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Deliración 419: Magia

Parece que había bronca con el mago porque el tipo andaba con una prima de uno de los payasos. Era una nena, de unos 15 años, y ya varios la deseaban; pero el mago era entrador. Ese día habían salido a pasear por el centro en bicicleta, ella parada en el portaequipajes, con la pollerita al viento para que todos le vieran todo y el mago, aprovechando que podía manejar sin manos, le sujetaba la pantorrilla con una y con la otra le acariciaba los dedos que ella apoyaba sobre su hombro para mantener el equilibrio. Tomaron Fernet con coca y unos helados de palito; y, según cuentan los que no saben, se revolcaron en un parque con eucaliptus, cerca de la estación de trenes. Cuando volvieron al circo, ya era hora de presentar su acto. El mago se encontró con que habían escondido su cofre de trucos. Sin dudarlo, improvizó un acto mediocre y más entrada la noche salió en su bicicleta, con un cuadernito y un album de fotos. Denunció a aquellos de quién sospechaba y, en menos de una semana, todos desaparecieron.

Deliración 418: Ayer y hoy

Era otra Rafaela y nosotros éramos chicos y todavía podíamos descubrir la ciudad en la que habían crecido nuestros abuelos. La televisión se reducía a un canal de aire y creo que tres o cuatro por televisora (porque el término cable todavía no existía). Los libros y las revistas se reciclaban en los canjes y todo olia a tierra y podíamos conseguir revistas e historietas que no estaban en los quioscos. Las casas se refrigeraban a la sombra y las siestas eran nuestras. Vivíamos en bicicletas y acompañados de perros. Había casas embrujadas que no volvíamos a encontrar y otras sencillamente abandonadas y terrenos baldíos... espacio, infinito. Había árboles y tapiales accesibles a nuestra altura y nuestro esfuerzo. Hubo pesos, australes y más pesos, pero nuestra moneda eran las fichas de Cacoa. Había gomines y etiquetas de cigarrillo y figuritas y las gorras que conseguíamos tenían publicidades de Cargill. El cine nos pasaba dos películas y mientras tanto nos animabamos a expediciones a la fosa de los músicos y por detrás de la pantalla y zapateabamos durante los títulos para agregar suspenso y volvíamos con chicle en el pelo y los pantalones. Estaban los techos, por encima de los cuales podíamos recorrer la ciudad y estabamos nosotros, insoportables, planeando cómo hacer que nos dispare gomerazos el placero, o que nos persiga el loco dardo en bicicleta, o mirarle las tetas a la castaña que tomaba sol abrazada al borde de la pileta... Ahora seguimos igual, pero en otros contextos, y nos va bien, en general, pero extrañamos tanto eso...

Deliración 417: Venía durmiendo...

Trepó por las butacas y salió a travez de una ventana; era de noche y no había luna, sólo estrellas. Vió gente corriendo y perdida, y recordó a la chica. La buscó entre las sombras, pero no pudo encontrarla. Era rubia o castaña, de ojos claros y con un lunar sobre los labios; hermosa y delgada, demasiado flaca, pero lo suficientemente hermosa. No usaba anillos ni aros ni cadenitas; tampoco estaba pintada. Estaba concentrada en arrancar la pelusa atrapada en el velcro de las cortinas. Dedos finitos y uñas cortas sin esmalte. Estaba aburrida, pero reacia a resignarse. Nunca lo miró, y él se sentó a tres filas de distancia. Creía olerla. El colectivo arrancó, rumbeó hacia el campo y se perdió entre las sierras. Venía durmiendo y despertó al golpearse contra el respaldar del asiento de adelante. Todo daba vueltas y los pasajeros gritaban en silencio. Las butacas se volvieron esponjas empapadas y los bolsos, cañonazos... Ya en la noche, pensó en volver por la ventana. Asomó la cabeza y reconoció el rostro aplastado de su hermano.

Deliración 416: Llueve, pero apenas...

Del otro lado de la ventana creció una torre que desaparece por encima del marco. Llueve, pero apenas, y y la Internet ya no es lo que era. En mi época, todo era sorpresas; ahora, más bien abulia y desgano. No queda otra que charlar, y perder el tiempo a la vieja usanza: mirar por la ventana y pensar si alguien nos extraña.

Deliración 415: Uff...

Habíamos decidido mantener distancia y nuestra proactividad afectiva nos llevó a borrar historiales, mails y archivos; las pocas fotos de papel que tuvimos fueron incineradas y los souvenirs que nos ataban fueron descartados. Nuestro profesionalismo emocional nos permitió ignorarnos y/o saludarnos desinteresadamente en aquellas pocas reuniones en las cuales el destino se empecinaba en juntarnos, pues en las calles hacíamos caso omiso de nuestras mutuas existancias. Tanto tiempo ya, tantos años... y sin embargo me acuerdo.

Deliración 414: Excusas para deprimirse

Lo peor del exhibicionismo de las redes sociales es comprobar que aquellas personas que alcanzaron cierta relevancia en nuestras memorias hayan logrado llevar una vida tan aparentemente feliz y satisfecha lejos de la nuestra... ¿Cómo pueden sonreir siquiera? ¿Tan poco les he importado?

