golpearon el champú y desperté de nuevo.

_ No me queda otra que bañarme_ comenté en el silencio del baño sin eco ni reverberación quizá esperando una respuesta.

Deliración 392: La rusa 6

Alguien se acercó y abrió lo que quedaba de puerta con el cañón de un rifle. El cuerpo de Kozinsky estaba apoyado contra un rincón de la casilla. Lo sujetaron de la bandolera y lo arrastraron por el patio hasta el frente de la casa. Gritos, más gritos y señales de luces con linternas de kerossene. Del otro lado del camino, a unos trescientos metros de distancia, un furgón se puso en marcha y encedió sus faroles. El vehículo se acercó y se estacionó frente a la puerta de entrada. Un hombre alto se bajó del furgón y avanzó hasta el cadáver. Sacó una fotografía y se acuclilló junto a Kozinsky. Acercó la imagen y la comparó con el rostro desfigurado. Se volvió hacia el furgón y buscó un hacha. La alzó y la sacudió en un ademán para que el resto, unos cuatro fulanos más, le dieran un poco de espacio. Arremetió contra el cuello y metió la cabeza en una bolsa arpillera. Se subieron al furgón y se marcharon. Se quedaron dos y se pusieron a revisar la casa antes de que la consumieran las llamas. Como de costumbre, era parte del contrato: algunos cobrarían la recompensa y otros saquearían sus pertenencias. Encontraron algo de plata, armas, una fonola con varios cilindros y una guitarra. El más flaco encontró a la rusa en un rincón de la cocina y le extendió la mano. Encontraron una camioneta en uno de los galpones, más armas y dinamita. Kozinsky tenía caballos y unos cuantos animales. Como mantenían cierto grado de parentezco entre ellos, acordaron dividir todo en parte más o menos iguales; pero el más flaco se llevó a la chica. El otro, por su parte, volvería al día siguiente a ver cómo había quedado la casa después del incendio y, según se cuenta, se habría instalado durante algunas temporadas.