Deliración 413: Lo que queda...

El velorio fue concurrido y creo que le hubiese gustado, pero hubiese preferido un poco más de maquillaje. De su generación, sólo queda un cuñado de 97 que aún va a hacer las compras solo. Los demás, decenas de sobrinos de la edad de mi viejo. "Yo también soy Brasca", me dijo uno. Luego la llevamos a la catedral y después de la misa, la llevamos a Saguier, para dejarla junto al abuelo. "A mí me entierran acá también", dijo mi viejo cuando nos volvíamos. Hoy, nos pusimos a acomodar sus cosas y descubrí que eran pocas. Debo confesar que esperaba encontrar secretos, pero sólo estaban sus recuerdos: su ropa, sus polleras, su sacos, sus chales, sus hilos, nada de lana y una sola revista de costura, muchas carteras, algunas valijas, decenas de pantuflas y sólo tres pares de zapatos, las armas de mi abuelo, su vestido de novia en una caja de acolchados, y fotos, miles de fotos de todos los miembros de la familia (y me refiero a bizabuelos, tíos, primos, sobrinos, nietos y demás aledaños) y recortes de diarios sobre todos sus casamientos, nacimientos y muertes... tanta gente que no conocimos, tantos parientes que nunca veremos, tanta sangre Brasca o Novareto que se encuentra deambulando en torno a nuestra completa ignorancia...

De repente; la familia ha perdido la memoria... hoy sólo somos nosotros.

Deliración 412: Y se murió la abuela...

Papá avisó a la madrugada, minutos después de su muerte. Decidimos dormir un rato antes de salir para Rafaela y entonces soñé con ella. Estaba apurado y entré en bolas pero con medias al departamento. Traté de ponerme un calzoncillo en la pieza de servicio, pero no pude, y salí a los saltos por la cocina. Cuando pasé por el living a oscuras y pude verla en el rincón donde debería estar el televisor. La luz azul de la noche entraba por la ventana del balcón y dibujaba su silueta y su peinado, y supe sin necesidad de verla que estaba vestida con su pollera, su remera y su saco de lana. También supe que estaba esperándome, pero preferí creer que la habían dejado sentada hasta que se hiciese la hora de su velorio. Avancé avergonzado por el departamento y pude sentir que me seguía con su mirada y en silencio. Crucé el pasillo y llegué a la pieza, su pieza, aún desnudo y apurado; y estaba como hace años: las dos camas siamesas, nuestras fotos en la pared, las mesas de luz de ellos y el olor a naftalina. Talvez yo debía dormir en mi sueño, o terminar de vestirme, quién sabe? Entonces escuché que la abuela me llamaba y me desperté sobresaltado, consciente de que sería la última vez que la escuchara...

Deliración 411: E-Mails desde la India 5

Cabeza, cómo explicarte? Son todos muy raros, no piensan como nosotros ni a palos.

Ponele, el primer día me estoy quedando sin bateria en la notebook y cuando quiero conectar el cargador, me topo con que los enchufes acá son distintos. También son de 3 patitas, pero redondas y más separadas. Le pregunto a uno de los conserjes si tenía un adaptador para el enchufe y viene a la habitación y trata de enchufar el cargador a la fuerza. No, no, le digo, un adaptador. OK, me dice, one minute, y se va y vuelve con un cuchillo y empieza a cortar el enchufe para agrandar los agujeros. Pará loco, le digo, te vas a electrocutar; si no tenés un adaptador no importa mañana compro uno, le digo. OK, me dice, one minute, y se va y vuelve con una zapatilla con esos enchufes universales que sirven para todo. Porqué no la trajo desde el principio, entendés? O peor, qué era lo que tenía enchufado que era tan importante que prefería dejarlo enchufado con esa zapatilla a romper un enchufe con un cuchillo? Tengo miedo de pensar que dejo de estar conectado ahora en el hotel para que yo pueda enchufar la compu... 

Otro ejemplo, recién salgo del laburo a las 7 y acá, como es casi invierno, anochece a la 6. Como no tengo nada que hacer y Delhi me queda un poco lejos, le pregunto al conserje si hay un shopping cerca. Los locos, porque son varios los conserjes (acá todo es de a muchos), empiezan a hablar entre ellos como discutiendo y a mí sólo me sonríen y me dicen, yes, yes. Hasta que uno de los conserjes me dice shopping sir? Sí, le digo, y me dice: I tell boss, y sale corriendo por las escaleras. Entonces cae el gerente del hotel que me saluda desde el primer piso, Hello Mr. Nimbuzz. Lo saludo y le pregunto por un shopping, el loco me empieza a explicar y no le entiendo nada, entonces me dice que lo siga. En la vereda se sube a una moto, le pasa un trapo al asiento y me dice: you sit, y me llevo en moto hasta el shopping... el gerente del hotel!!!


Realmente, acá puede pasar cualquier cosa.

Besos en la cola!!!